DIPLOMACIA CUBANA

 

El papel de El Che en la fundación de la OSPAAAL y la OLAS: una historia poco conocida*

Che’s role in the founding of OSPAAAL and OLAS: a little-known story

Le rôle de Che dans la fondation de l’OSPAAAL et de l’OLAS: une histoire méconnue

O papel de Che na fundação da OSPAAAL e da OLAS: uma história pouco conhecida

 

Dr. Cs. Luis Suárez Salazar

Licenciado en Ciencias Políticas, postgrado en Filosofía de la Academia de Ciencias de Cuba, Doctor en Ciencias Sociológicas y Doctor en Ciencias. Miembro de Mérito de la Sociedad Económica de Amigos del País (SEAP), integrante del Claustro del Doctorado de la Facultad de Historia de la Universidad de La Habana y del Comité del Doctorado de la Universidad de Relaciones internacionales “Raúl Roa García” y Profesor Titular (a tiempo parcial) del Claustro de la Maestría que se imparte en esa institución. La Habana, Cuba. luissuarezsalazar10@gmail.com 0000-0003-4516-3367

Cómo citar (APA, séptima edición): Suárez Salazar, L. (2026). El papel de El Che en la fundación de la OSPAAAL y la OLAS: una historia poco conocida. Política internacional, VIII (Nro. 3), 113-150. https://doi.org/10.5281/zenodo.20511795

https://doi.org/10.5281/zenodo.20511795

 

* Este escrito es parte de un ensayo del propio autor, aún inédito, titulado “Las contribuciones de El Che a la proyección externa de la Revolución Cubana en el poder” y también una versión ampliada de la Conferencia que pronunció, con el mismo título de este trabajo, en la primera sesión del Congreso Internacional “A sesenta años de la Tricontinental: contexto, impacto, legado y futuro”, efectuado en la Universidad de La Habana entre el 12 y el 15 de enero del 2026.

 

Recibido: 28 de enero de 2026

aprobado: 5 de mayo de 2026

publicado: 7 de julio de 2026

 

RESUMEN Como una de las expresiones de la proyección externa de la Revolución Cubana, en los primeros días de enero de 1966 se realizó en La Habana la Primera (y a la postre única) Conferencia Tricontinental, en la que se fundaron la Organización de Solidaridad de los pueblos a África, Asia y América Latina (OSPAAAL), así como la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS). Aunque son poco conocidas, en las acciones que condujeron a la institucionalización de ambas organizaciones desempeñó un papel protagónico el Comandante Ernesto Che Guevara, en su interrelación armónica con las máximas autoridades político-estatales cubanas, encabezadas por el ahora llamado Líder Histórico de la Revolución Cubana, el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz

Palabras clave: Proyección externa de la Revolución Cubana; Fidel Castro Ruz; Ernesto Che Guevara; Organización de Solidaridad de los pueblos de África, Asia, y América Latina (OSPAAAL); Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS).

 

 

ABSTRACT As one of the expressions of the Cuban Revolution’s external projection, the First (and ultimately only) Tricontinental Conference was held in Havana in early January 1966. At this conference, the Organization of Solidarity of the Peoples of Africa, Asia and Latin America (OSPAAAL) and the Latin American Solidarity Organization (OLAS) were founded. Although little known, Commander Ernesto “Che” Guevara played a leading role in the actions that led to the institutionalization of both organizations, in his harmonious relationship with the highest Cuban political and state authorities, headed by the now-called Historical Leader of the Cuban Revolution, Commander-in-Chief Fidel Castro Ruz.

Keywords: External projection of the Cuban Revolution; Fidel Castro Ruz; Ernesto “Che” Guevara; Organization of Solidarity of the Peoples of Africa, Asia and Latin America (OSPAAAL); Latin American Solidarity Organization (OLAS).

 

 

RÉSUMÉ L’une des manifestations du rayonnement international de la Révolution cubaine fut la première (et finalement unique) Conférence tricontinentale qui se tint à La Havane début janvier 1966. Lors de cette conférence furent fondées l’Organisation de solidarité des peuples d’Afrique, d’Asie et d’Amérique latine (OSPAAAL) et l’Organisation de solidarité latino-américaine (OLAS). Bien que peu connu, le commandant Ernesto « Che » Guevara joua un rôle déterminant dans l’institutionnalisation de ces deux organisations, grâce à ses relations étroites avec les plus hautes autorités politiques et étatiques cubaines, dirigées par celui que l’on appelle aujourd’hui le Leader historique de la Révolution cubaine, le commandant en chef Fidel Castro Ruz.

Mots-clés : Rayonnement international de la Révolution cubaine ; Fidel Castro Ruz ; Ernesto « Che » Guevara ; Organisation de solidarité des peuples d’Afrique, d’Asie et d’Amérique latine (OSPAAAL) ; Organisation de solidarité latino-américaine (OLAS).

 

 

RESUMO Como uma das expressões da projeção externa da Revolução Cubana, a Primeira (e, em última análise, única) Conferência Tricontinental foi realizada em Havana, no início de janeiro de 1966. Nessa conferência, foram fundadas a Organização de Solidariedade dos Povos da África, Ásia e América Latina (OSPAAAL) e a Organização de Solidariedade Latino-Americana (OLAS). Embora pouco conhecido, o Comandante Ernesto “Che” Guevara desempenhou um papel fundamental nas ações que levaram à institucionalização de ambas as organizações, em sua relação harmoniosa com as mais altas autoridades políticas e estatais cubanas, chefiadas pelo então chamado Líder Histórico da Revolução Cubana, o Comandante-em-Chefe Fidel Castro Ruz.

Palavras-chave: Projeção externa da Revolução Cubana; Fidel Castro Ruz; Ernesto “Che” Guevara; Organização de Solidariedade dos Povos da África, Ásia e América Latina (OSPAAAL); Organização de Solidariedade Latino-Americana (OLAS).

 

 

INTRODUCCIÓN

Como el autor ha indicado en otras ocasiones (Suárez, 2019), esa categoría incluye las profundas transformaciones económicas, sociales, políticas e ideológico-culturales internas que se produjeron en el que, en 1959, comenzó a llamarse “Primer territorio libre de América” y, a partir del 16 de abril de 1961, “la primera revolución socialista en el Hemisferio Occidental”.

También incluye la política internacional desplegada por las sucesivas vanguardias políticas del pueblo cubano y su organización juvenil (la Unión de Jóvenes Comunistas, fundada el 4 de abril de 1962), así como, en sus correspondientes ámbitos, por las organizaciones sociales y de masas que, desde aquellos años, actúan en la sociedad política y civil cubana: la Central de Trabajadores de Cuba (CTC), la Federación Estudiantil Universitaria (FEU), los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), la Federación de Mujeres Cubanas (FMC), la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP) y la Unión de Estudiantes Secundarios (UES). Esta, a partir de 1970, comenzó a denominarse Federación de Estudiantes de la Enseñanza Media (FEEM).

A esas dimensiones hay que agregar la labor de los órganos de prensa escrita y radial fundados por la Revolución en 1959 (entre ellos, la agencia cablegráfica Prensa Latina y Radio Habana Cuba), así como por las más emblemáticas instituciones culturales fundadas en ese año y en los posteriores. Asimismo, la multifacética política exterior desplegada por los órganos competentes del Estado y del Gobierno dirigidos, desde 1959 hasta el 2006, por el ahora llamado “Líder Histórico de la Revolución Cubana”: el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz; cuyo centenario en estos momentos está celebrando el pueblo cubano.

De ahí que, en mi ensayo referido al comienzo de este escrito, haya afirmado que el Che tuvo un importante papel en la proyección externa de la Revolución Cubana en su conjunción armónica con los demás integrantes del que debemos llamar “segundo Gobierno revolucionario cubano” (presidido, desde junio de 1959 hasta 1976, por el Dr. Osvaldo Dorticós Torrado) y con los demás dirigentes del Movimiento Revolucionario 26 de Julio, de las Organizaciones Revolucionarias Integradas (estructuradas a mediados 1961) y del Partido Unido de la Revolución Socialista de Cuba (PURSC) fundado en 1963.

Éste último, a partir de los primeros días de octubre de 1965, comenzó a denominarse Partido Comunista de Cuba (PCC) y, como veremos después, fue en ese momento que Fidel (como cariñosamente lo llama el pueblo cubano) leyó la carta de despedida que le había entregado el Che horas antes de salir clandestinamente de Cuba a fines de marzo de ese año para encabezar la Columna de los 130 combatientes internacionalistas cubanos que, durante aproximadamente siete meses, combatieron en la parte suroriental del entonces llamado “Congo Kinshasa”, para diferenciarlo de la República Democrática del Congo, también denominada “Congo Leopoldville”.

Las diversas tareas internacionales cumplidas por el Che en 1959

Pero antes de hacer una breve referencia a esa epopeya, al igual que a la que él encabezó en Bolivia entre los últimos meses de 1966 hasta el 8 de octubre de 1967 ( día que fue capturado herido e inerme de la Quebrada Cañada del Yuro), es obligado recordar que, desde los primeros meses del triunfo de la Revolución, cuando aún no ocupaba ninguna responsabilidad en el llamado “primer gobierno provisional revolucionario” (presidido, entre el 4 de enero y el 17 julio 1959, por el timorato y corrupto magistrado Manuel Urrutia Lleó), el Che comenzó a recibir a los dirigentes de diversas organizaciones y partidos latinoamericanos de diferentes tendencias políticas que visitaron Cuba; entre ellos, al líder del entonces llamado Frente Revolucionario de Acción Popular de Chile, Salvador Allende.

Adicionalmente había encabezado las Comisiones que, en marzo y junio de 1959, respectivamente, fundaron el Departamento de Investigaciones del Ejército Rebelde (DIER)1 y la agencia cablegráfica Prensa Latina (PRELA). Durante esos meses también se había mantenido informado de todos los preparativos de la que bien pudiera llamarse “primera operación internacionalista de la Revolución Cubana en el poder” autorizada por el Líder de la Revolución, el Comandante Fidel Castro.

Esta incluyó la preparación militar y la organización de la expedición aérea y naval del denominado Movimiento de Liberación Dominicano que salió de Cuba el 14 de junio de 1959 con vistas a iniciar la lucha armada guerrillera rural contra la satrapía del general Rafael Leónidas Trujillo, instalada en la República Dominicana desde 1930 con el apoyo de la maquinaria de la política exterior y de seguridad imperial de los Estados Unidos y por sus sucesivos gobiernos temporales demócratas y republicanos hasta “que fue asesinado por un comando organizado por la CIA el 30 de mayo de 1961” (Gómez Ochoa, 1998, 50-51).

