RELACIONES INTERNACIONALES

 

(Re)pensando el término Tercer Mundo: reflexiones sobre su conceptualización.

(Re)thinking “Third World” as a Political Category: Reflections on its Conceptual
Formation

(Re)penser le terme Tiers Monde : réflexions sur sa conceptualisation

(Re)pensando o termo Terceiro Mundo: reflexões sobre sua conceitualização

 

Lic. Victor Luis Benitez Pimentel*

Licenciado en Educación. Profesor de la de la Universidad Central “Marta Abreu”, Santa Clara, Villa Clara, Cuba.

vbenitezpimentel@gmail.com 0009-0001-2770-3086

Dra. C. Ileana María Echevarría Aldama*

Doctora en Ciencias Pedagógicas. Profesora Titular de la Universidad Central “Marta Abreu”, Santa Clara, Villa Clara, Cuba. ilechavarria@uclv.cu 0000-0003-0775-8271

*Autor para la correspondencia: vbenitezpimentel@gmail.com, ilechavarria@uclv.cu

Cómo citar (APA, séptima edición): Benitez Pimentel, V. L., & Echevarría Aldama, I. M. (2026). (Re)pensando el término Tercer Mundo: reflexiones sobre su conceptualización. Política internacional, VIII (Nro. 3), 257-280. https://doi.org/10.5281/zenodo.20512179

https://doi.org/10.5281/zenodo.20512179

 

Recibido: 24 de abril de 2026

Aprobado: 22 de mayo de 2026

publicado: 7 de julio de 2026

 

RESUMEN El presente trabajo tiene como objetivo analizar los fundamentos epistémico-políticos que sustentan las interpretaciones divergentes en torno a la conceptualización del Tercer Mundo, justificándose en su relevancia para la batalla cultural y la reflexión de las fuerzas progresistas globales. Metodológicamente, se emplea el ascenso de lo abstracto a lo concreto, la unidad de lo histórico y lo lógico, y el método hermenéutico, en un enfoque cualitativo sustentado en revisión documental. Los principales resultados evidencian que el Tercer Mundo no constituye una categoría geográfica estática, sino un sujeto histórico con identidad colectiva en permanente construcción dialéctica. Su emergencia política, vinculada con la Conferencia de Bandung (1955) y el Movimiento de Países No Alineados, respondió a la necesidad de articular una fuerza emancipatoria frente a la hegemonía bipolar. La investigación identifica dos configuraciones teóricas antagónicas: el pensamiento burgués occidental, que lo concibe como condición de atraso interno subsanable mediante modelos tecnocráticos; y las teorías críticas emergentes desde Asia, África y América Latina, que lo interpretan como producto estructural del colonialismo y el imperialismo. Se concluye que el Tercer Mundo opera como espacio de disputa conceptual y proyecto político de transformación, cuya identidad se forja mediante la toma de conciencia de la condición subalterna y la acción colectiva orientada a la soberanía, la justicia social y la descolonización. El alcance de los resultados está delimitado por el enfoque cualitativo-documental y el recorte temporal en la década de los años sesenta, lo que abre líneas para futuras investigaciones de carácter empírico.

Palabras claves: Tercer Mundo, Emancipación, Colonialismo, Identidad colectiva, Geopolítica

 

 

ABSTRACT This work aims to analyze the epistemic-political foundations supporting divergent interpretations regarding the conceptualization of the Third World. This analysis is justified by its relevance to the cultural battle and the reflection of global progressive forces. Methodologically, it employs the ascent from the abstract to the concrete, the unity of the historical and the logical, and the hermeneutic method, within a qualitative approach based on documentary review.The main results show that the Third World is not a static geographical category, but a historical subject with a collective identity in permanent dialectical construction. Its political emergence, linked to the Bandung Conference (1955) and the Non-Aligned Movement, responded to the need to articulate an emancipatory force against bipolar hegemony. The research identifies two antagonistic theoretical configurations: Western bourgeois thought, which conceives it as a condition of internal backwardness fixable through technocratic models; and critical theories emerging from Asia, Africa, and Latin America, which interpret it as a structural product of colonialism and imperialism. It concludes that the Third World operates as a space of conceptual dispute and a political project of transformation, whose identity is forged through awareness of the subaltern condition and collective action oriented towards sovereignty, social justice, and decolonization. The scope of the results is limited by the qualitative-documentary approach and the time frame cut to the 1960s, which opens lines for future empirical research.

Keywords: Third World, Emancipation, Colonialism, Collective Identity, Geopolitics

RÉSUMÉ Cet article vise à analyser les fondements épistémiques et politiques qui sous-tendent les interprétations divergentes de la conceptualisation du Tiers Monde, justifiant ainsi sa pertinence dans le débat culturel et la réflexion sur les forces progressistes mondiales. Sur le plan méthodologique, il emploie la progression de l’abstrait au concret, l’unité de l’historique et du logique, et la méthode herméneutique, dans une approche qualitative fondée sur l’analyse documentaire. Les principaux résultats démontrent que le Tiers Monde n’est pas une catégorie géographique statique, mais un sujet historique doté d’une identité collective en construction dialectique permanente. Son émergence politique, liée à la Conférence de Bandung (1955) et au Mouvement des non-alignés, répondait à la nécessité d’articuler une force émancipatrice face à l’hégémonie bipolaire. La recherche identifie deux configurations théoriques antagonistes : la pensée bourgeoise occidentale, qui le conçoit comme une condition de sous-développement interne susceptible d’être remédiée par des modèles technocratiques ; et les théories critiques émergentes d’Asie, d’Afrique et d’Amérique latine, qui l’interprètent comme un produit structurel du colonialisme et de l’impérialisme. Il apparaît ainsi que le Tiers-Monde fonctionne comme un espace de débat conceptuel et un projet politique de transformation, dont l’identité se forge à travers la prise de conscience de sa condition subalterne et une action collective orientée vers la souveraineté, la justice sociale et la décolonisation. La portée des résultats est limitée par l’approche qualitative et documentaire et par la période d’étude restreinte aux années 1960, ce qui ouvre des perspectives pour de futures recherches empiriques.

Mots-clés : Tiers-Monde, émancipation, colonialisme, identité collective, géopolitique

 

 

RESUMO Este artigo visa analisar os fundamentos epistêmico-políticos que sustentam interpretações divergentes da conceitualização do Terceiro Mundo, justificando sua relevância para a batalha cultural e o reflexo das forças progressistas globais. Metodologicamente, emprega a progressão do abstrato para o concreto, a unidade do histórico e do lógico e o método hermenêutico, em uma abordagem qualitativa baseada em revisão documental. Os principais resultados demonstram que o Terceiro Mundo não é uma categoria geográfica estática, mas sim um sujeito histórico com uma identidade coletiva em permanente construção dialética. Sua emergência política, ligada à Conferência de Bandung (1955) e ao Movimento dos Não Alinhados, respondeu à necessidade de articular uma força emancipadora contra a hegemonia bipolar. A pesquisa identifica duas configurações teóricas antagônicas: o pensamento burguês ocidental, que o concebe como uma condição de atraso interno que pode ser remediada por meio de modelos tecnocráticos; e as teorias críticas emergentes da Ásia, África e América Latina, que o interpretam como um produto estrutural do colonialismo e do imperialismo. Conclui-se que o Terceiro Mundo opera como um espaço de disputa conceitual e um projeto político de transformação, cuja identidade é forjada pela consciência de sua condição subalterna e pela ação coletiva orientada para a soberania, a justiça social e a descolonização. O alcance dos resultados é limitado pela abordagem qualitativa-documental e pelo período de tempo delimitado à década de 1960, o que abre caminho para futuras pesquisas empíricas.

Palavras-chave: Terceiro Mundo, Emancipação, Colonialismo, Identidade coletiva, Geopolítica

 

 

INTRODUCCIÓN

El Orden Mundial que emerge con el fin de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y el inicio de la Guerra Fría, estuvo marcado por la pugna hegemónica entre Estados Unidos y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Este escenario bipolar profundizó las contradicciones globales acumuladas, afectando de manera estructural a las naciones y pueblos situados en la periferia de los intereses geopolíticos de ambas potencias.

Si bien la dinámica del Sistema Internacional se desarrolla en correspondencia con la relación bilateral entre Estados Unidos y la URSS, se gestaron cambios sustanciales en la configuración de dicho sistema. En este contexto, que caracteriza fundamentalmente la segunda mitad del siglo XX, surgen proyectos políticos alternativos de profundo contenido democrático y progresista: ascenso de gobiernos de izquierda, triunfo de movimientos revolucionarios que asumieron una proyección antimperialista, conformación de bloques unitarios que actúan como poderes regionales o contrapoder a la hegemonía global.

La no alineación, la defensa de los derechos de las naciones y pueblos al desarrollo, a la libre autodeterminación, a la justicia social; el desarrollo de la teoría marxista y las diferentes visiones sobre el socialismo, los estudios poscoloniales, el pensamiento panafricano y la teoría de la dependencia, conformaron un corpus ideológico que cobró fuerza dentro de los debates y la lucha política en estas regiones históricamente explotadas. Este proceso catalizó la emergencia de nuevos sujetos históricos en las relaciones internacionales a partir de los procesos de descolonización y liberación nacional que se producen en Asia, África y América Latina y el Caribe, los cuales se erigieron como referentes de la lucha emancipatoria a escala global.