Poco más de dos años antes de que eso ocurriera, el Che había atendido personalmente a algunos de los dirigentes de las diversas organizaciones nicaragüenses que vinieron a Cuba para solicitar ayuda en sus luchas contra la dictadura militar proimperialista encabezada, desde el 26 de septiembre de 1956 hasta el 1 de mayo de 1963, por Luis Somoza Debayle. Por tanto, el Che coordinó el apoyo logístico (incluido el envío aéreo de un importante cargamento de armas a Honduras) que le ofreció la máxima dirección del MR-26-7 y de la comandancia del Ejército Rebelde (ER), a uno de los primeros intentos por emprender la lucha armada guerrillera rural en Nicaragua.

Según han documentado algunos de los dirigentes del posteriormente llamado Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), ese empeño fue derrotado el 24 de junio de 1959 en la frontera de Honduras con Nicaragua (en un sitio conocido como El Chaparral) y, en esas acciones, perdieron la vida dos combatientes internacionalistas cubanos y fue gravemente herido el posteriormente líder del FSLN, Carlos Fonseca Amador (Ortega, H,, 2010); quien se recuperó de sus heridas en Cuba, donde también fueron atendidos otros de los fundadores, en 1964, de esa organización político-militar (Zimmermann, 2005, 73-77).

Pero, cuando todavía no se conocía el desenlace de esa operación, entre el 12 de junio y el 9 de septiembre de 1959, el Che había emprendido una de las primeras y más importantes acciones de la incipiente política exterior de la Revolución Cubana hacia algunos de los 29 Estados afro-asiáticos, cuyos mandatarios habían participado en la conferencia realizada en Bandung, Indonesia, entre el 18 y el 24 de abril de 1955; ya que él fue el primer alto dirigente de esa Revolución que visitó la República Árabe Unida (entonces integrada, bajo la dirección de Gamal Abdel Nasser, por los actuales territorios de Egipto, Siria y Yemen), la India (donde se reunió con su presidente Sri Pandit Nheru, así como con los dirigentes del Partido Comunista de ese país), Japón (en el que desarrolló diversas actividades oficiales y sostuvo entrevistas con los directivos de las principales empresas) y Birmania, actualmente denominada Unión de Myanmar.

Igualmente, visitó Indonesia (en la que compartió criterios con su presidente, el general Achmed Sukarno), Singapur (una ciudad-estado ubicada en el sureste de Asia), Ceilán (ahora denominada República Democrática Socialista de Sri Lanka), Pakistán (en la que se reunió con su entonces presidente Ayub Khan), la República Federal Socialista de Yugoslavia (en la que se entrevistó con su fundador y presidente Josip Broz Tito), Sudán y Marruecos.

Con independencia de los desiguales resultados de esas visitas en las relaciones diplomáticas y comerciales de Cuba con esos países, estas abrieron las puertas para las interrelaciones que en los años inmediatamente posteriores desarrollaron las autoridades políticas cubanas con la Organización de Solidaridad de los Pueblos Afroasiáticos (OSPAA) que se había fundado en 1958 en la capital de la República Árabe Unida (RAU) por los diversos Movimientos de Liberación Nacional de esas regiones que estaban luchando contra el colonialismo y el neocolonialismo. Igualmente, con los Gobiernos de los Estados de esa región que, como se verá después, fundaron en septiembre de 1961 el Movimiento de Países No Alineados (MPNOAL).

Como siempre fue su método de trabajo, inmediatamente después de su regreso de ese recorrido, el Che le notificó sus resultados al entonces recién nombrado Ministro de Relaciones Exteriores de Cuba: el prestigioso intelectual Raúl Roa García, a quien lo había conocido en México semanas antes de que partiera subrepticiamente de ese país la expedición del Yate Granma, encabezada por Fidel Castro (Roa Kourí, 1999).

Asimismo, el Che había ofrecido una conferencia de prensa para informarle al pueblo cubano los resultados de su antes mencionado recorrido por los diversos países afroasiáticos. Y, pocas semanas después, publicó en México su artículo titulado “América desde el balcón afroasiático”.

En este había anunciado que Cuba había sido invitada a participar en la “nueva conferencia de los pueblos afroasiáticos” y agregó: “No irá por casualidad; va como resultado de la convergencia histórica de todos los pueblos oprimidos en esta hora de liberación. Irá a decir que es cierto, que Cuba existe y que Fidel Castro es un hombre, un héroe popular, y no una abstracción mitológica; pero además, explicará que Cuba no es un hecho aislado sino [el] signo primero del despertar de América” (Guevara, Ernesto Che, 1970 [1959], 388).

Por otra parte, gracias a sus gestiones, a partir de enero de 1960, una representación del Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba había participado en las labores preparatorias de la Conferencia fundacional del MPNOAL; cuya Primera Cumbre se efectuó, entre el 1 y 6 septiembre de 1961, en la capital de la República Federal Socialista de Yugoslavia.

La Primera Declaración de La Habana

Como veremos después, la delegación cubana que asistió a ese evento fue encabezada por el entonces presidente de Cuba, el doctor Osvaldo Dorticós Torrado; pero ahora creo necesario resaltar que el mencionado recorrido realizado por la delegación cubana encabezada por el Che, contribuyó al ulterior desarrollo de las interrelaciones bilaterales de Cuba con algunos de los Gobiernos de los 25 Estados afro-asiáticos que participaron en ese evento.

También que, un año antes de que se efectuara la antes mencionada Conferencia de la OSPAAAL y, en respuesta a la resolución contra Cuba que habían aprobado la mayoría de los Gobiernos de los 15 Estados entonces integrantes de la Organización de Estados Americanos (OEA), el 2 de septiembre de 1960, a propuesta de Fidel (como cariñosamente lo llama el pueblo cubano), la entonces llamada Asamblea General Nacional del Pueblo de Cuba (AGNPC), efectuada en la posteriormente denominada “Plaza de la Revolución José Martí”, había respaldado, mediante el voto público y directo de más de un millón de personas, la que pasó a la historia como Primera Declaración de La Habana.

En mi criterio, compartido por otras y otros colegas cubanos, esa declaración, (totalmente respaldada por el Che en su carácter de integrante de la máxima dirección del Movimiento 26 de Julio y del “segundo Gobierno cubano”) había sido el preámbulo de la proclamación del carácter socialista de la Revolución Cubana; en tanto, luego de repudiar la antes referida declaración de la OEA, condenó expresamente “la explotación del hombre por el hombre, y la explotación de los países subdesarrollados por el capital financiero imperialista”. Igualmente había postulado (ANGPC, 2007 [1960]: 290-291, énfasis propio):

el deber de los obreros, de los campesinos, de los estudiantes, de los intelectuales, de los negros, de los indios, de los jóvenes, de las mujeres, de los ancianos, a luchar por sus reivindicaciones económicas, políticas y sociales; el deber de las naciones oprimidas y explotadas a luchar por su liberación; el deber de cada pueblo a la solidaridad con todos los pueblos oprimidos, colonizados, explotados o agredidos, sea cual fuere el lugar del mundo donde se encuentren y la distancia geográfica que los separe. ¡Todos los pueblos del mundo son hermanos!

Asimismo, había reafirmado la fe del Pueblo de Cuba “en que la América Latina marchará pronto, unida y vencedora, libre de las ataduras que convierten sus economías en riqueza enajenada al imperialismo norteamericano y que le impiden hacer oír su verdadera voz en las reuniones donde cancilleres domesticados hacen de coro infamante al amo despótico”. Y, acto seguido, había ratificado “su decisión de trabajar por ese común destino latinoamericano que permitirá a nuestros países edificar una solidaridad verdadera, asentada en la libre voluntad de cada uno de ellos y en las aspiraciones conjuntas de todos” (ANGPC, 2007 [1960]: 290-291).

De manera consecuente, rechazó “el intento de preservar la Doctrina Monroe” y antepuso “el latinoamericanismo liberador que late en José Martí y en Benito Juárez” al “hipócrita panamericanismo” impulsado, desde fines del XIX, por los representantes políticos, militares e ideológico-culturales de los grupos dominantes en los Estados Unidos y en diversos Estados latinoamericanos.

Con ese inobjetable respaldo del pueblo cubano, unos días después (entre el 18 y 28 de septiembre) Fidel acudió por primera vez a la Asamblea General de la ONU. En el enjundioso y aclamado discurso que pronunció en esa ocasión denunció la política agresiva de Estados Unidos contra Cuba. Asimismo, le exigió al gobierno estadounidense la devolución del territorio que ilegalmente todavía ocupa la Base Militar de ese país enclavada a la entrada de la Bahía de Guantánamo.

Y, acto seguido, había condenado la explotación que ejercen los monopolios imperialistas sobre centenares de millones de personas en todo el mundo; cuestionado el papel que estaba desempeñando la ONU en la defensa de la paz mundial y de los intereses de los pueblos sometidos a diferentes formas de dominación colonial y neocolonial por las principales potencias imperialistas. Igualmente había afirmado: “¡Desaparezca la filosofía del despojo y habrá desaparecido la filosofía de la guerra! ¡Desaparezcan las colonias, desaparezca la explotación de los países por los monopolios, y entonces la humanidad habrá alcanzado una verdadera etapa de progreso!” (Castro, F. 2008 [1960], 174).

Esos y otros enunciados y prácticas de la política exterior de la Revolución cubana (entre ellos, las reuniones bilaterales que sostuvo Fidel con varios mandatarios de diferentes países del mundo, incluido el Primer Ministro de la URSS, Nikita Jruschov, así como con algunos de los dirigentes de las organizaciones de la población negra de Estados Unidos que estaban luchando contra la llamada “discriminación racial”) impulsaron los preparativos de la invasión mercenaria que, desde meses atrás, había venido organizado la maquinaria de la política exterior, de defensa y seguridad imperial de los Estados Unidos encabezada, desde enero 1953 hasta enero de 1961, por Dwight Eisenhower.

Esos planes habían sido denunciados por el ya denominado Canciller de la Dignidad, Raúl Roa García, en los debates que se realizaron en la ONU acerca de la “Declaración sobre la concesión de la independencia a los países y pueblos coloniales” propuesta por el Gobierno de la URSS; incluidos todos los territorios de América Latina y el Caribe que en aquellos años estaban sometidos a diferentes formas de dominación colonial por Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña y Holanda. Al respecto, en el discurso que pronunció el 6 de diciembre de 1960, él indicó (Roa, 1986 [1960], 170, énfasis propio):

Este es, con sobra de fundamentos, el Año de África […] Debía ser, también el Año de la Proclamación de la independencia de todos los países y pueblos coloniales. La mayoría de esos pueblos y países aún uncidos al yugo del colonialismo están en África. Hay países y pueblos con status colonial en Asia y Oceanía. Varias potencias europeas conservan establecimientos coloniales en América Latina. Los Estados Unidos tienen posesiones, dependencias, territorios arrendados y un canal interoceánico en América Latina y su política económica con las naciones latinoamericanas es, por su índole, estructura y objetivos, típicamente colonialista. Si se proclama la extinción de las relaciones de vasallaje en todos los continentes en que, de una u otra forma, perdura, el Año de África podría culminar radiosamente en el Año de Liberación de la Humanidad. No es una fantasía. Esa proclamación es un acto de voluntad que depende, exclusivamente, de los representantes de los pueblos de las Naciones Unidas.

Las principales tareas internacionales cumplidas por el Che durante 1960

Pocos meses antes de esas palabras de Roa, en su doble carácter de integrante de la máxima dirección del MR-26-7, y de Ministro Presidente del BNC, el Che había participado en la atención de la primera visita oficial que realizó a Cuba, en febrero de 1960, una delegación encabezada por el entonces vice primer ministro de la URSS, Anastas Mikoyán. Y, un mes después, había comenzado a publicar su libro La Guerra de guerrillas, en el que sintetizó las experiencias de lucha del MR-26-7 y del Ejército Rebelde y vislumbró las posibilidades de que estas pudieran implementarse en otros países de América Latina (Guevara, 2006 [1960-1961]).

Algunas de ellas las refirió en el discurso que pronunció el 28 de julio de 1960 en la inauguración del Primer Congreso Latinoamericano de Juventudes efectuado en La Habana con el lema “Por la liberación de América Latina” (Guevara. 1970 [1960]). No creo necesario referir todo lo que había indicado en esa disertación; pero me parece conveniente resaltar que en ella, además de difundir la experiencia de la lucha armada contra la dictadura proimperialista de Fulgencio Batista, reiteró la solidaridad de la Revolución Cubana con las luchas del pueblo puertorriqueño por obtener su independencia de los Estados Unidos, así como con las multiformes luchas por la democracia y la justicia social que entonces se estaban desarrollando en otros países de América Latina.

Previamente, se había reunido, por primera vez, con el líder del Partido Popular del Pueblo (PPP) y Primer Ministro del Gobierno interno de la todavía llamada Guyana Británica, Cheddi Jagan, en la que le había expresado la solidaridad de la Revolución Cubana con las luchas contra el colonialismo que se estaban desarrollando en ese país, así como en la islas del Caribe insular, entonces sometidas a la dominación del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte.

Fue en ese contexto que, cumpliendo instrucciones de Fidel y del presidente Osvaldo Dorticós, entre el 26 de octubre y el 22 de diciembre de 1960, el Che había emprendido otra de sus más importantes tareas vinculadas con la política exterior de la Revolución Cubana: la primera visita oficial que realizó a la República Socialista de Checoeslovaquia (RSCh), inmediatamente antes de trasladarse y a la URSS con vistas a participar en la celebración del 42 aniversario del triunfo de la Revolución de Octubre.

En esa ocasión se había reunido con algunas de las autoridades político-estatales soviéticas, así como con las delegaciones de otros países; incluido el legendario líder de las luchas por la independencia y la unificación del pueblo vietnamita, Ho Chi Minh. Aunque no se divulgaron los contenidos de esa reunión, es altamente probable que “el tío Ho” (como lo identifican las y los vietnamitas) le haya informado la reciente fundación del Frente Nacional de Liberación de Vietnam (FNLV) para agrupar a todas las fuerzas patrióticas que estaban luchando contra la dictadura de Ngo Dinh Diem instalada, desde 1955, en Vietnam del Sur, con el apoyo de la maquinaria de la política exterior y de seguridad imperial de los Estados Unidos y de sus principales aliados europeos.

En cualquier caso, inmediatamente después, la delegación cubana encabezada por el Che se trasladó a la República Popular China (RPCh); donde recibió una calurosa bienvenida y se entrevistó con su máximo líder Mao Tsé Tung, así como con otros altos dirigentes del Partido Comunista y del Gobierno de ese país. Y, luego, viajó a la República Popular Democrática de Corea, en la que, en medio del júbilo popular que produjo su visita, había sido recibido por su líder histórico Kim Il Sung, y otros dirigentes políticos y estatales de la parte norte de esa dividida península, con las que, al igual que con el gobierno de la RPCh, “suscribió acuerdos de cooperación científica, técnica y comercial (Cupull y González, 1994, 185).

Luego regresó a la URSS para firmar diversos acuerdos económico-comerciales con las autoridades gubernamentales de ese país y, después, viajó a la República Democrática Alemana (RDA) para establecer las relaciones con el Partido Socialista Unificado de Alemania y con las instancias gubernamentales de ese Estado e, inmediatamente después, regresó a la RSCh, cuyas autoridades le confirieron un crédito de 40 millones de dólares fundamente dirigidos “a la industrialización de Cuba” (Taibo II, 1996, 459-465).

Cabe recordar que, cuando el Che estaba realizando el recorrido antes referido, el 7 de octubre de 1960 se había fundado el Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos (ICAP). Según su presidente-fundador, Giraldo Mazola, “la idea del Comandante en Jefe fue fundar una institución que impulsara la que en el lenguaje actual pudiéramos llamar diplomacia popular o diplomacia de los pueblos […] Era para dar solidaridad, no para pedirla”. Y agregó que tanto Fidel, como el Che le dedicaron “mucho tiempo a atender a las delegaciones extranjeras que nos visitaban” (Mazola, 2015, 22).

Varios días después de la fundación del ICAP y procedente de los Estados Unidos realizó su primera visita a Cuba el fundador y presidente de la República de Guinea (llamada “Guinea Conakry”, para diferenciarla de “Guinea Bissau”, entonces sometida a la dominación colonial portuguesa) Ahmed Sékou Touré. El Che participó en su atención, y en la cena de bienvenida él y Touré “se enfrascaron en largos intercambios sobre las experiencias africanas, la de Guinea en particular”. También intercambiaron criterios sobre “las denodadas luchas del pueblo argelino contra el colonialismo francés” (Roa Kouri, 2004, 150).

Por consiguiente, según documentó muchos años más tarde el destacado diplomático cubano Darío de Urra, durante esa visita se sentaron las bases de “las fuertes relaciones de amistad y solidaridad entre los Gobiernos de ambos países”, así como su “coordinación y apoyo a los procesos de lucha por la liberación nacional que se [habían iniciado] por aquel entonces en la llamada Guinea Portuguesa [y] en África en general” (de Urra, 2018, 51).

Pocas semanas después el Che publicó su ensayo “Cuba: ¿Excepción histórica o vanguardia en la lucha anticolonialista?” (Guevara, 1970 [1961], 403-419). En este difundió sus conceptos acerca del papel que tenía que desempeñar la Revolución Cubana en las luchas contra el colonialismo y el neocolonialismo que entonces se estaban desplegando en África, Asia, así como en América Latina y el Caribe.

En consecuencia, inspiradas en esas y otras de sus ideas, comenzaron a surgir en algunos países de ese último continente diversas organizaciones revolucionarias que, años más tarde, algunos autores empezaron a denominar “nueva izquierda latinoamericana” (Bejar, 1969, 51-58) y otros “el guevarismo” (Hodges, 1976).

La proclamación del carácter socialista de la Revolución Cubana

Cualquiera que sea la comprensión que en la actualidad se tengan de esos calificativos, lo cierto fue que la proyección externa de la Revolución cubana en todo el mundo se incrementó exponencialmente después de la fulminante derrota el 19 de abril de 1961 de la que pasó a la historia como “la invasión mercenaria de Playa Girón”, organizada “por la administración estadounidense presidida por Dwight Eisenhower y emprendida por la encabezada por John F. Kennedy” (Pino, 1983).

Mucho más porque fue en el sepelio de los 7 cubanos que habían caído durante los bombardeos efectuados el 15 de abril por aviones procedentes de los Estados Unidos a los aeropuertos de La Habana y Santiago de Cuba que Fidel, con el respaldo de la absoluta mayoría del pueblo cubano, proclamó el carácter socialista de la Revolución Cubana (Castro, F. 2008 [1961], 67).

Aunque una semana después de la derrota de esa invasión mercenaria, John F. Kennedy asumió su responsabilidad personal en ese descalabro, continuó elaborando nuevos planes dirigidos a evitar que el “mal ejemplo” de la Revolución Cubana se expandiera hacia otros países de América Latina y el Caribe. Con tal fin emprendió los primeros pasos de uno de los programas reformistas y contrainsurgentes hacia esa región más elaborados a lo largo de su historia por la maquinaria burocrático-militar, económico-financiera e ideológico-cultural de los Estados Unidos: la Alianza para el Progreso.

A ella volveremos más adelante, pero antes creo conveniente recordar que, en concordancia con los enunciados de la Primera Declaración de La Habana, el Che había apoyado los entrenamientos militares que estaban recibiendo en Cuba diversos militantes y dirigentes del Parti d’Entente Populaire de Haití que, bajo la dirección de Jacques Stéphen Alexis, el 30 de abril de 1961 desembarcaron en ese país con el frustrado propósito de iniciar la lucha armada guerrillera contra la dictadura de François Duvalier (1957-1971).

De manera simultánea, el Che también conoció y apoyó a los principales dirigentes y fundadores del llamado Movimiento Obrero y Estudiantil Colombiano (MOEC) que, en mayo de 1961, intentaron iniciar la lucha guerrillera rural contra el gobierno oligárquico y proimperialista presidido, por segunda vez, desde 1958 hasta agosto de 1962, por el reaccionario líder del Partido Liberal, Alberto Lleras Camargo (Estrada, 2015).

Las posiciones del Che frente a la “Alianza para el retroceso”

A pesar de las derrotas de ambos intentos, en los años posteriores el Che había continuado monitoreando y apoyando públicamente las luchas guerrilleras urbanas y/o rurales que habían comenzado a desarrollarse en ese y otros países latinoamericanos. A algunas de ellas volveremos más adelante; pero para cumplir los objetivos de este escrito, es ineludible recordar que, con vistas a lograr el apoyo a las acciones contra la Revolución Cubana por parte de todos los gobiernos civiles y militares entonces instalados al sur del Río Bravo y de la península de Florida, en la segunda semana de agosto de 1961, se había realizado en Punta del Este, Uruguay, una Conferencia del hasta entonces inoperante Consejo Económico y Social (CEIS) de la OEA dirigida a analizar el antes referido proyecto que, en los primeros meses de su mandato, había elaborado la administración de John F. Kennedy.

El Che encabezó la delegación cubana que asistió a ese evento y, como era su método de trabajo, antes de partir de La Habana el 2 de agosto, le solicitó al ministro de Relaciones Exteriores Raúl Roa y al comandante Manuel Piñeiro, jefe del entonces llamado Vice-Ministerio Técnico del Ministerio del Interior (VMT), que les actualizaran la situación entonces existente en América Latina y en algunos de los países del Caribe sometidos a la dominación colonial por Francia, Gran Bretaña y Holanda.

Ya estando en Uruguay, y después de haber sido recibido por “un mar de pueblo que le da una calurosa acogida” (Cupull y Gonzales, 1994, 203), sostuvo contactos bilaterales con el entonces Presidente del Consejo Nacional de Gobierno de ese país, Eduardo Haedo, así como con algunos de los integrantes de las demás delegaciones oficiales latinoamericanas asistentes a ese evento.