Entre los proyectos de realización y transformación políticos, resultado de las contradicciones geopolíticas globales de estos años; y que se extendió rápidamente en el imaginario de las naciones y pueblos se encuentra el Tercer Mundo. Su surgimiento, terminológico e histórico, vino a agrupar al conjunto de países subdesarrollados, o en vías de desarrollo, independientemente de su estructura política, sistema económico o participación en comunidades internacionales que comienzan a pensarse y realizarse “externos a ambos bloques dominantes” (Alburquerque, 2020, p.15).

El Tercer Mundo no fue un producto natural, sino el resultado histórico-dialéctico de la dominación capitalista sobre Asia, África y América Latina y el Caribe. Constituye una antítesis política, institucional y cultural al colonialismo y al neocolonialismo, a la modernidad euronorteamericana y a las instituciones supranacionales que pretendían legitimarlas en la distribución global del poder.

Su evolución es expresión de la dialéctica entre su memoria histórica y sus luchas emancipatorias, lo que viene a integrar la multidimensionalidad de procesos y dinámicas contradictorias que se despliegan en la articulación entre lo nacional y lo internacional: desde los modos de estructuración de los Estados-nación hasta la conformación de las estructuras socioclasistas y su correspondiente proyección en el sistema de relaciones internacionales. Comprender esta realidad exige trascender la descripción fenoménica para desentrañar las mediaciones esenciales que determinan su lugar en la división internacional del trabajo.

El tratamiento teórico de esta problemática se asume como un proceso histórico no lineal, rechazando referencias temporales únicas y estáticas que oculten las rupturas y continuidades del sistema capitalista mundial y las relaciones de poder bajo las cuales se ha construido conceptualmente al Tercer Mundo. Se aborda su complejidad a partir del análisis de la polémica ideológica subyacente en las definiciones, expresiones y funcionalidades con las que se ha intentado explicarlo.

En este sentido, el Tercer Mundo se examina no solo como un objeto de estudio, sino como un escenario de lucha emancipatoria generalizado, donde la disputa por el concepto refleja la disputa por el proyecto político: pensarlo desde los centros de poder hegemónicos implica una lógica de dominación, mientras que pensarlo desde las propias víctimas del sistema abre la vía a la emancipación de la praxis social y el conocimiento.

Si bien la categoría Tercer Mundo ha sido objeto de una producción bibliográfica amplia y diversa en el campo de las Ciencias Sociales, su tratamiento teórico ha estado marcado por la fragmentación disciplinar y el predominio de enfoques descriptivos o geopolíticos. En la revisión de la literatura existente y que ha sido posible revisar por los autores se aprecia una dispersión en cuanto a los enfoques y teorías desde los que se intenta explicarlo.

Estos enfoques se pueden agrupar en dos vertientes teóricas fundamentales que, si bien presentan matices internos comparten una matriz analítica y no siempre es posible diferenciarlas explícitamente. La primera, de carácter empírico-descriptivo, lo concibe como un objeto de intervención, anomalía a superar o niegan su existencia e influencia en el complejo sistema de relaciones internacionales; y una segunda vertiente de carácter crítico que lo analiza como posición estructural en el sistema-mundo y la división internacional del trabajo, como construcción ideológica-discursiva y como proyecto político de transformación social.

Dentro de la primera vertiente se sitúa la teoría de la modernización que, desde Lerner (1958), Rostow (1960), y Huntington (1968) concibieron al Tercer Mundo como un espacio atrasado que debía transitar el camino evolutivo de las sociedades industriales avanzadas. Recientemente, Bhattacharyya y Sanasam (2024) han examinado la relación entre desarrollismo, tecnocracia y deslegitimación de los paradigmas de conocimiento indígena. En el plano de las Relaciones Internacionales, Morgenthau (1948) y Waltz (1979) redujeron la categoría a un actor secundario carente de capacidad de actuación en el sistema internacional, mientras que con la disolución del Sistema Socialista Mundial emergió la tesis del fin del Tercer Mundo (Berger, 2004), refutada por autores como González Arencibia y Valencia Corozo (2023) pero vigente en sectores neoliberales que la consideran una categoría obsoleta. La discusión contemporánea sobre la transición al Sur Global ha revelado que esta vertiente persiste bajo nuevas formulaciones: Jackson (2025) interroga el acto de nombrar al mundo desde categorías heredadas y Rwezaura (2025) cuestiona la lógica clasificatoria que subyace en la propia noción de Tercer Mundo.

La segunda vertiente, de carácter crítico, reivindica al Tercer Mundo como lugar de enunciación epistémico-política. En esta resulta ineludible la teoría de la dependencia (Dos Santos, 1970, 2002; Frank, 1967; Marini, 1973) y su prolongación en el sistema-mundo (Wallerstein, 1979; Amin, 1974), cuyo aparato conceptual ha sido utilizado en investigaciones recientes que demuestran que el subdesarrollo no constituye un fenómeno natural sino el resultado de relaciones históricas de explotación (Mohammed e Ibrahim, 2023). Se integran, además, la crítica al desarrollismo en tanto dispositivo de poder (Escobar, 2007), el pensamiento poscolonial (Said, 1978; Spivak, 1988; Chakrabarty, 2000) y la crítica decolonial (Quijano, 2000, 2014; Mignolo, 2003; Ndlovu-Gatsheni, 2023) que convergen en revelar que el Tercer Mundo no es un dato geográfico, sino una construcción ideológica que produce y administra la otredad. Igualmente, se inscriben los estudios historiográficos que han documentado la experiencia tercermundista como una agenda antiimperialista y de solidaridad (Prashad, 2007; Young, 2001; Kalter, 2016; Alburquerque, 2020). En los años más recientes, este debate se ha desplazado hacia la transición terminológica al Sur Global (Sud y Sánchez-Ancochea, 2022; González Arencibia y Valencia Corozo, 2024; Pinheiro, 2024; Grasa, 2025) que advierten sobre el riesgo de que esta nueva categoría devenga en significante vacío, despolitizado e instrumental a la lógica neoliberal. Por su pertinencia para el presente análisis, cabe destacar la producción académica cubana reciente, que ha revisitado el término desde una perspectiva histórico-conceptual y ha examinado su vínculo con la praxis de la política exterior revolucionaria (Hernández Pérez, 2019; Moreno Fernández, 2022).

Pese a esta profusa producción bibliográfica, persisten vacíos teóricos no resueltos por las Ciencias Sociales y el pensamiento social contemporáneo: la contradicción entre declarar la obsolescencia del término y reivindicar su vigencia analítica; la reducción del concepto a su dimensión estructural, con el consecuente abandono del paradigma emancipatorio y praxeológico; el déficit de conceptualizaciones prácticas y operacionalización empírica en marcos analíticos críticos; y el desajuste de categorías consolidadas en el contexto de la Guerra Fría frente a transformaciones contemporáneas (crisis climática, carrera tecnológica, transnacionalización, multipolaridad).

Este estudio privilegia la década de los años 60, con un sentido de larga duración, pues esta es considerada el momento histórico máxima densidad política y de expansión global del imaginario que se articula alrededor del Tercer Mundo. Desde esta óptica se comprende como un ciclo histórico específico dentro de la trayectoria del Tercer Mundo en el siglo XX, entendida como un punto de inflexión donde la soberanía choca con la reproducción de la dependencia estructural; el no alineamiento y el internacionalismo proletario entran en tensión con la subordinación de las agendas emancipatorias del Tercer Mundo a las prioridades estratégicas de los bloques hegemónicos; y el sistema de dominación del capital es negado por la praxis emancipatoria de los pueblos oprimidos.

Asumir esta temporalidad permite abordar al Tercer Mundo como sujeto histórico en construcción, cuyas transformaciones cualitativas solo pueden aprehenderse mediante el análisis concreto de la realidad concreta. Al privilegiar la larga duración, se evita tanto la fragmentación cronológica propia del formalismo historicista como la idealización de un proceso esencialmente heterogéneo, marcado por la lucha de clases, las relaciones de producción periféricas y correlaciones de fuerzas internacionales en constante reconfiguración.

En consecuencia, la década larga de los 60 constituye el marco analítico idóneo para examinar cómo la descolonización, el no alineamiento, la experiencia socialista, los movimientos de liberación nacional y el mundo ideológico inherente a estas expresiones convergen en un proyecto político alternativo, cuyas potencialidades y límites solo pueden comprenderse en su desarrollo dialéctico. En esta etapa es asumido, esencialmente, como un “nuevo paradigma, un discurso ordenador y normativo de la conducta internacional de los países que comporta una explicación total del orden mundial y una prescripción o modo de desenvolverse a futuro” (Alburquerque, 2020, p.19).

Esta perspectiva, asimismo, facilita el rastreo crítico del tratamiento dual que ha recibido en su devenir, tanto en la producción teórica como en el discurso político de la época. No obstante, el análisis, en su esencia epistemológica, trasciende estos límites cronológicos estrictos en función de revelar la totalidad histórica del sujeto, comprender el conjunto de conexiones y determinaciones recíprocas que subyacen en su interior, evitando el aislamiento del momento estudiado respecto a la génesis y proyección futura del proceso.

En la contemporaneidad más reciente el término ha caído en desuso, proclamándose el fin de su existencia tras el derrumbe del modelo socialista eurosoviético. Ha sido sustituido por otros como Sur Global que intentan captar las singularidades en las que se desenvuelve el sistema de relaciones internacionales contemporáneo. La desaparición del bloque socialista, a los efectos considerado el Segundo Mundo, no invalida la pertinencia política y teórica del término Tercer Mundo.

La división tripartita originaria, Primer, Segundo y Tercer Mundos, constituye una expresión que refleja una contradicción histórica más profunda: la dialéctica entre dominación capitalista y emancipación de los pueblos. Esta no se agota en la existencia o no de un bloque socialista, sino que remite a la lógica misma de reproducción del sistema de dominación múltiple del capital.

En los momentos actuales, donde el mundo se debate en una encrucijada por su existencia y “la hegemonía del capital imperialista se profundiza, la subsunción real del planeta en sus fauces se mundializa” (Kohan, 2003, p. 26), pudiere parecer innecesario cuestionarse su proclamado fin y (re)plantearse las interrogantes que el Tercer Mundo colocó en el panorama geopolítico global. Sin embargo, lo que se aprecia es precisamente lo contrario: la contradicción estructural que le dio origen no solo persiste, sino que se ha profundizado.

Emergen nuevas formas de control económico, dependencia tecnológica y subordinación geopolítica (Pinheiro, 2024; Bull y Banik, 2025) que reproducen, bajo modalidades renovadas, la división internacional del trabajo sobre la cual se erigió la categoría. A esto se le suma la ampliación de los conflictos bélicos regionales, la crisis sanitaria, y las agravadas problemáticas medioambientales cuyos efectos nocivos desproporcionados se concentran en las naciones y pueblos del Tercer Mundo. Tal y como sostiene Néstor Kohan (2003) el Tercer Mundo se ha multiplicado bajo las condiciones impuestas por la reproducción ampliada del sistema de dominación del capital.

Lo anterior es justificativo de la utilización del término Tercer Mundo en las actuales circunstancias históricas. Su recuperación, frente a otras terminologías como la de Sur Global, reside en que el sistema de contradicciones que le dieron origen no ha sido resuelto, se han reconfigurado y profundizado las asimetrías globales. La noción de Sur Global, si bien ha ganado aceptación en el discurso político y en análisis académicos, funciona como una categoría descriptiva, su supuesto teórico radica en ajustarse a las realidades de un sistema internacional crecientemente multipolar.

Sin embargo, su utilización encierra una tendencia a desideologizar la construcción geopolítica a la que intenta enfrentarse, diluir la conciencia antimperialista y colocar en un segundo plano el elemento histórico-político de las luchas de las naciones y pueblos explotados. La problemática no es geográfica o particularmente económica, sino, esencialmente histórico-cultural frente al predominio de las relaciones sociales capitalistas que se disputan los sentidos y la capacidad de transformar de los pueblos produciendo una hegemonía que desarticula toda categoría que pretenda cuestionarse la dominación.

Es objetivo de este trabajo analizar los fundamentos epistémico-políticos esenciales que sustentan las interpretaciones divergentes en torno a la conceptualización del Tercer Mundo. Este análisis se justifica en la medida en que dichas interpretaciones constituyen marcos referenciales en la batalla cultural por la hegemonía que enfrenta a los pueblos con las estructuras de dominación del capital. Asimismo, la investigación responde a la necesidad de que el pensamiento crítico y las fuerzas de izquierda reflexionen sobre las implicaciones teóricas y prácticas que esta polémica ha tenido para la articulación de un proyecto político alternativo de alcance internacional.

DESARROLLO

Acercamiento a las interpretaciones y problemáticas conceptuales sobre el Tercer Mundo.

La génesis estructural de lo que se denominaría Tercer Mundo se sitúa en el marco del fin de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), específicamente tras la Conferencia de Yalta. En esta reunión, los líderes de las potencias vencedoras, Winston Churchill, Iósif Stalin y Franklin D. Roosevelt, delinearon zonas de influencia estables, emergiendo dos grandes bloques políticos y militares: el capitalista y el socialista, que vendrían a constituir el Primer y Segundo Mundo, respectivamente.

Sin embargo, no se reduce el origen del Tercer Mundo exclusivamente a Yalta, su fundación política ocurre en la Conferencia Afroasiática de Bandung (1955), donde se proclamó la existencia de una fuerza geopolítica global que no sería neutralidad pasiva, sino activismo anticolonial. Como señala V. Prashad (2007), el Tercer Mundo no fue un lugar, sino un proyecto político de solidaridad antimperialista articulado a través de luchas anticoloniales y de descolonización.

Es en este contexto inicial de la Guerra Fría, que el periodista, sociólogo y demógrafo francés Alfred Sauvy emplea por primera vez el término Tercer Mundo, en clara referencia a aquellas regiones del planeta que no se encontraban ni en el primer ni segundo mundo y compartían una historia común. El texto aparece en un artículo publicado por el escritor en la revista L´Observateur. En él se plantea:

Hablamos voluntariamente de los dos mundos en presencia, de su posible guerra, de su convivencia, etc. olvidando con demasiada frecuencia que hay un tercero, el más importante y, el primero en la cronología. Es el conjunto de los llamados países subdesarrollados al estilo de las Naciones Unidas (Sauvy, 1952, p.81).

La relevancia del término radica en la analogía que establece Sauvy con el Tercer Estado de la Francia de Luis XVI. El Tercer Estado francés estaba integrado por los sectores más explotados por la monarquía absolutista, incluyendo la naciente burguesía nacional que se convirtió en la fuerza motriz de la Revolución Francesa de 1789, proclamando los ideales de Liberté, Égalité, Fraternité. Bajo esta lógica, el Tercer Mundo debe lanzarse a la revolución y autoconstruirse desde la emancipación. En palabras del propio Sauvy (1952): “este Tercer Mundo ignorado, explotado, despreciado como el Tercer Estado, quiere, también él, llegar a ser algo” (p.83).

Cabe destacar la significación que el autor otorga al término; esta no es casual, pues lo expresa en términos de lucha y con un contenido clasista. Se recoge la dialéctica de una identidad diversa que se articula desde la acción política emancipatoria, expresada como totalidad histórico-social con una dinámica propia e interrelacionada con el complejo sistema internacional. El concepto agrupa, desde sus propios inicios, a diferentes sujetos políticos configurados o por configurarse en una perspectiva mundializada, abriendo el camino hacia la concreción de alternativas autóctonas para las problemáticas acumuladas históricamente por estas naciones y pueblos. El término captó las esencias y singularidades de las partes que lo conforman, un concepto que está “cargado de expectativas de futuro como, y a manera decisiva, de sedimentos de pasado” (Bergel, 2019, p. 110). Sintetiza no solo las condiciones económicas de esta región, sino la significación que alcanzarían los procesos de transformación social producidos en su interior.

Desde su origen, la categoría ha operado como una tensión constitutiva entre el ser estructural (posición en el sistema-mundo) y el devenir político (proyecto de emancipación), lo que le permite funcionar simultáneamente como diagnóstico, consigna y crítica (Dussel, 1975; Wallerstein, 2005). Alrededor de este comenzaron a nuclearse e identificarse sujetos sociales, clases y grupos portadores de la necesaria emancipación y cambio social. Además, será el punto de convergencia de escuelas filosóficas, líneas de pensamiento, proyectos y movimientos políticos que enfrentaban la creciente hegemonía de los centros históricos de poder global. El Tercer Mundo extrajo su fuerza no sólo del horizonte de expectativas que indudablemente evocaba, sino fundamentalmente de las experiencias y desarrollos político-conceptuales previos que le dieron sustento (Bergel, 2019).

No obstante, el concepto presenta una diversidad en espacios geográficos, recursos naturales, experiencia histórica, tradiciones culturales, estructuras sociales, organización económica y prácticas políticas. Esta diversidad se halla tanto entre las naciones y pueblos que lo conforman como al interior de ellos, presentando diferentes niveles de estratificación y funcionamiento. Esta heterogeneidad ha sido objeto de debate crítico; mientras autores como C. Ominami (1986) señalan la diferenciación interna entre países cooptados y marginalizados, otros como V. Prashad (2007) insisten en la unicidad política construida desde la diversidad.