En el plenario de esa conferencia, el Che pronunció dos discursos en los que denunció que, la que había llamado “Alianza para el retroceso”, era el “vehículo destinado a separar al pueblo de Cuba de los otros pueblos de América”. También había sometido a una demoledora crítica los diversos documentos elaborados bajo la égida de los Departamentos de Comercio y del Tesoro de los Estados Unidos; contrastó los exiguos indicadores de crecimiento económico y social de esos países que se pretendían lograr con los 20 mil millones de dólares en una década prometidos por el antes mencionado Gobierno estadounidense con relación a los previstos en el primer plan cuatrienal (1962-1965) de desarrollo económico y social que, con su participación, se había estado elaborando en los meses previos (Rodriguez, 1990).

Después de rechazar esa propuesta estadounidense, el Che indicó que el Gobierno cubano se proponía mantener relaciones mutuamente respetuosas y sin inmiscuirse en sus asuntos internos con sus contrapartes latinoamericanas. Asimismo, afirmó: “luchamos por la independencia de los países, luchamos por la independencia de los territorios ocupados. Apoyamos a Panamá que tiene un pedazo de su territorio ocupado por los Estados Unidos. Llamamos Islas Malvinas, y no Falkland, a las del sur de Argentina, y llamamos Isa del Cisne a la que Estados Unidos arrebató a Honduras y desde donde nos está agrediendo por medios telegráficos y radiales”. Y había agregado (Guevara, 1970 [1961a], t. II, 457, énfasis propio):

Luchamos constantemente aquí, en América, por la independencia de las Guyanas y de las Antillas británicas, donde aceptamos el hecho de Belice independiente, porque Guatemala ya ha renunciado a la soberanía sobre ese pedazo de su territorio; y luchamos también en el África, en el Asia, en cualquier lugar del mundo donde el poderoso oprima al débil, para que el débil alcance su independencia, su autodeterminación y su derecho a dirigirse como Estado Soberano.

E inmediatamente después acentuó que Cuba, dentro de sus propias condiciones, quería mantenerse dentro de “la familia latinoamericana” y “verla crecer, si fuera posible, al mismo ritmo que estamos creciendo nosotros”. Y añadido (Guevara, 1970 [1961a], t. II, 457):

No podemos dejar de exportar ejemplo, como quieren los Estados Unidos, porque el ejemplo es algo espiritual que traspasa fronteras. Lo que sí damos la garantía de que no exportaremos revolución, damos la garantía de que no se moverá un fusil de Cuba, de que no se moverá ninguna arma de Cuba, para ir a luchar en ningún otro país de América. / Lo que no podemos asegurar es que la idea de Cuba deje de implantarse en algún otro país de América, y lo que aseguramos en esta Conferencia es que, si no se toman medidas urgentes de prevención social, el ejemplo de Cuba si prenderá en los pueblos.

Algunas de esas ideas las retomó en el discurso que pronunció el 16 de agosto. En este fundamentó las razones por las cuales la delegación cubana iba a abstenerse en la votación general de la llamada “Carta de Punta del Este”; resaltó su intención de “colaborar en el engrandecimiento del sistema interamericano, en base a una real independencia y amistad con los pueblos, y no en base a la dependencia de todos bajo la dirección de uno”. Y, acto seguido, se dedicó a responder la pregunta que se habían formulado varios delegados latinoamericanos: “Si fracasa la Alianza para el Progreso, ¿qué pasará?”. Luego de valorar diversas alternativas, el Che concluyó expresando que en casi todas ellas “estaban los gérmenes de una nueva guerra civil” y los peligros de “guerras intestinas, de las cuales Cuba manifiesta desde ahora que no será responsable” (Guevara, 1970 [1961a], t. II, 468).

Después de terminado ese evento, el 18 de agosto el Che pronunció una Conferencia en la Universidad Nacional de Montevideo. A pesar de los intentos para impedirla que realizaron las fuerzas políticas de la derecha de ese país, en la presidencia lo acompañó Salvador Allende, a quien le entregó un ejemplar de su libro La guerra de guerrillas, con la siguiente dedicatoria: “A Salvador Allende que por otros medios trata de obtener lo mismo”.

En ese evento participaron dirigentes y militantes de las organizaciones políticas uruguayas que, meses después, fundaron la coalición identificada como Frente de Izquierda de Liberación (FIDEL), en la que desempeñó un papel central el Partido Comunista de Uruguay (PCU), encabezado, desde 1955, por Rodney Arismendi; quien, en los años inmediatamente posteriores, mantuvo estrechas relaciones con la máxima dirección política-estatal de la Revolución Cubana, incluido el Che.

Aunque no he podido establecer el momento y el lugar en que lo hizo, según algunas fuentes confiables, fue durante su estancia en Montevideo que él afirmó: “Cuando los cristianos se incorporen a la Revolución latinoamericana esta será invencible; pero deben hacerlo sin pudor por sus ideas y sin el ánimo de evangelizar a los marxistas”.2

Después, en la tarde del 19 de agosto, viajó a Buenos Aires, donde sostuvo una conversación privada con su entonces presidente constitucional, Arturo Frondizi, y, en la noche de ese día llegó a Brasil, donde fue recibido y condecorado con la Orden Cruzeiro Do Sul por su entonces presidente Jânio Cuadros. Y, como era su costumbre, luego de su regreso a La Habana, el 23 de agosto, le informó al pueblo de Cuba los resultados de su participación en la antes mencionada reunión del CEIS de la OEA (Cupull y González, 1994, 206).

Las posiciones de Cuba en el MPNOAL y su apoyo a las luchas por la independencia de Argelia

Un mes después del regreso del Che a La Habana, el presidente de Cuba, Osvaldo Dorticós, había participado en la Primera Conferencia Cumbre del MPNOAL efectuada en Belgrado, la capital de la RFSY. En su intervención, luego de agradecer al pueblo de ese país y a su presidente Josip Broz Tito, la “cordial y fraternal acogida” que le habían dispensado, definió algunos de los principios que, en los años posteriores, guiaron la participación de Gobierno cubano en las labores de esa naciente organización internacional.

Así, diferenciando sus posiciones de las de otros Jefes de Estado y de Gobierno participantes en ese evento, indicó que la no pertenencia de sus Estados Miembros a “las alianzas militares concluidas dentro del contexto de los conflictos entre las grandes potencias” no podían implicar que estos no fueran “países comprometidos” con las luchas por la paz mundial, por el desarme general y completo, así como contra “el colonialismo en todas sus formas y manifestaciones”, el racismo, el neocolonialismo y las acciones al respecto emprendidas por las principales potencias imperialistas del mundo “cuyos nombres [...] no podrán ser silenciados [a] la hora de señalar[las] con nuestro índice acusador”. Y, luego de denunciar las agresiones de esas potencias contra diversos países africanos, asiáticos y latinoamericanos señaló (Dorticós, 2008 [1961], 436):

Para garantizar la paz es necesario, antes que nada, aceptar el principio de coexistencia pacífica entre los Estados con diferentes sistemas sociales y políticos. El principio de autodeterminación de los pueblos implica la facultad soberana de los mismos para decidir su propia estructura económica y social sin interferencias y sin agresiones ni intervenciones de otros países.

Por otra parte, luego de denunciar las agresiones de Estados Unidos contra Cuba, propugnó la necesidad de modificar la estructura de la Secretaría General de la ONU y definió la posición de su gobierno frente a los “problemas del desarrollo desigual del mundo”. A su decir, “la liquidación del desarrollo desigual solo podrá lograrse con la liquidación del colonialismo, del neocolonialismo y de la explotación imperialista”. Al respecto había afirmado (Dorticós, 2008 [1961], p. 440):

La causa del subdesarrollo es la sobrevivencia del imperialismo mundial. La penetración económica imperialista deforma las economías nacionales, convierte a los países atrasados en meros suministradores de materias primas a bajos precios, impide el progreso industrial, favorece la incultura y genera la miseria. / Por consiguiente, convengamos [...] que solo podemos combatir el desigual desarrollo económico de las naciones si combatimos al imperialismo y a los monopolios. Y si proclamamos el derecho de todos los pueblos a recobrar sus riquezas autóctonas y a emplear sus propios recursos en beneficio de sus respectivas economías.

Fue en esas circunstancias que el Che apoyó las decisiones que había adoptado Fidel de ofrecerle ayuda militar a las luchas por la independencia del colonialismo francés que se estaban desarrollando en Argelia, cuyo Gobierno en el exilio había sido reconocido por las autoridades político-estatales cubanas desde los primeros meses de 1961.

Con tal fin, en diciembre de ese año había zarpado de manera discreta desde La Habana el barco Bahía de Nipe, portando ayuda militar para el Frente de Liberación Nacional de Argelia: “1 500 rifles, más de 50 ametralladoras, cuatro morteros de 81 mm y una gran cantidad de rondas, todas de fabricación estadounidense”. Y, a su regreso, había transportado a La Habana “78 guerrilleros argelinos invitados por nuestro gobierno para descansar y recuperarse [y] 20 niños de campamentos de refugiados, la mayoría huérfanos” para que estudiaran y crecieran en Cuba y algún día [fueran] ciudadanos productivos en una Argelia Libre” (Gleijeses, 2002, 25 y 26).

Pocos meses después, el 3 de julio de 1962, el gobierno de la denominada Quinta República Francesa, presidido, desde 1958, por el general Charles de Gaulle, se había visto obligado a reconocer la independencia de Argelia. Y, el 26 de septiembre del primer año antes mencionado, la Asamblea Nacional de ese país eligió como Primer Ministro a uno de los fundadores del FLN, Ahmed Ben Bella; quien previamente había permanecido encarcelado en Francia.

El “manifiesto comunista” de la Revolución latinoamericana

Ese trascendente acontecimiento aún no había ocurrido, cuando a fines de enero de 1962 y bajo la presión del Gobierno de los Estados Unidos, se había efectuado en Punta del Este, Uruguay, la Octava Reunión de Consultas de Ministros de Relaciones Exteriores de la OEA.

A pesar de todas las acciones emprendidas por la delegación cubana, encabezada por Osvaldo Dorticós, en ese conclave se decidió “suspender” la participación del Gobierno de Cuba en todas las labores de esa organización, al igual que de la Junta Interamericana de Defensa (JID) y del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) que se había fundado en 1960. En respuesta, a propuesta de Fidel, mediante el voto directo y público de las cerca de las 2 millones personas concentradas en la Plaza de la Revolución José Martí aprobaron la “Segunda Declaración de La Habana”.