En la profusa bibliografía respecto al término este es identificado indistintamente como área geográfica, ideología, movimiento político, línea o proyección de política exterior y rasgo del sistema de relaciones internacionales. Igualmente, se ha utilizado una terminología variada para referirse al mismo: países dependientes, países pobres, países subdesarrollados, países en vías de desarrollo, países periféricos, y más recientemente Sur Global. Esta proliferación terminológica no es inocente; responde a lo que el filósofo mexicano Leopoldo Zea (1988) denominó la instrumentalización del concepto, donde cada denominación obedece a un interés geopolítico específico, al llamarlo subdesarrollo se justifica la tutela; llamarlo Tercer Mundo es invitar a la rebelión.

En sentido general estas clasificaciones lo conciben como espacio geográfico, integrando las áreas geográficas que han sido víctimas de la expansión colonial, neocolonial e imperialista en su evolución histórica: Asia, África y América Latina y el Caribe. Sin embargo, el Tercer Mundo no constituye un número exacto de países, ni de clasificaciones en función de parámetros económicos y sociales o representaciones ideológicas. Investigadores González Arencibia y Valencia Corozo (2023) sostienen un razonamiento similar: el Tercer Mundo se refiere, más que a un grupo de países o estrato social en el sistema internacional, a una alternativa política radical desde la visión de los pobres y oprimidos. La alternativa propuesta se comprende como un nuevo punto de partida para el desarrollo del orden social, jurídico y político mundial.

La contradicción en estas clasificaciones radica en que lo sitúan en planos gnoseológicos distintos y, por tanto, no logran definirlo en su total dimensión. Tercer Mundo no ha estado centrado solamente en una referencia a un lugar o a una posición numérica, su cimiento se centra en criterios de integralidad donde son incluidos los factores económicos, políticos e ideológicos orientados a encontrar bienestar social frente a las desigualdades sociales que viven estas naciones y pueblos (González Arencibia y Valencia Corozo, 2023).

Estas clasificaciones implican reduccionismo: encerrando el concepto en límites aparentes, fragmentando el carácter sistémico que posee y coartando su estructura organizacional. Además, estas determinaciones, a partir de la referencia directa desde los que son planteados, contienen un sentido de exclusión y marginalidad. En este sentido Fernández González (2004) apunta: “aunque estos términos pretenden ser equivalentes, en muchos casos son ampliamente desafortunados, incurriendo unas veces en aquellos vicios que se critican, bajo esa apariencia de neutralidad, ¿puede existir un término más etnocentrista que llamar a estos países Sur?” (p. 240).

La advertencia de este autor resulta acertada ante la proliferación actual del término Sur Global. La revisión que realiza Wang (2026) sobre el discurso académico contemporáneo demuestra que esta noción opera como una categoría de “parecido de familia”, cuyo núcleo semántico compartido es la desigualdad. En otro sentido el autor destaca que sus interpretaciones difieren: desde una vaga metáfora geográfica hasta una identidad política en construcción.

Esta contradicción refleja una ausencia de núcleo político que la categoría Tercer Mundo sí posee. La cuestión de fondo no es, por tanto, léxica: mientras el Tercer Mundo nombra una construcción histórica; la colonización, la dependencia, el desarrollo desigual; y, al hacerlo, la vuelve inteligible como objeto de transformación política, el Sur Global, en sus usos predominantes, describe asimetrías sin interrogar las relaciones de poder que las producen y reproducen.

No se trata de revelar la cualidad y condición propia a partir de parámetros preestablecidos por los centros de poder global históricamente conformados. Definir la condición de pobreza, subdesarrollo o de Sur Global desde un modelo alejado de la especificidad histórica de este constituye un mecanismo de reproducción de las condiciones de dominación y explotación que se les ha impuesto. Aníbal Quijano (2000) considera que esto expresa una disputa epistemológica por el derecho a nombrar la realidad, pero lo cierto es que la disputa es, esencialmente, política donde la categoría Tercer Mundo funciona como herramienta de emancipación.

El término está cargado de historicidad, su aparición implicó la ruptura de historias lineales y totalizantes venidas de Europa y Norteamérica. Integra categorías y procesos complejos que intentan modificar las realidades sociales coloniales y neocoloniales. En sí mismo constituye una representación de la dialéctica de la resistencia al sistema de dominación múltiple del capital.

Este sistema de dominación múltiple ha condicionado la descalificación de la acción política y la evolución social de las naciones y pueblos del Tercer Mundo. Ha ampliado los abismos sociales a escala nacional y global, en tanto, intenta reproducir la dominación que garantiza la explotación y se subalternan las realidades y experiencias de estos.

No se está en presencia de un concepto estable, sino que es polisémico y contradictorio. Esta polisemia exige una lectura crítica que más que distinguir el uso descriptivo, normativo y estratégico del término integre los valores analíticos y funcionales del mismo.

El término desborda las categorías eurocéntricas, modernas y los paradigmas hegemónicos a los que se contrapone. Su ambigüedad y ambivalencia conceptual y estructural no es descalificativo sino una condición de posibilidad para la movilización política y la concreción, en la dinámica global, de un proyecto político alternativo.

Su emergencia responde a la necesidad de articular un sujeto adecuado a los desafíos de la geopolítica del momento que trascienda lo nacional hacia lo internacional. Funciona como instrumento aglutinador de la diversidad de sectores populares y actores nacionales que coexisten en el marco de la sociedad global. En consecuencia, esta investigación, se ha dicho anteriormente, considera al Tercer Mundo como un sujeto histórico para la emancipación y transformación social. El sujeto histórico no se concibe como una entidad abstracta, espiritual o individualista, sino como una construcción social concreta que emerge de la interacción dialéctica entre las condiciones materiales de existencia y la praxis transformadora colectiva.

Marx y Engels (1980) demostraron que la historia no es el producto de fuerzas externas o de una idea absoluta, sino de los individuos reales organizados en relaciones sociales de producción, cuya conciencia y acción se forjan en la lucha contra las estructuras de explotación. En esa misma línea de pensamiento Lenin (1961) amplió esta categoría al evidenciar que, en la etapa imperialista, el sujeto revolucionario trasciende las fronteras europeas e incorpora a las naciones oprimidas, cuyas luchas anticoloniales se articulan dialécticamente con la emancipación del proletariado mundial.

Desde esta fundamentación epistemológica, la subjetividad histórica no es un dato natural ni un reflejo mecánico de la estructura, sino el resultado de la contradicción entre dominación y resistencia, mediada por la organización política y la formación de conciencia colectiva. Esta concepción se enriquece con la dimensión cultural y hegemónica del sujeto. Gramsci (1975) destacó que la subjetividad histórica se construye mediante la voluntad colectiva, la lucha por la hegemonía cultural y el rol de los intelectuales orgánicos en la superación del sentido común dominante.

En el contexto que se analiza, esta perspectiva se articula con la experiencia de dominación y resistencia. Como señala Martínez Heredia (2001), el sujeto histórico en la periferia emerge de la contradicción entre dominación externa y emancipación nacional, integrando clase, nación y antiimperialismo en un proyecto de soberanía cognitiva y política. Así, el sujeto histórico no solo transforma las condiciones materiales, sino que produce y disputa los significados que legitiman o cuestionan el orden vigente.

La configuración de este sujeto en contextos de reestructuración capitalista exige comprender su carácter dinámico y articulador. Pérez Lara (2008) subraya que el sujeto histórico es una determinación concreta con una misión emancipatoria, cuya constitución no es predeterminada, sino el resultado de un proceso donde convergen factores objetivos (estructuras de dominación, crisis sistémicas) y subjetivos (conciencia crítica, organización, horizonte utópico). Advierte que la lucha de clases no ha desaparecido, sino que se ha complejizado, articulándose con demandas de soberanía, justicia cultural y autodeterminación.

La conformación de un bloque emancipatorio requiere, por tanto, una articulación horizontal entre lo social y lo político, superando tanto lo espontáneo que tiende a la fragmentación como el dogmatismo vanguardista. Esta concepción se materializa en la convergencia dialéctica entre movimientos de liberación nacional, organizaciones obreras y campesinas, sectores populares e intelectuales que, desde la práctica tercermundista, forjaron una identidad colectiva emancipatoria.

En este aspecto residen dos cuestiones fundamentales del Tercer Mundo: en primer lugar, la cuestionada tendencia a homogeneizar una realidad; y en segundo lugar la marcada heterogeneidad que le es inherente. Autores como Samir Amin (1974), Edward Said (1978), Gayatri Chakravorty Spivak (1988), Aníbal Quijano (2000), Walter Mignolo (2003), Arturo Escobar (2007) han fundamentado sus análisis sobre la idea de la necesidad estratégica de unidad política estructural frente a la realidad analítica de la diversidad instrumental y viceversa.

Es en esta relación que se articula el Tercer Mundo como categoría y proyecto político de transformación en la geopolítica global. A su vez, esta es utilizada por diversos autores en el intento de explicarse al Tercer Mundo, tanto por aquellos que lo asumen desde la defensa de su existencia y capacidades como de aquellos que buscan anatemizar su realidad, lo que indica el carácter dialógico necesario para la comprensión estructural del fenómeno.

La homogeneidad expresa los propósitos y objetivos compartidos, la acción política emancipatoria que le otorga universalidad como sujeto. No es excluyente para las diferencias históricas, culturales, geográficas, culturales étnicas y raciales. Estas diferencias, su heterogeneidad, es lo que ha posibilitado articular la concepción que considera al capital y sus centros de poder globales como la causa fundamental de sus problemáticas. Esto evidencia que se construye como resultado del movimiento histórico-social en el que vive el Tercer Mundo.

 

Esta dicotomía explicita la cuestión central en la constitución del Tercer Mundo como sujeto histórico para la emancipación: construir la unidad de acción sin eliminar las diferencias y asumir estas diferencias sin fragmentar la capacidad de acción política. Para ello ha de ser capaz de reproducir su identidad colectiva, es decir, su origen, historia y capacidad de realización común, comprenderse como un proyecto en construcción.

Esta identidad colectiva fragua a partir, como se ha dicho, del origen e historia común de explotación que tienen las naciones y pueblos del Tercer Mundo. En sentido amplio, esta va a ser heterogénea en sus elementos constitutivos, dígase: relaciones de clase, prácticas y experiencias culturales, cognitivas y civilizatorias. Su homogeneidad se va a expresar en la inteligibilidad de lo político, el reconocimiento de las problemáticas comunes y la determinación de la acción emancipatoria, es decir, su estructuración como sujeto histórico frente al fenómeno de la dominación del capital.

Esta no diluye la identidad nacional de las naciones y pueblos, la toma como precedente. Es la articulación compleja de las diversas identidades nacionales, la solución al carácter incompleto de estas en el marco de lo global. Funciona como construcción social que integra lo clasista, étnico, la filiación nacional, religiosa, económica, política, cultural a partir de las demandas y perspectivas de la lucha emancipatoria y que tienen su expresión en el modo de aprehensión y legitimación de la alternativa política: descolonización, liberación nacional, antimperialismo y lucha por el socialismo.

La identidad colectiva del Tercer Mundo, por tanto, no es una esencia preexistente, sino una construcción dialéctica pero entendida en el sentido de ser una dialéctica de la resistencia. Pues no se construye esta identidad colectiva, como sostiene Fernández Retamar (2006) sin la conciencia de que se es, histórica y culturalmente, parte del Tercer Mundo. El autor ilustra, simbólicamente, este proceso cuando en su obra Calibán reivindica al colonizado frente a Próspero, el colonizador que rebautiza al otro. Esto es precisamente lo que el Tercer Mundo representa como proyecto político: no aceptar el nombre impuesto, sino forjar uno propio, cargado de historicidad.

No se nace siendo Tercer Mundo, se llega a serlo mediante la toma de conciencia de la condición subalterna y la decisión política de transformarla. La identidad se define negativamente al principio (lo que no es: colonizados, explotados) para definirse positivamente después (lo que es: sujetos de historia, creadores de alternativas). Samir Amin (1990) lo denomina desconexión, no como aislamiento, sino como “la subordinación de las relaciones exteriores a la lógica del desarrollo interno” (p. 56, traducción propia), lo cual es un acto fundacional de esta identidad colectiva.

Immanuel Wallerstein (2005), desde el análisis del sistema-mundo, refuerza esta postura al señalar que los movimientos antisistémicos solo logran eficacia cuando logran articular una identidad colectiva flexible que permita la cooperación sin exigir la asimilación total. Según este autor, la fuerza de los movimientos periféricos reside en su capacidad para mantener sus raíces locales mientras se conectan con una red global de resistencia. Esto valida la tesis de que la identidad del Tercer Mundo es transversal: no sustituye las identidades nacionales, las potencia al dotarlas de un contexto global de lucha y le otorga universalidad como sujeto histórico.

La universalidad se entiende en el sentido en que se funden lo nacional (aspiraciones de los grupos, clases o sectores sociales explotados) con lo internacional (aspiraciones de las naciones, países y organismos que lo representan), resultado del carácter multicultural del sujeto histórico. Integra no solo los elementos de la identidad colectiva, sino también el conjunto de interconexiones complejas de inserción de lo nacional-internacional en la dinámica geopolítica global. Lo universal es inherente al sujeto Tercer Mundo, pues no se trata de rechazar lo universal, sino de hacer universal lo nuestro. La verdadera universalidad no se decreta desde el centro; se conquista desde la periferia, en la lucha por la liberación (Fernández Retamar, 2006). Es decir, esta deviene en cosmovisión y plataforma programática de la acción emancipatoria.

Así mismo, se va conformando estructural y políticamente en la praxis emancipatoria mientras pone en relación la identidad colectiva con las carencias y posibilidades para construir una alternativa política. Se expresa en la articulación de las luchas emancipatorias hacia objetivos más generales que conduzcan a la transformación radical del sistema de relaciones de dominación y en el conjunto de organizaciones integracionistas, movimientos, asociaciones y grupos que bajo los principios que unen a estas naciones y pueblos se han conformado.

No se refiere, por tanto, a combatir la exclusión particular de las naciones y pueblos sino el sistema de relaciones que los ha excluido y funcionar como centro de poder global. Es, en su esencia, reflejo del tejido social del Tercer Mundo, dispositivo emancipatorio que sintetiza la unicidad cultural y política frente al canon hegemónico pues, como apunta Fernández Retamar (2006), nuestra condición colonial nos ha obligado a ser universales en nuestras preocupaciones y miradas.

El concepto no permanece estático tras su irrupción. Desde la Conferencia de Bandung experimentó una evolución significativa, marcada por hitos que reflejan la dialéctica entre la dinámica geopolítica global y las realidades nacionales de los países que lo integran. La fundación del Movimiento de Países No Alineados en Belgrado (1961) representó un primer momento de institucionalización: el Tercer Mundo deja de ser una metáfora periodística y se convirtió en un actor colectivo con agenda propia en el sistema internacional. La creación del G-77+China en 1964 y la reivindicación de un Nuevo Orden Económico Internacional (NOEI) en 1974 trasladaron la disputa al terreno de la economía política global, mostrando que la categoría era capaz de articular demandas que iban más allá del no alineamiento y la descolonización.

Los años ochenta marcaron un punto de inflexión. La crisis de la deuda externa, la imposición de programas de ajuste estructural y la ofensiva neoliberal fragmentaron al Tercer Mundo, exponiendo las tensiones entre aquellos países que lograron cierta inserción en los mercados globales y aquellos que quedaron marginados de los circuitos de acumulación. Esta diferenciación interna mostró que el Tercer Mundo no es un bloque monolítico, sino una formación histórica cuyas configuraciones internas varían en función de las realidades nacionales, regionales y global.

La disolución de la URSS, el fin de la Guerra Fría y la transición hacia un mundo multipolar, como ya se ha apuntado, no suprimen esta condición. Las relaciones entre el centro y la periferia se ajustan a las nuevas circunstancias históricas abriendo nuevas posibilidades de reconfiguración, interpretación y articulación en torno al imaginario emancipador que el Tercer Mundo presupone.

La polémica en torno al Tercer Mundo: pensamiento social burgués y teorías críticas de Asia, África y América Latina y el Caribe.

Desde la aparición del término este ha sido objeto de polémicas en el ámbito académico y discursivo. Esta polémica ha girado en torno a su conceptualización y papel dentro del sistema internacional, llegándose a utilizar otras terminologías para calificarlo y clasificarlo. Lo cierto es que sobre él giran posicionamientos contrapuestos sobre emancipación-dominación, desarrollo-subdesarrollo, soberanía-dependencia e identidad histórico-cultural. Se fundamenta, además, en los intereses geopolíticos de las potencias globales, los interese socioclasistas de los grupos de poder, la praxis de los movimientos de liberación que buscan transformar sus condiciones materiales y la influencia del pensamiento social que intenta reproducir su ideología.

La polémica en torno a la conceptualización del Tercer Mundo no constituye, como se aprecia, una mera disputa terminológica, sino una tensión dialéctica fundamental que atraviesa la teoría política y las relaciones internacionales de la posguerra. Se refiere, en su esencia, a una contradicción dialéctica-estructural entre dos macroproyectos civilizatorios: la reproducción del orden y el sistema de dominación del capital y la emancipación de los pueblos oprimidos.

Se estructura en función de dos configuraciones teóricas antagónicas: por un lado, el pensamiento social burgués y las instituciones hegemónicas, que categorizan al Tercer Mundo como una condición de atraso interno. Por otro lado, las teorías críticas emergentes desde Asia, África, América Latina y el Caribe, en convergencia con las visiones soviéticas y chinas, que reinterpretan esta categoría no como un déficit temporal, sino como un producto estructural del colonialismo y el imperialismo.

Comprender esta dicotomía es esencial para desentrañar cómo el Tercer Mundo ha operado como campo de batalla ideológico, donde se disputa no solo la descripción de la realidad, sino la legitimidad de los proyectos políticos, las rutas de desarrollo alternativas y la propia arquitectura del poder global. A continuación, se exponen algunos elementos que caracterizan estos posicionamientos teóricos.