Luego de expresar que “la historia de Cuba” era parte de “la historia de América Latina” y esta “de la historia de Asia, África y Oceanía” y de “la historia de la explotación más despiadada y cruel del imperialismo en el mundo entero”, así como de criticar los conceptos del entonces llamado “marxismo-leninismo” previamente elaborados y difundidos por el Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) y por el llamado Movimiento Comunista, Obrero y de Liberación Nacional, esa declaración incluyó una relectura sintética de los principales hitos de la historia de la humanidad desde el mal llamado “descubrimiento de América” hasta el momento en que fue redactada. Y acto seguido señaló (AGNPC, 2009 [1962], 511):

Cuba y América Latina forman parte del mundo. Nuestros problemas forman parte de los problemas que se engendran de la crisis general del imperialismo y la lucha de los pueblos subyugados: el choque entre el mundo que nace y el mundo que muere. La odiosa y brutal campaña desatada contra nuestra Patria expresa el esfuerzo tan desesperado como inútil que los imperialistas hacen para evitar la liberación de los pueblos.

El apoyo del pueblo cubano a ese y otros contenidos de esa Declaración se demostró en el virtual referendo popular que, convocado y promovido por la Dirección Nacional de las todavía llamadas Organizaciones Revolucionarias Integradas (ORI), se desarrolló a lo largo y ancho del archipiélago cubano. Luego de cumplir las tareas que les correspondieron en la conducción de esa consulta popular en algunas provincias del país, el 18 de mayo de 1962, el Che pronunció una conferencia ante los miembros del Departamento de Seguridad del Estado (DSE) del Ministerio del Interior (MININT) de la República de Cuba.

Después de analizar detenidamente la desigual situación de las luchas populares, democráticas, anticoloniales y antiimperialistas que se estaban desplegando en diferentes países de América Latina y el Caribe, el Che había anticipado (Guevara, 1970 [1962], 504, énfasis propio):

La Segunda Declaración de La Habana tendrá una importancia grande en el desarrollo de los movimientos revolucionarios en América. Es un documento que llamará a las masas a la lucha, [...], guardando el respeto que [se] deben guardar [a] los grandes documentos, es como un manifiesto comunista de este Continente y esta época. Está basada en nuestra realidad y en el análisis marxista de toda la realidad de América.

Fue en ese contexto que, contando con el apoyo de la máxima dirección político-estatal de la Revolución Cubana, el Che emprendió su primer plan para incorporarse a la lucha armada revolucionaria en otros países de América Latina. Con ese fin, desde los primeros días de agosto de 1962 y bajo su supervisión personal, comenzó a desarrollarse una operación clandestina identificada con el apodo de Sombra. Su objetivo “era crear las condiciones mínimas necesarias para que, en el momento en que se considerara oportuno, el Che encabezara la lucha armada guerrillera rural en Argentina” (Carretero, 2013, 78).

Las primeras interrelaciones del Che con las autoridades de Argelia

No me detengo en los detalles de esa frustrada operación (en la que participaron varios combatientes internacionalistas cubanos estrechamente vinculados con el Che, uno de los cuales cayó combatiendo y otro fue capturado por las fuerzas militares argentinas); pero, cuando ese empeño estaba en ciernes, a mediados de octubre de 1962, visitó La Habana el entonces Primer Ministro de Argelia, Ahmed Ben Bella; con quien, como veremos después, el Che desarrolló estrechas relaciones en los años inmediatamente posteriores.

Sobre todo, porque él fue el primer alto dirigente de la Revolución Cubana que visitó ese país en julio de 1963 con vistas a participar en la celebración del Primer aniversario de su independencia. Entre otras actividades que no creo necesario mencionar, en esa ocasión él y Ben Bella se reunieron con los representantes de los Movimientos de Liberación Nacional (MLN) de diferentes países afro-asiáticos y, como veremos después, analizaron el apoyo que le podrían ofrecer las autoridades oficiales argelinas a las luchas revolucionarias que entonces se estaban desarrollando en América Latina (Ben Bella, 2014 [1997]).

Entre ellas, a las luchas guerrilleras urbanas y rurales que, desde 1961, habían comenzado a desarrollarse en Venezuela por las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional fundadas por el Partido Comunista de Venezuela (PCV). Uno de sus frentes guerrilleros había sido comandado por Argimiro Gabaldón; quien previamente había visitado Cuba y se había reunido con Fidel y con el Che.

Días después, en su doble condición de ministro de Industrias y de presidente de la Junta Central de Planificación, el Che ofreció una Conferencia en el Primer Seminario Internacional de Planificación organizado por el Instituto de Administración y Desarrollo Económico de Argelia.

Para los objetivos de este escrito no creo necesario referir los contenidos de esa conferencia; pero creo importante recordar que, según el testimonio de Ben Bella, él y el Che se reunieron para “analizar la solicitud que le había realizado el Comandante Fidel Castro de contribuir con el envío de armas para los movimientos de liberación nacional latinoamericanos [y] con la formación de cuadros militares para estos en Argelia”. Ambos consideraron que la distancia “no constituiría un obstáculo mayor, más bien lo contrario, podía jugar a favor del secreto que condicionaría el éxito mismo de una operación de esa importancia”. Y agregó (Ben Bella, 2014 [1997], 48, énfasis propio):

Mi respuesta fue evidentemente un “sí” espontáneo. Y muy pronto comenzó la instalación de las estructuras de acogida para los movimientos revolucionarios de América Latina, colocadas bajo el control directo de Che Guevara. Rápidamente los representantes de todos esos movimientos se trasladaron a Argel en los que yo me encontré con ellos varias veces en compañía del Che.

En consecuencia, él también aprovechó su visita a Argelia para reunirse con los representantes de los Movimientos de Liberación Nacional africanos acreditados en ese país. A esa reunión, celebrada en la Embajada cubana, asistió Ben Bella; quien estaba interesado en que el Che “conociera directamente por boca de sus propios representantes sus criterios sobre la ayuda material que esperaban de los argelinos” (de Urra, 2018, 89).

Cabe recordar que, en su vuelo de regreso a Cuba, había viajado una importante delegación militar argelina, encabezada por su entonces viceprimer ministro y jefe de las Fuerzas Armadas, Houari Boumédiên, con el objetivo de conocer la estructura de las Fuerzas Armadas Revolucionarias cubanas, su organización y armamento con vistas a la estructuración futura del nuevo ejército argelino.

Estas estaban en ciernes cuando, a fines de septiembre de 1963, las fuerzas militares de la monarquía instalada en Marruecos (encabezada, desde 1961, por Hassan II), sorpresivamente ocuparon los puestos fronterizos del suroeste de Argelia y, a mediados de octubre, comenzaron a avanzar aceleradamente hacia otras zonas de ese país apoyadas por un contingente de tanques que previamente habían adquirido en la Unión Soviética.

En esas circunstancias, a solicitud del Gobierno argelino, la dirección político-estatal de la Revolución Cubana le ofreció una importante ayuda militar en hombres y en armas para entrenar a las bisoñas fuerzas armadas argelinas y, si fuera necesario, enfrentar la ocupación de partes de su territorio por las fuerzas militares de Marruecos. Con tales fines fue enviado a Argelia, por vía área y marítima, el que se denominó Grupo Especial de Instrucción, conformado por “un batallón de tanques con 22 T-34; un grupo de artillería con 18 cañones de 122 mm, artillería antiaérea con 18 piezas, una batería de rifles sin retroceso de 57 mm y 668 combatientes internacionalistas cubanos (Gleijeses, 2002, 40).

Tal ayuda determinó que, en las negociaciones que se realizaron en Mali, a fines de 1963, entre los Gobiernos de Argelia y Marruecos, la monarquía instalada en este último país se comprometiera a retirar sus fuerzas militares y a respetar la integridad territorial de Argelia.

A las futuras interacciones del Che con las autoridades argelinas y malienses volveré más adelante; pero ahora creo necesario recordar que, a mediados de diciembre de ese año, había visitado Cuba una delegación del Frente para la Liberación de Vietnam del Sur con vistas a asistir a la primera semana de solidaridad con Vietnam que hasta entonces se había realizado en Cuba. Entre otras ideas que no creo necesarias mencionar en la clausura de esa jornada, el 20 de diciembre, el Che había indicado (Guevara, 1970 [1963], 31-32, énfasis propio):

Al acabar los festejos de esta semana de salutación por el tercer aniversario del Frente [de Liberación] saludamos al hermano pueblo de Vietnam del Sur como un hermano de lucha, como un compañero de ejemplo en estos momentos difíciles de la historia del mundo. Y más aún: como colegas nuestros, como soldados de avanzada en las primeras trincheras del proletariado mundial contra el imperialismo.

Por todas estas causas nosotros nos reunimos para saludar al pueblo vietnamita, estamos saludando a un verdadero hermano, estamos estrechando en nuestros brazos a hombres que en una lejana región del mundo están luchando por nuestra seguridad, y están luchando por los anhelos comunes que unen a los pueblos de los tres continentes oprimidos en este momento: Asia, África y nuestra América.

La segunda visita del Che a Argelia y su único discurso en la ONU

Pocas semanas después, entre el 14 y el 15 de abril de 1964, el Che realizó su segunda visita a Argelia. Según el antes mencionado diplomático cubano Darío De Urra, en esa ocasión, él y Ben Bella habían intercambiado criterios sobre el “acelerado ritmo de crecimiento” de las interrelaciones políticas y económicas entre ambos países. Asimismo, sobre “la situación del continente africano, el desarrollo del proceso independentista que allí tenía lugar y el curso de los acontecimientos tanto en los países independizados recientemente como en aquellos donde los movimientos de liberación nacional se aprestaban a incrementar la lucha guerrillera para obtener su definitiva independencia” (de Urra, 2018. 97).

Fue después de esa visita que el Che emprendió nuevos planes dirigidos a crear las condiciones para incorporarse a la lucha armada revolucionaria en alguno de los países suramericanos; ya que, en aquel momento, se conocía del total fracaso de su primer plan para incorporarse a la lucha armada revolucionaria en Argentina. No me detengo en las acciones que él emprendió con tal fin; pero, sin dudas, estas se aceleraron después de que, a instancias de los Estados Unidos, la OEA aprobó una resolución instando a todos los Gobiernos que aún no lo habían hecho a que rompieran sus relaciones diplomáticas, comerciales y consulares con Cuba.

En respuesta, el 26 de julio de ese año, el pueblo cubano había aprobado la Declaración de Santiago de Cuba. Esta fue calificada por Fidel como un “llamamiento de la Revolución Cubana a la Revolución Latinoamericana”; ya que advirtió que, “si no [cesaban] los ataques piratas que se realizan desde territorio norteamericano y otros países de la Cuenca del Caribe, así como el entrenamiento de mercenarios para realizar actos de sabotaje contra la Revolución Cubana [...], el pueblo de Cuba se considerará con igual derecho a ayudar con los recursos a su alcance a los movimientos revolucionarios en todos aquellos países que practiquen semejante intromisión en los asuntos internos de nuestra patria” (Castro, 2009 [1964], 120, énfasis propio).