- pensamiento social del mundo occidental y de sus instituciones representativas1: Configuran un marco analítico funcional a la expansión del capital monopolista de la posguerra. Es expresión de una cosmovisión eurocéntrica y tecnócrata que se complementan como fundamento ideológico y racionalidad instrumental de la lógica de dominación seguida hacia el Tercer Mundo. Estos lo conciben como un conjunto de países subdesarrollados y atrasados respecto al modelo de desarrollo único que han construido. Este modelo fue esbozado por el Harry S. Truman en un discurso pronunciado el 20 de enero de 1949. En este discurso Truman (1949) sostiene:

Por primera vez en la historia, la humanidad posee el conocimiento y la capacidad para aliviar el sufrimiento de estas gentes... Creo que deberíamos poner a disposición de los amantes de la paz los beneficios de nuestro acervo de conocimiento técnico para ayudarlos a lograr sus aspiraciones de una vida mejor... Lo que tenemos en mente es un programa de desarrollo basado en los conceptos del trato justo y democrático... Producir más es la clave para la paz y la prosperidad. Y la clave para producir más es una aplicación mayor y más vigorosa del conocimiento técnico y científico moderno (párr. 18-25, traducción propia).

En correspondencia con esta idea solo es posible alcanzar el desarrollo imitando las formas de producir y consumir, las normas y valores, prácticas y costumbres, saberes y creencias, instituciones y formas de organización social del mundo occidental. Al considerar la problemática del Tercer Mundo se ha planteado: “Su pobreza no se debe solo a factores económicos internacionales, sino a círculos viciosos internos de pobreza, baja productividad, instituciones débiles y falta de disciplina social y política” (Myrdal, 1968, p. 67, traducción propia).

El marco analítico está centrado en la eficiencia económica y la sostenibilidad financiera, tendiendo a concebir la pobreza como un problema de insuficiente crecimiento más que de distribución desigual de recursos y relaciones de poder. Igualmente, lo interpretan como un conjunto de economías que deben transitar hacia patrones de producción y consumo similares a los de los países industrializados. Se ignora las estructuras socioeconómicas no reconociendo los problemas estructurales de las naciones, eluden la historia colonial para encubrir las problemáticas sistémicas y someterlas a una ayuda condicionada a los intereses de los grupos de poder de la gobernanza global.

En su análisis establecen como características o parámetros de estos países: la inestabilidad política, el bajo Producto Interno Bruto (PIB) y baja renta per cápita, fuerte tasa de crecimiento demográfico de la población y acumulación de graves desigualdades sociales, malnutrición, hambrunas e insuficiente sector sanitario, alto grado de analfabetismo, parte predominante de la población activa dedicada al sector primario (agricultura) y bajo nivel de producción industrial, altas tasas de desempleo y de explotación infantil, situación de dependencia económica y peso excesivo en sus economías de la exportación de materias primas minerales o agrícolas.

Autores como A. Angelopoulos (1972), R. Mauro Marini (1973), E. Morales Domínguez et. al (1982), A. Eliánov y V. Sheinis (1984), economistas políticos de la escuela soviética, Carlos Ominami (1986) coinciden con los datos que ofrecen estas instituciones2 y otras como la Comisión Económica para América Latina (CEPAL)3 en sus informes periódicos sobre los índices económicos en el Tercer Mundo o en determinada regiones que lo integran: entre la década de 1950 y la década de 1970 la región asiática experimentó un crecimiento del PIB cercano al 2,9 %, la región africana cerca del 2,1 % y América Latina y el Caribe rondó un crecimiento del 2,5 %; la participación en el comercio mundial de los países del Tercer Mundo en 1950 se encontraba cercano al 31 % en la década del 1970 había disminuido hasta el 18 %, así mismo la inversión directa extranjera en estas naciones no superaba el 30 %.

Si bien estos datos reflejan un relativo crecimiento económico en el Tercer Mundo, en lo fundamental propiciado por los procesos de descolonización, el despegue de países productores de petróleo y la firma de acuerdos comerciales con la URSS y países del bloque socialista, esto no se traduce en desarrollo económico integral de las naciones4. Lo característico resulta la baja productividad económica, la profundización de las deformaciones estructurales y la dependencia comercial.

El liberalismo predominante en los primeros años de la Guerra fría promovió, en lo fundamental, la teoría de la modernización. Con escazas variaciones interpretativas concibieron al Tercer Mundo como un terreno en disputa entre los dos bloques geopolíticos del sistema internacional bipolar. Esto va a condicionar los análisis que al respecto fueron realizados.

Walt W. Rostow (1960) postuló un modelo evolutivo lineal donde todas las sociedades transitan desde lo tradicional hacia la modernidad, concebidas en etapas de crecimiento económico. Para este autor, el subdesarrollo era un déficit interno de capital y tecnología, solucionable mediante ayuda externa y adopción de valores occidentales, en correspondencia con el modelo ideológico que defienden.

En ese sentido el problema fundamental del Tercer Mundo no reside en la pobreza, la desigualdad o las consecuencias del colonialismo y el neocolonialismo sino, según S. P. Huntington (1968), en la decadencia política resultado de los convulsos procesos independentistas y anticoloniales en curso. El modo propuesto de enfrentar esto es a través del control político de las naciones y asegurar la sujeción económica externa.

Complementariamente, Daniel Lerner (1958) enfatizó en la transformación sicológica y el rol de los medios masivos para crear las condiciones y capital humano necesario para el desarrollo. Otros autores como Karl Deutsch (1961), Seymour Martin Lipset (1963), Gabriel Almond y Lucian Pye (1966) abordaron el asunto desde la relación desarrollo económico-estabilidad política en un intento de negar los procesos de descolonización y liberación nacional que se desarrollaban en el Tercer Mundo.

Las soluciones propuestas se circunscriben a la extracción de materias primas, la explotación intensiva de la agricultura y el endeudamiento con empresas e instituciones trasnacionales; priorizan las soluciones técnicas sobre transformaciones profundas en el modelo sociopolítico. Estas no responden a las realidades y necesidades de realización de los pueblos pues acentúan la dependencia y el control económico externo.

Como se aprecia, estos autores lo operacionalizan sobre una dicotomía binaria que opone sociedades tradicionales, caracterizadas por el estancamiento y la dominación colonial, a sociedades modernas, definidas por el crecimiento, el universalismo, la racionalidad instrumental y la economía de mercado. El Tercer Mundo se encuentra, por tanto, en la antípoda del desarrollo, como un espacio de carencias que debía ser llenado mediante la transferencia de capital, tecnología y valores occidentales. Al respecto sostienen: “El subdesarrollo no es más que la fotografía de lo que no se ha logrado; el desarrollo es la película del proceso de cambio” (Rostow, 1960, p. 4).

Para este grupo de pensamiento el Tercer Mundo es una imagen estática, mientras que el desarrollo, el mundo desarrollado, es un proceso dinámico. La historia del Tercer Mundo, en su concepción, se subordinada a la historia de Europa y Estados Unidos, convertida en variación temporal de un modelo universal. Invisibilizan, así, las especificidades históricas, culturales y políticas de las naciones tercermundistas.

Estas concepciones reproducen las formas de exclusión que posicionan al Tercer Mundo, históricamente, en inferioridad. Se trata de configurar sociedades dependientes en el marco de la división internacional del trabajo, no solucionar sus problemáticas sino profundizarlas, mientras se intenta esconder las causas de tal proceso, emanantes de las propias contradicciones del capitalismo mundial. Siguen la lógica de ignorar el impacto del colonialismo y el neocolonialismo en la configuración de sus realidades sociales. Las luchas anticoloniales son interpretadas como crisis de transición o resistencias culturales, no como expresiones de proyectos políticos alternativos y de transformación social. Además, como se ha anotado, la posición subordinada del Tercer Mundo en la economía mundial es presentada como resultado de déficits internos, no de relaciones de poder hegemónicas históricamente constituidas.

- teorías críticas que emergen en Asia, África, América Latina y el Caribe: En sentido general conceptualizan al Tercer Mundo como una categoría histórico-política que niega su reducción a una clasificación geopolítica o estadística de subdesarrollo, constituyéndolo, como un sujeto colectivo de la praxis descolonizadora. A su vez, han fundamentado la crítica a la universalidad abstracta del mundo occidental, denunciando las relaciones asimétricas de poder sobre el que se estructura el orden internacional y naturalizan la subordinación periférica. En este sentido proponen alternativas de desarrollo endógeno, soberanía efectiva y justicia social como pilares de un proyecto emancipador tercermundista.

Estas operan como un marco analítico coherente que permite a sus actores interpretar la realidad más allá de las categorías importadas desde los centros de poder. El conocimiento se conquista mediante la praxis situada del oprimido, la condición colonial no es un déficit cognitivo, sino el punto de partida para la universalidad que se construye desde la periferia. Esto lo realizan desde la apropiación crítica de las herramientas teóricas del dominador para subvertirlas, sin renunciar a la especificidad de su experiencia histórica.

Este marco no emerge como una teoría unificada ni como un programa alternativo único, sino como un conjunto de premisas compartidas que orientaron el diagnóstico y la acción política de analistas, estadistas y movimientos de liberación: las dimensiones económica, política, social y cultural no operaban como esferas separadas, sino como momentos interdependientes de una misma estructura de subordinación y lucha lo que exige un tratamiento dialéctico que evite tanto el economicismo reduccionista como el culturalismo deshistorizado.