Cabe destacar que, según las informaciones que he podido obtener de diferentes fuentes, en su condición de integrante de la máxima dirección del entonces llamado Partido Unido de la Revolución Socialista de Cuba (PURSC), el Che había respaldado esa declaración y, pocos meses después, había estado participando en los preparativos de la Primera Conferencia de los Partidos Comunistas de América Latina que se efectuó en La Habana en diciembre de ese año (Hoy, 2013 [1964], 133-140); pero el Che no pudo concurrir a la misma ya que, cuando se realizó, él estaba asistiendo, en representación de Cuba, a la XIX Asamblea General de la ONU.

El discurso que pronunció en ese foro el 11 de diciembre de 1964 lo comenzó saludando al presidente de esa Asamblea, el ghanés Alex Quaison-Sackey, e indicando que ya había sonado “la hora postrera del colonialismo” y que “millones de habitantes de África, Asia y América Latina” se levantaban “al encuentro de una nueva vida” e imponían “su irrestricto derecho a la autodeterminación y al desarrollo independiente de sus naciones”. Acto seguido, denunció que las principales potencias imperialistas querían convertir esa reunión “en un vano torneo oratorio en vez de resolver los graves problemas del mundo” y afirmó (Guevara, 1970 [1964], 541):

De todos los problemas candentes que deben tratarse en esta Asamblea uno de los que para nosotros tiene particular significación y cuya definición creemos que debe hacerse en forma que no deje dudas a nadie, es el de la coexistencia pacífica entre Estados de diferentes regímenes sociales. Mucho se ha avanzado en ese campo; pero el imperialismo –norteamericano sobre todo— ha pretendido hacer creer que la coexistencia pacífica es de uso exclusivo de las grandes potencias de la tierra.

Nosotros expresamos aquí lo mismo que nuestro Presidente [Osvaldo Dorticós] indicó en El Cairo y lo que después quedara plasmado en la declaración de la Segunda Conferencia de Jefes de Estado y de Gobierno de Países no Alineados: [...] “no puede haber coexistencia pacífica entre poderosos solamente, si se pretende asegurar la paz en el mundo. La coexistencia pacífica debe ejercitarse entre todos los Estados, independientemente de su tamaño, de las anteriores relaciones históricas que los ligara y de los problemas que se suscitaren entre algunos de ellos, en un momento dado”.

Sobre la base de esos conceptos denunció las agresiones que estaba realizando los Estados Unidos contra el Reino de Cambodia, contra el gobierno y las fuerzas patrióticas de la República Democrática y Popular Lao, contra la entonces llamada República Democrática de Vietnam y contra las luchas del pueblo de Vietnam de Sur. También puso en evidencia las acciones que estaba desplegando el gobierno turco y otros gobiernos integrantes de la Organización del Atlántico Norte (OTAN) contra el pueblo y el Gobierno de Chipre, entonces presidido por el Arzobispo de la Iglesia Ortodoxa Chipriota, Makarios III, integrante del Movimiento de Países No Alineados. Y, después agregó (Guevara, 1970 [1964], 544, énfasis propio):

Como marxistas, hemos mantenido que la coexistencia pacífica entre las naciones no engloba la coexistencia pacífica entre explotadores y explotados, entre opresores y oprimidos. Es, además, un principio proclamado en el seno de esta organización, el derecho a la plena independencia contra todas las formas de opresión colonial. Por eso, expresamos nuestra solidaridad hacia los pueblos, hoy coloniales, de la Guinea llamada portuguesa, de Angola y Mozambique, masacrados por el delito de demandar su libertad, y estamos dispuestos a ayudarlos en la medida de nuestras fuerzas.

Cabe recordar que su discurso provocó la réplica del representante de los Estados Unidos, Adlai Stevenson, así como de los de Costa Rica, Panamá, Colombia, Venezuela y Nicaragua. A este último, le ripostó (Guevara, 1970 [1964], 561-562, énfasis propio):

Efectivamente, puede ser que el acento que utilizara al hablar se escapara algo de la Argentina. He nacido en Argentina; no es un secreto para nadie. Soy cubano y también soy argentino y, si no se ofenden las ilustrísimas señorías de Latinoamérica, me siento tan patriota de Latinoamérica, de cualquier país de Latinoamérica, como el que más y, en el momento en que fuera necesario, estaría dispuesto a entregar mi vida por la liberación de cualquiera de los países de Latinoamérica, sin pedirle nada a nadie, sin exigir nada, sin explotar a nadie. Y en esa disposición de ánimo, no está solamente este representante transitorio ante esta Asamblea. El pueblo de Cuba entero está con esa disposición. El pueblo de Cuba entero vibra cada vez que se comete una injusticia, no solamente en América, sino en el mundo entero. Nosotros podemos decir lo que tantas veces hemos dicho del apotegma maravilloso de [José] Martí, “de que todo hombre verdadero debe sentir en la mejilla el golpe dado a cualquier mejilla de hombre”.

Los principales resultados del recorrido del Che por África subsahariana

Después de culminada su estancia en Nueva York (durante la que se reunió con los presidentes de las delegaciones de la Unión Soviética, de Bulgaria, de Hungría, de Mongolia, de Polonia, de Rumanía, de Checoslovaquia, de Ucrania y de Bielorrusia, así como ofreció algunas entrevistas de prensa), el Che inició su tercera visita a Argelia.

Llegó el 18 de diciembre y, luego de reunirse con sus máximas autoridades, así como de realizar las coordinaciones necesarias, una semana después viajó, en compañía del Embajador de Cuba en Argelia, Jorge Serguera, a la Republica de Mali, con la que el Gobierno cubano habían establecido relaciones diplomáticas poco más de tres meses después de la obtención de su independencia de Francia el 22 de septiembre de 1960.

Comoquiera que esa visita a Mali se prolongó hasta el 1 de enero de 1965, no me resulta posible referir todas las actividades que realizó durante esos días. Sin embargo, me parece imprescindible acentuar que en estas se puso de manifiesto la empatía del Che con el presidente Modibo Keita; quien había sido uno de los principales propugnadores del “socialismo africano” y de la fundación, en 1963, de la Organización de la Unidad Africana (OUA).

En consecuencia, se estrecharon las interrelaciones diplomáticas y comerciales entre ambos países, así como las interrelaciones entre el PURSC, el Partido de Reunificación Sudanesa, liderado por Idrissa Diarra, y el Partido PAI, encabezado por Mohammed Diop. De ahí que, al término de esa visita, se firmara un Comunicado Conjunto en el que, además del aprecio a las profundas transformaciones internas que se estaban produciendo en ambos países, “se manifestó la solidaridad de Mali y de Cuba con las luchas de los movimientos de liberación nacional de África y del sudeste asiático” (de Urra, 2018, 109).

Igualmente, se condenó “el [régimen del] apartheid que oprimía al pueblo sudafricano” y se reafirmó “la invitación que, a través del Che, el líder de la Revolución Cubana, Fidel Castro, le había realizado al presidente maliense para [que visitara] Cuba en la fecha que este deseara” (de Urra, 2018, 109).

Sobre esas bases, el Ministerio de Relaciones Exteriores de Mali contribuyó a concertar las visitas de la comitiva cubana a la República del Congo (también conocida como Congo Brazzaville), a la República de Guinea Bissau y a la República de Ghana; cuyos respectivos gobiernos habían establecido sus relaciones diplomáticas con Cuba en los años previos.

A la primera de ellas el Che arribó el primero de enero de 1965 acompañado por Jorge Serguera y, al otro día, fueron recibidos por el líder del Movimiento Nacional Revolucionario y presidente de ese país, Massemba Debat; quien, a mediados de 1963, había asumido el poder y proclamado “la vía socialista de desarrollo”.

Según el testimonio de Serguera, la conversación entre ambos “giró sobre temas políticos y económicos” y el mandatario congoleño “hizo hincapié en la necesidad de una embajada cubana en Brazzaville”. Igualmente, le trasladó su solicitud “de ayuda de especialistas militares cubanos para la preparación del ejército” y de las milicias populares que se estaban organizando en razón de las amenazas que significaba para su país su cercanía geográfica (solo separados por los 5 kilómetros del caudaloso río Congo) del llamado Congo Kinshasa, entonces gobernado por los autores intelectuales y materiales del asesinato, el 17 de enero de 1961, del líder y fundador de la República Democrática del Congo, Patricio Lumumba” (Serguera, 1997, 226).

A los resultados de la visita a la República del Congo (que se extendió hasta el 7 de enero) y a las respuestas positivas que se les ofreció a esas solicitudes volveré en otro acápite; pero ahora es necesario indicar que, al otro día de su conversación con Debat, el Che había visitado al máximo líder del Movimiento para la Liberación de Angola (MPLA), Agostinho Neto, y, pocas horas después, se había reunido con varios dirigentes nacionales de esa organización.

En esa ocasión, Neto le hizo una larga exposición de la situación existente en las luchas por la liberación de su país del dominio colonial portugués y, entre otros elementos que no creo necesario relatar, le manifestó su insatisfacción con los niveles de organización alcanzados por el MPLA, así como los obstáculos que les creaba el fortalecimiento de la represión desatada por las fuerzas militares portuguesas, por las diferencias étnicas y por los desiguales niveles económico-sociales de las diversas zonas y regiones de su extenso país.

Acto seguido le explicó al Che “el escenario de la región de Cabinda, donde en el aquel momento se llevaba a cabo la lucha armada de su movimiento”; pero que tenía “una peculiar situación geográfica” al estar alejada del territorio angolano y enclavada entre los territorios de los dos Congo (Brazzaville y Kinshasa). Por esa razón, Neto estimaba que, además de continuar desarrollando la lucha armada en esa zona, “se podría utilizar su escenario con la doble función de entrenar a sus fuerzas. Allí se formarían los cuadros [...] que posteriormente ingresarían al territorio angolano para emprender y desarrollar la lucha guerrillera” (de Urra, 2018, 121).

Adicionalmente, siempre según la versión de esa reunión sintetizada por Darío de Urra, le explicó al Che la importancia que le concedía a la participación del MPLA en conferencias y eventos políticos internacionales para dar a conocer los objetivos de su movimiento, la posición neutral que ellos mantenían en las diferencias chino-soviéticas, dejando entrever su simpatía por los soviéticos, y le solicitó la ayuda de Cuba en instructores militares, teniendo en cuenta la experiencia adquirida durante la guerra de guerrillas que había derrocado a la tiranía de Fulgencio Batista.

Después de esa entrevista, el Che también estableció contactos con otros MLN africanos que tenían representación en la República del Congo: el Movimiento de Liberación Nacional del Congo Kinshasa (encabezado por el ex ministro de Educación del defenestrado Gobierno de Patricio Lumumba, Pierre Mulele), la Unión de los Pueblos de Camerún, bajo la dirección de Woungly Massaga, y el Movimiento de Liberación Nacional de la dominación colonial española de Guinea Ecuatorial, capitaneado por Jesús Mba.

Por consiguiente, según Darío de Urra: “Che, sin minimizar la valiente lucha de las guerrillas del Partido Africano para la independencia de Guinea Bissau y Cabo Verde [PAIGC] y el prestigio que ese movimiento ya tenía en aquella época, se percató de la fuerza de los representados en Brazzaville: el Movimiento de Liberación Nacional del Congo Kinshasa y el Movimiento Popular para la Liberación de Angola. Salió convencido [...] de la necesidad de apoyar a esos dos partidos, dado que la liberación de sus territorios del colonialismo tendría una fuerza importante no solo en sus pueblos, sino para los demás Estados del continente y del mundo” (de Urra, 2018, 125-126).

Cabe recordar que, según indicó varios años después uno de los dirigentes del todavía llamado PURSC, Jorge Risquet, desde el avión ejecutivo de la Compañía Cubana de Aviación en que se estaba transportando, el Che le remitió un mensaje cifrado a la máxima dirección político-estatal cubana “proponiendo que se enviaran lo más rápidamente que resultara posible los instructores militares que les había solicitado el presidente Massemba Debat y que, a su vez, ofrecieran el entrenamiento en la guerra irregular que le había pedido la máxima dirección del MPLA” (Risquet, 2002, LXXIV).

A la manera en que se concretaron ambas propuestas volveré más adelante; pero ahora creo necesario indicar que, inmediatamente después de culminar su visita al antes mencionado Estado africano, el 7 de enero de 1965, el Che había viajado a la República de Guinea-Conakry; donde se reencontró con su presidente Sekou Touré, a quien, como ya se indicó, había conocido durante la vista que él había realizado a La Habana a fines de 1960.

En las declaraciones que le realizó a la prensa de ese país, El Che afirmó: “Yo vengo aquí, a esta tierra guineana, para aportar el apoyo del pueblo de Cuba a los militantes del Partido Democrático de Guinea [...] Es necesario que los pueblos africanos, asiáticos y latinoamericanos, conocerse mejor y unirse para atacar al imperialismo en todas sus formas. Con ese espíritu hemos emprendido este viaje por África [...] El pueblo de Guinea puede contar con Cuba entre sus mejores amigos” (Guevara, 1968 [1965], s/p, énfasis propio).

No tengo espacio para explicar el duradero significado que tuvo esa visita del Che a Guinea-Conakry en las interrelaciones bilaterales entre ambos países y en el apoyo político y militar que, varios años después, les ofreció a las luchas por la liberación de los territorios africanos colonizados por Portugal el liderazgo político-estatal de Cuba. Pero sí para recordar que, en esa ocasión, su presidente Sekou Touré y el Partido Democrático guineano respaldaron las gestiones que estaba realizando el Che con vistas a lograr que los Partidos gubernamentales y los Movimientos de Liberación Nacional integrantes de la OSPAA aprobaran la realización en La Habana de una Conferencia Tricontinental.

Fue durante estancia en Guinea que el Che se reunió con los principales dirigentes del PAIGC, Amílcar Cabral y Arístides Pereira. No me detengo en las circunstancias en que se produjo ese encuentro; pero –según el testimonio de este último— “el Che quedó impresionado con lo que escuchó [decir a Amílcar] en respuesta a sus inquietudes sobre las luchas de liberación de África, y particularmente de Guinea” (Pereira 1997, 27).

Según Darío de Urra, esa apreciación de los principales dirigentes del PAIGC, el Che las resumió “en [una] pequeña hoja de un cuaderno escolar”. En esta dejó indicado: “Visita a Amílcar Cabral [...]. Es un hombre joven, muy sencillo y simpático. Me explicó las características de la lucha y sus logros y posibilidades futuras. Pereira, su segundo, es como Cabral, muy modesto, son trabajadores y se meten en las zonas de combate”. También anotó las posibilidades de ayuda que Cuba podría ofrecerles: “entrenamiento de cuadros, armas pesadas, médicos, medicamentos, cigarros, tabacos y otras cosas por el estilo” (Guevara, 2018 [1965], 146).

Como se verá en otro acápite, esa valoración propició la ayuda política y militar que le ofreció Cuba en los años posteriores a las luchas de esa organización político-militar contra el régimen neofascista, proimperialista y colonialista instalado en Portugal, encabezado por António de Olivera Salazar desde 1932 hasta su derrocamiento por la llamada “Revolución de los claveles” que fue como se denominó al levantamiento militar que se produjo en ese país el 25 de abril de 1974.

Inmediatamente después de esa visita a Guinea, la delegación encabezada por el Che se trasladó a Ghana; donde fue espléndidamente atendida por los máximos dirigentes político-estatales de ese país, incluido su presidente Kwame Nkrumah; quien había sido y seguía siendo uno de los principales impulsores del panafricanismo y que, al igual que el presidente de Cuba, Osvaldo Dorticós, había participado en las dos Cumbres del MPNOAL que se había realizado en Yugoeslavia y en la RAU en 1961 y en 1964, respectivamente.

Según de Urra, en sus reuniones con Nkrumah y con algunos altos funcionarios de su gobierno, el Che profundizó “mucho más respecto al escenario de América Latina”, pues el mandatario ghanés no tenía dominio de la situación de ese continente, de los “errores que habían cometido sus movimientos guerrilleros y el balance de fuerzas” entonces existentes. También abordó la situación del Congo Leopoldville y del Congo Kinshasa, por lo que “Nkrumah le refirió la posición de su país y la ayuda que [les] habían otorgado a los nacionalistas africanos y a otros países independientes del continente” (de Urra, 2018, 161).

Cabe recordar que, durante su permanencia en Ghana, el Che le ofreció una conferencia a la Asociación Periodistas de ese país, así como una entrevista al corresponsal del periódico en francés La Estancel. En sus respuestas, él reiteró que el objetivo de su visita a África era estrechar los lazos de Cuba con los países revolucionarios del continente africano. Y, con la sinceridad que siempre lo caracterizó, aclaró (Guevara, 2015 [1965], 269, énfasis propio):

Hemos ratificado en varias oportunidades nuestra identificación con los países africanos progresistas, pero nuestro conocimiento de África es poco. Ahora conocemos más para darle al Partido [Unido de la Revolución Socialista de Cuba] una idea clara de los deseos y posibilidades de los países africanos, de una marcha común a través de los vínculos económicos entre nosotros.

Y agregó que el primer problema que compartían Cuba y África era “el imperialismo norteamericano. Eso puede definirlo todo. Hay otros problemas comunes, por ejemplo, en la cultura y la técnica. Estos deben desarrollarse teniendo en cuenta el pasado y las necesidades específicas, pero absorbiendo todo lo nuevo de los países más adelantados” (Guevara, 2015 [1965], 269).

La cuarta visita del Che a Argelia y sus contactos con otros Gobiernos y MLN africanos

De una u otra forma, esos conceptos fueron reiterados por el Che en su breve visita a Dahomey (actualmente nombrado República de Benín), después de la cual emprendió su cuarta visita a Argelia. Esta comenzó el 25 de enero de 1965 y, de manera imprevista, se extendió hasta el 30 de ese mes, ya que él recibió instrucciones de Fidel para que junto con otros dos dirigentes del PURSC, Osmany Cienfuegos y Emilio Aragonés, se trasladaran a la República Popular China para tratar de resolver los serios problemas que se estaban presentando en las relaciones políticas y económico-comerciales entre ambos países.

Para los fines de este artículo, no creo necesario señalar los escasos resultados que tuvo esa visita en la solución de las serias contradicciones que se estaban presentando en las interrelaciones de las autoridades político-estatales de la RPCh con las de Cuba. Por primera vez, estas habían sido señaladas por Fidel en el discurso que pronunció el 13 de marzo de 1965 en la Escalinata de la Universidad de La Habana. En este se había referido a las nefastas consecuencias que estaban teniendo el llamado “conflicto chino-soviético” en las luchas contra el imperialismo, el colonialismo y el neocolonialismo que se estaban desarrollando en diferentes regiones del llamado Tercer Mundo, incluida América Latina y el Caribe (Castro, 2013 [1965], 141-146).

A las posiciones al respecto asumidas por el Che frente a las nefastas consecuencias que estaba teniendo ese conflicto volveré en otro acápite de este escrito; pero, para retomar su orden cronológico, es ineludible indicar que, después de realizar una nueva escala en Argelia, la delegación que él encabezaba emprendió el que pudiera llamarse “su segundo recorrido por otros Estados africanos”.

Este se inició el 11 de febrero de 1965 por la entonces recién denominada República Unida de Tanzania, surgida como fruto de la unificación de Tanganica y Zanzíbar, después de que ambas habían obtenido su independencia y con la cual Cuba había establecido relaciones diplomáticas desde 1963. Un año después había sido nombrado como Embajador Pablo Rivalta, uno de los más destacados subordinados del Che durante la lucha contra la dictadura de Fulgencio Batista.

Según el testimonio que años más tarde Rivalta le ofreció al historiador y general de la reserva de las FAR cubanas, William Gálvez, cuando fue designado para el cumplimiento de esa tarea diplomática, Fidel y el Che le habían orientado “que estableciera relaciones muy íntimas con el gobierno de ese país y contactara con los representantes de los movimientos de liberación [africanos] que residían en Dar-Es-Salaam” (Rivalta, cit. en Gálvez, 1997, 46).

A decir de Rivalta, cumpliendo esas orientaciones, en la noche del mismo día que el Che llegó a esa ciudad lo llevó a una recepción que se estaba desarrollando en el Palacio Nacional. En esa ocasión el Che sostuvo una breve conversación con el presidente Julius Nyerere en la que le trasladó el apoyo de Cuba a Tanzania y le habló de la ayuda que las autoridades político-estatales cubanas estaban dispuestas a ofrecerles a los diferentes MLN africanos que tenían sus representaciones en ese país.

Como Nyerere estuvo de acuerdo, el Che le orientó a Rivalta que comenzara a organizar diferentes reuniones con esos movimientos. Según dejó consignado pocos años después el Che en su libro Pasajes de la guerra revolucionaria. Congo, que escribió entre los últimos días de 1965 y comienzos de 1966; pero que solo se publicó íntegramente 35 años después, con el primero que conversó fue con uno de los principales dirigentes del MLN del Congo [Kinshasa], Laurent Kabila. Este le produjo una “impresión excelente”. Entre otras razones porque su exposición “fue clara, concreta y firme”, así como porque “se daba perfecta cuenta de que el enemigo principal era el imperialismo norteamericano y se manifestaba dispuesto a luchar consecuentemente hasta el final contra él”. Y agregó (Guevara, 1997 [1966], 47):

Hablamos largamente con Kabila sobre lo que nuestro Gobierno consideraba una falla estratégica de algunos amigos africanos; frente a la manifiesta agresión de las potencias imperialistas se impulsaba la consigna: “El problema del Congo es un problema africano”, y se actuaba en consecuencia. Nuestro parecer era que el problema del Congo era un problema del Mundo y Kabila estuvo de acuerdo. Le ofrecí a nombre del Gobierno [cubano] unos 30 instructores y las armas que pudiéramos tener y aceptó encantado; recomendó premura en el envío de ambas cosas, lo que también me indicó [el otro dirigente de ese MLN, Gastón] Soumialot en otra conversación que sostuve con él días después. Este último recomendó la conveniencia de que los instructores fueran negros.