La fundamentación material de esta conceptualización se articula en torno a la crítica estructural de la división internacional del trabajo, donde la noción de deterioro de los términos de intercambio, la especialización forzada en materias primas y la transferencia de recursos hacia los centros industriales fueron elementos recurrentes en los documentos de planificación y en los debates del Tercer Mundo. Además, se centran los mecanismos concretos de reproducción de la desigualdad internacional, y las consecuencias del colonialismo y el neocolonialismo para estas naciones y pueblos.

Esta perspectiva permite entender que la condición de subdesarrollo, pobreza y atraso no responde a factores internos aislados, sino a relaciones estructurales de subordinación en el sistema mundial. Este sistema constituye un todo indivisible donde los beneficios del desarrollo y el progreso no se distribuyen de manera equitativa, sino que se concentran en el centro mediante mecanismos de extracción de plusvalía a escala global (Prebisch, 1964).

Como se aprecia, la distinción entre la estructura material y la superestructura política sostiene la comprensión dialéctica de las causales del subdesarrollo y la dependencia. Sobre esta base se construyen análisis que tienden a priorizar la transformación de las relaciones externas como condición para el desarrollo interno.

Autores como Celso Furtado (1964), André Gunder Frank (1967), Samir Amin (1970) coinciden en señalar las causas fundamentales de las problemáticas tercermundistas: la expansión del capitalismo mundial ha generado la dependencia y subordinación en el Tercer Mundo y, por tanto, el desarrollo se logra en la medida que se modifique el sistema de relaciones políticas y económicas internacionales, no solo propiciándose el crecimiento económico.

Esta crítica se profundiza en el análisis de Theotonio dos Santos (1970), quien precisa que la dependencia constituye “una situación condicionante en la cual las economías periféricas están subordinadas al desarrollo y a la expansión de otras economías” (p. 231). La transformación económica es inseparable de la soberanía política, pues la especialización en la producción de materias primas y la transferencia de recursos no son solo fenómenos de mercado, sino mecanismos de dominación que limitan la soberanía nacional y reproducen la desigualdad internacional.

Como ha argumentado Sotelo Valencia (2013), el capitalismo contemporáneo no ha superado la dependencia; la ha consolidado mediante mecanismos de extracción de plusvalía que, sin requerir ocupación colonial directa, reproducen la subordinación estructural que autores como Dos Santos y Marini identificaron en los años sesenta y setenta. La superexplotación de la fuerza de trabajo (Marini, 1973) explica el mecanismo mediante el cual las economías periféricas compensan la transferencia de valor hacia los centros. Esta no es un fenómeno marginal ni una distorsión transitoria, sino el núcleo que sustenta la dependencia, definida como la subordinación de las economías periféricas al capitalismo central. En la medida que las nuevas formas de precarización laboral, deslocalización productiva y transnacionalización de las cadenas globales de suministro actualizan, bajo modalidades contemporáneas, los mecanismos de extracción de plusvalía se refuerza la pertinencia, como categoría analítica, del Tercer Mundo.

Estos análisis se orientan, además, a comprender las limitaciones de la independencia formal y las condiciones para ejercer una soberanía efectiva. Por ejemplo: Kwame Nkrumah (1965) definió el neocolonialismo como la situación en la cual “el Estado que está sujeto a él es, en teoría, independiente y posee todos los signos externos de la soberanía internacional. En realidad, su sistema económico y su política están dirigidos desde fuera” (p. IX); mientras que Frantz Fanon (1963) insiste en que la liberación implicaba una transformación integral del ser social, afirmando que “cada generación debe, en relativa opacidad, descubrir su misión, cumplirla o traicionarla” (p. 126).

El proyecto político de Nkrumah incluye la unidad africana como condición para una independencia efectiva. El estadista es considerado el principal articulador del panafricanismo como proyecto continental, convencido de que la soberanía de los nuevos Estados africanos sería ilusoria sin una integración regional que superara las fronteras heredadas del reparto colonial. Esta dimensión programática es constitutiva del pensamiento tercermundista: el Tercer Mundo no solo diagnostica la dominación, sino que formula alternativas políticas para superarla.

Esta perspectiva toma fuerza en los movimientos de liberación de África y en los procesos de reforma social de América Latina y Asia, donde la participación popular y la reafirmación cultural se consideraron condiciones necesarias para la sostenibilidad de los proyectos transformadores. Se vincula la lucha política con la recuperación de la historicidad propia, la emancipación del Tercer Mundo es, en su esencia, un proceso de transformación política y cultural.

Siguiendo esta línea de acción Amílcar Cabral (1973) planteó que “el pueblo que se organiza para liberarse de la dominación extranjera es un pueblo que reafirma su propia cultura” (p. 43) y Julius Nyerere (1968), desde la experiencia de Tanzania, argumentó que el desarrollo de un país es el desarrollo de su pueblo. Para estos estadistas el Tercer Mundo significa la afirmación de una vía autóctona, ni importada ni impuesta, que hundía sus raíces en las tradiciones africanas. Estas contribuciones refuerzan la idea de que el desarrollo no podía medirse exclusivamente por indicadores económicos, sino que debía incluir la expansión de capacidades humanas y la justicia social. Es decir, un proceso integral donde la cultura, la identidad y la soberanía se condicionan recíprocamente.

Esta caracterización permitió a los líderes del Tercer Mundo identificar que la emancipación política debía acompañarse de autonomía económica y tecnológica. Además de que el sustento de la misma reside en la afirmación de una identidad colectiva que resista la negación colonial. Existe coincidencia en apuntar que esta condición no elimina los márgenes para la acción política interna orientada a modificar las relaciones de poder asimétricas en el plano internacional.

En este punto, se establece un diálogo crítico con los criterios soviéticos y chinos: mientras se reconocía la validez de la denuncia del imperialismo como sistema, se reivindicaba la especificidad de las luchas nacionales y la necesidad de adaptar las estrategias de transformación a las condiciones concretas de cada pueblo. El análisis marxista y leninista del capitalismo proporciona una base teórica sólida para denunciar la explotación sistémica a la que es sometida el Tercer Mundo y validan la perspectiva antimperialista que le es inherente a estas naciones y pueblos. Sin embargo, tanto la comprensión y posicionamiento del Tercer Mundo frente a la URSS y la República Popular China (RPCh) y viceversa será objeto de disputa y tensiones como parte de la dinámica propia del sistema internacional del periodo que se analiza y los intereses clasistas y geopolíticos de ambas potencias socialistas.

El tratamiento dialéctico de las contradicciones teóricas inherentes a esta conceptualización constituye un elemento fundamental del análisis. Esta no debilita la coherencia del marco analítico, sino que evidencian su carácter vivo y capacidad para integrar la diversidad de experiencias nacionales en una estrategia común contra la hegemonía imperialista. Demuestran que constituyen una herramienta teórica que se valida en la capacidad para explicar y transformar la realidad concreta, no en su origen geográfico.

La contradicción entre cultura y economía no es tensión lógica para superar, sino motor dinámico que enriquece la comprensión de la liberación como proceso integral donde la batalla de ideas y la transformación material se condicionan mutuamente. La contradicción entre homogeneidad y heterogeneidad se resuelve dialécticamente en la comprensión de la identidad colectiva del sujeto derivada en una concepción universal del mismo. Lo universal se construye desde lo particular, no por encima de él, evitando tanto el eurocentrismo que niega la capacidad productora de teoría de la periferia como el relativismo cultural que fragmenta la lucha en particularismos inconexos. La tensión sobre la violencia revolucionaria, de raíz marxiana y defendida por Fanon, frente a enfoques que priorizan la construcción institucional se comprende como debate estratégico sobre los medios de la emancipación en contextos de opresión extrema.

Estas teorías, con sus aciertos y limitaciones, confrontan la ausencia que en el discurso eurocéntrico existe sobre las naciones y pueblos del Tercer Mundo (De Sousa Santos, 2011). Conforman un corpus explicativo, integrado y heterogéneo que se posiciona frente al legado y la herencia del colonialismo y el neocolonialismo. En sí mismas constituyen formas de resistencia cultural y compromiso con los ideales de justicia social ligados a la defensa de la autoctonía enfrentando el statu quo que subalterniza al Tercer Mundo.

Además, intentan convertirse en instrumentos teóricos que articulan las diversas perspectivas contrahegemónicas con capacidad para construir un marco histórico-cultural identitario y sentido político emancipador. Dígase: panafricanismo, negritud, teoría de la dependencia, socialismo africano, socialismo árabe, panasiatismo, panarabismo, estudios poscoloniales, pensamiento decolonial, teología de la liberación, no alineamiento y antimperialismo contribuyeron a que el Tercer Mundo se pensara a sí mismo como un sujeto histórico con capacidad de definir sus propias rutas de transformación y acción política. Lo que unifica esta diversidad es la posición compartida: la producción de pensamiento crítico desde la condición subalterna, como acto de soberanía epistémica.

Lo anterior permite afirmar que el Tercer Mundo se ha articulado teóricamente no como un objeto de estudio pasivo, sino como un espacio de producción conceptual en disputa, marcado por los intentos de desarticularlo y por sus contradicciones internas. La polémica en torno a él se entiende, por tanto, como un espacio de reproducción de identidad colectiva en función de articular una subjetividad política global que tiene que orientarse hacia la emancipación.

La década larga de los sesenta, que este trabajo ha privilegiado, no constituye un ciclo cerrado, sino un punto de inflexión cuyas contradicciones siguen estructurando el presente. El Tercer Mundo se refiere, entonces, a un área geográfica pero entendida como totalidad, un sujeto histórico. Es el mundo “en que sucedía la segunda ola de revoluciones e ideas anticapitalistas del siglo XX, ola centrada en otros continentes y no en Europa” (Martínez Heredia, 2001, p. 29). El espacio geográfico se integra a la dinámica histórico-social donde convergen características económicas, políticas y culturales que han producido una identidad colectiva perdurable en el tiempo. Este se reconfigura en función de su propia dinámica e interacción con factores y escenarios geopolíticos globales.

De ello se desprende que el término representa, como un todo funcional y analítico, el proceso continuo de superación de la condición de dominación; los intercambios, vínculos y aspiraciones políticas de la diversidad de sociedades, instituciones y prácticas discursivas que convergen en él. Tiene la capacidad de aglutinar e integrar las diferentes visiones, historicidades particulares, e individualidades de las naciones y pueblos explotados. Se refiere a la condición histórica en su conjunto, al mundo que no ha sido descolonizado totalmente, a la vez que esa referencia implica la ruptura de las relaciones y estructuras de poder desde la acción emancipadora.

Tercer Mundo no es una entelequia siempre presente sino un proceso histórico en movimiento y constante evolución. Expresa, en sí mismo, la resistencia cultural-política de los marginados y oprimidos que enfrentan el statu quo. Forja una cultura de la resistencia que se contrapone al imaginario, no superado, del sistema-mundo capitalista.

CONCLUSIONES

El análisis desarrollado ha permitido desentrañar los fundamentos epistémico-políticos que sustentan las interpretaciones antagónicas en torno a la conceptualización del Tercer Mundo. Esta trasciende la disputa terminológica para constituirse en un campo de batalla ideológico donde se define la legitimidad de los proyectos de transformación global. Frente a la visión burguesa, tecnocrática y eurocéntrica que lo reduce a un espacio de carencias, atraso interno y subordinación funcional a la economía-mundo, las teorías críticas emergentes desde Asia, África y América Latina y el Caribe lo reconceptualizan como un sujeto histórico en construcción, cuyas condiciones de existencia no derivan de carencias endógenas, sino de relaciones estructurales de dominación, explotación y subordinación emanantes del sistema capitalista mundial.

La dialéctica entre la negación externalizante y la afirmación emancipatoria confirma que el Tercer Mundo no opera como categoría geográfica o estadística, sino como una construcción político-ideológica en permanente evolución, forjada mediante la toma de conciencia de la condición subalterna, la articulación de una identidad colectiva y la praxis transformadora. Las implicaciones teóricas y políticas de esta comprensión son de especial relevancia para el pensamiento crítico y las fuerzas emancipatorias contemporáneas.

En un contexto marcado por la proclamación del fin del término y la promoción de sustituciones despolitizadas como el Sur Global, este trabajo demuestra que el Tercer Mundo conserva su vigencia como instrumento analítico y como consigna política. Su pertinencia no radica en una equivalencia numérica con bloques históricos extintos, sino en la capacidad para nombrar estructuralmente la persistencia y reconfiguración de las asimetrías globales bajo nuevas formas de dominación imperialista. Su recuperación teórica permite desmontar los discursos que naturalizan la subordinación, visibilizar las estrategias de reproducción ampliada del capital y fortalecer los marcos conceptuales necesarios para articular proyectos de soberanía, justicia social y cooperación Sur-Sur con perspectiva emancipatoria.

El presente estudio, si bien realiza una profundización teórico-conceptual y un rastreo crítico de la genealogía de la categoría, no incorpora modelos cuantitativos que posibiliten operacionalizar el término en el contexto contemporáneo. La delimitación temporal privilegiada, la década larga de los sesenta, aunque metodológicamente necesaria para captar la fase de mayor densidad política y articulación emancipatoria, deja para investigaciones posteriores el análisis sistemático de las reconfiguraciones producidas tras el colapso del socialismo eurosoviético y durante la ofensiva neoliberal. Estas limitaciones en el campo de estudio de la investigación no invalidan los resultados, sino que señalan márgenes de precisión para futuros desarrollos teóricos e investigativos.

En este sentido se reconoce, en primer lugar, la necesidad de profundizar en cómo los movimientos y sujetos sociales actuales resignifican la identidad tercermundista desde sus luchas y accionar particulares. En segundo lugar, analizar críticamente las experiencias de integración de estas naciones y pueblos históricamente explotados, dígase BRICS, ALBA, Unión Africana, CELAC, evaluando en qué medida avanzan, desde una perspectiva antiimperialista, hacia la concreción de un proyecto político alternativo frente a la fragmentación neoliberal. Solo mediante el ejercicio de memoria crítica y proyección teórica es posible transformar al Tercer Mundo de un concepto en disputa en una plataforma programática para la construcción de un orden internacional justo, multipolar y descolonizado.

notas

1 Se refiere, en lo fundamental, a la Organización de Naciones Unidas (ONU) y sus agencias, el Banco Mundial (BM), el Fondo Monetario Internacional (FMI).

2 Fueron consultados para la comparación de datos y elaboración de un marco general de análisis los siguientes informes: United Nations. (1960). World economic survey 1960. Department of Economic and Social Affairs. https://www.un.org/en/development/desa/policy/wess/wess_archive/1960wes.pdf

United Nations. (1969). World economic survey 1969-1970: The developing countries in the 1960s. Department of Economic and Social Affairs. https://www.un.org/en/development/desa/policy/wess/wess_archive/1969_1970wes.pdf

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3 Comisión Económica para América Latina. (1962, febrero). El desarrollo económico de América Latina y algunos de sus principales problemas. Boletín Económico de América Latina, 7(1).

4 El crecimiento económico se refiere, fundamentalmente, a la expansión cuantitativa de la producción de bienes y servicios, medido habitualmente a través del PIB o del ingreso per cápita, el desarrollo económico implica una transformación cualitativa de la estructura productiva, las instituciones sociales, la distribución del ingreso y las capacidades humanas. En el capitalismo mundial la expansión cuantitativa en el centro se produce a costa del subdesarrollo cualitativo en la periferia, proceso este iniciado desde el momento en que se produce la acumulación originaria del capital. La inserción subordinada en la economía mundial ha generado activamente estructuras internas que bloqueaban el desarrollo endógeno de estas naciones, los excedentes económicos son extraídos hacia los centros del poder capitalistas o apropiados por las élites improductivas de la burguesía nacional. Esto a costa de la sobreexplotación de las periferias lo que acentúa la condición de subdesarrollo y dependencia.

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CONFLICTO DE INTERESES

Los autores declaran que no existen conflictos de intereses relacionado con el artículo.

AGRADECIMIENTOS

No aplica.

CONTRIBUCIÓN DE AUTORÍA:

Victor Luis Benitez Pimentel: Conceptualización, Curación de datos, Análisis Formal, Investigación, Metodología, Administración del Proyecto, Recursos, Software, Visualización, Redacción – borrador original, Redacción – revisión y edición.

Ileana María Echevarría Aldama: Curación de datos, Análisis Formal, Metodología, Supervisión, Validación, Redacción – revisión y edición.

FINANCIACIÓN

No existe financiamiento externo a los autores ni otros compromisos.

PREPRINT

No publicado.

DECLARACIÓN SOBRE EL USO DE MODELOS DE INTELIGENCIA ARTIFICIAL

En la elaboración del manuscrito fueron utilizados modelos de IA (Qwen Studio) como herramienta de asistencia para la verificación de referencias bibliográficas, revisión y corrección de estilo y ajustes del formato normativo además de la traducción del resumen al inglés.

DECLARACIÓN DE ÉTICA EN LA INVESTIGACIÓN

No aplica.

DECLARACIÓN DE DISPONIBILIDAD DE DATOS

No aplica, ya que este es un estudio análisis bibliométrico.

DERECHOS DE AUTOR

Los derechos de autor son mantenidos por los autores, quienes otorgan a la Revista Política Internacional los derechos exclusivos de primera publicación. Los autores podrán establecer acuerdos adicionales para la distribución no exclusiva de la versión del trabajo publicado en esta revista (por ejemplo, publicación en un repositorio institucional, en un sitio web personal, publicación de una traducción o como capítulo de un libro), con el reconocimiento de haber sido publicada primero en esta revista. En cuanto a los derechos de autor, la revista no cobra ningún tipo de cargo por el envío, el procesamiento o la publicación de los artículos.