Después de esa reunión, por “un error del personal de la Embajada”, el Che sostuvo la que calificó como una “reunión tumultuaria” con “50 o más personas, representantes de Movimientos [de Liberación Nacional] de 10 o más países [africanos], cada uno dividido en dos o más tendencias”. Luego de escuchar sus pedidos “casi unánimes” de ayuda monetaria y de entrenamiento militar en Cuba, así como de explicarles las inconveniencias financieras y prácticas de esas solicitudes, les propuse que el entrenamiento se realizara “en el Congo cercano donde se luchaba, no contra un títere cualquiera como era [Moisés] Tshombe, sino contra el imperialismo norteamericano que, en su forma neocolonial, amenaza[ba] la recién adquirida independencia de casi todos los pueblos de África o ayuda[ba] a mantener subyugadas las colonias” (Guevara, 1997 [1966], 50). Asimismo, les trasladó sus criterios acerca de que “una victoria en las luchas por la liberación del Congo, tendría alcances y repercusiones continentales, y también una derrota”. Con la sinceridad que siempre lo caracterizó, en su libro antes referido, agregó (Guevara, 1997 [1966], 51):

La reacción fue más bien fría; aunque la mayoría se abstuvo de toda clase de comentarios, hubo quienes pidieron la palabra para reprocharme violentamente por ese consejo. Aducían que sus pueblos, maltratados y envilecidos por el imperialismo, iban a reclamar [que] si se producían víctimas que no lo serían de la opresión en [su] país, sino de una guerra por liberar otro Estado. Traté de hacerles ver que aquí no se trataba de lucha dentro de fronteras sino de una guerra contra el amo común, omnipresente tanto en Mozambique como en Malawi, Rhodesia o Sur África, el Congo o Angola, pero nadie lo entendió así.

Fría y cortésmente se despidieron y quedó claro en nosotros la impresión de lo mucho que tiene que caminar el África [para] alcanzar una verdadera madurez revolucionaria, pero nos [quedó] siempre la alegría de haber encontrado gentes dispuestas a seguir la lucha hasta el final. Desde ese momento, estaba planteada la tarea de seleccionar un grupo de cubanos negros, y enviarlos, voluntariamente por supuesto, a reforzar la lucha en el Congo.

Según Rivalta, con vistas a obtener las autorizaciones necesarias para ese empeño, el Che se reunió con Nyerere; quien estuvo de acuerdo con “permitir y proteger el paso de los [instructores] cubanos hacia el Congo”. En ese encuentro, él conoció a otros altos funcionarios del Gobierno tanzano. Y, para asegurar lo acordado, Nyerere lo autorizó a que lo visitara “cuando fuera necesario, pero de manera extraoficial” (Rivalta, cit. en Gálvez, 1997, 51).

Y, después, el Che se reunió de manera bilateral con dos de los principales dirigentes del Frente de Liberación de Mozambique (FRELIMO), Eduardo Mondlane y Marcelino dos Santos. Según este último, “esa reunión se hizo áspera y terminaron en desacuerdo” (dos Santos, cit. en Gleijeses, 2002, 91-92). No me detengo en sus causas; pero, como se verá más adelante, estas gravitaron de manera negativa en las interrelaciones de las autoridades político-estatales cubanas con ese MLN africano, a pesar de que algunos combatientes internacionalistas cubanos habían expresado de manera voluntaria su disposición de apoyar las luchas que estaba desplegando el FRELIMO.

A lo antes dicho volveré más adelante. Sin embargo, me parece imprescindible recordar que, cumpliendo orientaciones del comandante Manuel Piñeiro, el jefe de la Sección de América Latina del VMT del MININT, Juan Carretero, fue a llevarle al Che un “mensaje de Fidel con [las] informaciones que habíamos preparado en nuestro departamento sobre los diferentes frentes guerrilleros [entonces existentes] en América Latina. Además, tenía la orientación de informarle verbalmente sobre los pasos que íbamos dando en Bolivia en la preparación de cuadros del Partido Comunista que venían colaborando con nosotros desde las operaciones de Masetti en Argentina y del ELN en Perú” (Carretero, 2013, 81).

Aunque Carretero no indica cuáles fueron las instrucciones que le dio el Che, no existen dudas de que estas estuvieron vinculadas con los ya referidos planes que él había estado elaborando para incorporarse a las luchas guerrilleras rurales que se desarrollaran en Bolivia, en Argentina y/o Perú. En este último caso, el Che había venido interactuando con los dirigentes del Ejército de Liberación Nacional (ELN) y del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) que habían estado recibiendo entrenamiento militar en Cuba.

En esos intercambios había hecho todo lo que estuvo a su alcance para logar que ambas organizaciones coordinaran las acciones armadas que, de manera separada, había comenzado a desarrollar desde los primeros meses de 1965. Sin embargo, estas nunca lo lograron. No obstante, se mantuvieron los contactos con Cuba con el máximo dirigente del ELN, Juan Pablo Chang; ya que todos los principales dirigentes del MIR (entre ellos, Luis de la Puente Uceda) “habían muerto en combate a fines de 1965” (Bejar, 1969).

Después de culminada su visita a Tanzania, la delegación encabezada por el Che viajó a El Cairo, donde sostuvo un encuentro con el presidente de la RAU, Gamal Abdel Nasser, en el que, según algunas fuentes, “le dejó entrever que sería interesante entrar al Congo Leopoldville para apoyar al movimiento de liberación que allí se gestaba”; pero Nasser “no estuvo de acuerdo con esa idea” (de Urra, 2018, 196).

La última visita de El Che a Argelia y sus posiciones en un seminario de la OSPAA

A sus razones volveré en otro acápite; pero, para los fines de este escrito es importante recordar que, entre el 20 de febrero y el 3 de marzo de 1965, el Che había realizado su última visita a Argelia. Durante esta participó en la primera reunión que hasta ese momento se había realizado con los Embajadores y Encargados de Negocios de las 7 Misiones Diplomáticas que, en aquellos años, tenía Cuba en África y en el Medio Oriente.

No me detengo en las orientaciones que, según Darío de Urra, les entregó a esos funcionarios del MINREX; pero sí creo imprescindible referir las posiciones que el Che adoptó durante su participaron en calidad de observador en el Segundo Seminario de Solidaridad Afroasiática, auspiciado por la OSPAA como parte de sus preparativos para la Conferencia de esa organización pautada para efectuarse en Ghana a mediados de 1965.

En esta última, según lo previamente acordado, se iba a adoptar una decisión relativa a la posibilidad de que, como habían venido propugnando Fidel y el Che, se realizara en La Habana una Conferencia de Solidaridad de los Pueblos de África, Asia y América Latina. Por consiguiente, se incorporaron a la delegación cubana que participó en ese Seminario el ya mencionado secretario de Relaciones Internacional del PURSC, Osmany Cienfuegos, y el embajador de Cuba en Tanzania, Pablo Rivalta.

Para aquilatar la importancia de ese evento es imprescindible resaltar que en este habían participado los representantes de 73 Estados entonces independientes de África y Asia, así como de los 19 Movimientos de Liberación Nacional de esos dos continentes que tenían representantes en Argelia. Ante ellos, el 24 de febrero, el Che había pronunciado un contundente discurso en el que criticó la manera en que los Gobiernos de los países socialistas desarrollaban sus relaciones económico-comerciales con los países del Tercer mundo que habían ido obteniendo su independencia política y, a los Gobiernos de estos últimos, “por tratar [de] mantener un balance en sus interrelaciones con los de los países capitalistas desarrollados y con los del campo socialista” (Guevara, 2005 [1965], 275).

Para los propósitos de este escrito no creo necesario referir otros de los contenidos de su conferencia; pero sí me parece relevante indicar que las antes referidas posiciones planteadas por el Che eran compartidas por Fidel y por otros dirigentes políticos y estatales cubanos. Por consiguiente, él indicó que, frente a esos y otros peligros, “todos los países y los pueblos, conscientes de sus deberes” debían “tomar medidas concretas para que nuestra amistad se ligue en los dos planos, el económico y el político, que nunca pueden ir separados, formar un gran bloque compacto que a su vez ayude a nuevos países a liberarse no solo del poder político sino también del poder económico imperialista” (Guevara, 2005 [1965], 281).

Por consiguiente, apoyó “calurosamente” la proposición de Argelia de “institucionalizar” las interrelaciones entre los Gobiernos y los MLN que estaban participando en ese Seminario; pero agregó que “para que la unión [fuera] un instrumento de lucha contra el imperialismo” era preciso “el concurso de los pueblos latinoamericanos y la alianza con los países socialistas”. Asimismo, que debía “velarse por el carácter revolucionario de la unión, impidiendo el acceso a ella de gobiernos o movimientos [de liberación nacionales] que no [estuvieran] identificados con las aspiraciones de los pueblos y creando mecanismos que [permitieran] la separación de alguno que se separe, sea gobierno o movimiento popular” (Guevara, 2005 [1965], 282, énfasis propio).

Algunas de sus afirmaciones respecto a la manera inadecuada en que las autoridades de los países socialistas desarrollaban sus interrelaciones con las de los Estados afroasiáticos que ya habían obtenido su independencia de sus correspondientes metrópolis generaron algunas incomprensiones en Cuba y no fueron bien recibidas por la mayor parte de los gobiernos de los países socialistas europeos, incluida la URSS, ni por las autoridades político-estatales de la RPCh.

Sin embargo, la ética que debía gobernar las interrelaciones políticas, económicas e incluso militares entre Cuba y los Gobiernos de los países del llamado Tercer Mundo que estaban emprendiendo su liberación nacional y social se mantuvieron incorporadas a los principios de la política exterior desplegada por los órganos competentes del Estado y del Gobierno cubano en las décadas posteriores.

Por mucho que había indagado en diferentes fuentes, no había podido encontrar suficientes informaciones con relación a todas las actividades que realizó el Che después de culminado el seminario antes referido hasta que, a comienzos de marzo de 1965, emprendió su tercera y última visita a la RAU. Sin embargo, según el testimonio que me entregó el entonces funcionario de la Embajada de Cuba en Argelia, Oscar Oramas, cuando leyó la primera versión de este escrito, en los días posteriores el Che continuó reuniéndose con los delegados afroasiáticos, con el Embajador Cubano y con el presidente Ben Bella; en los cuales ambos hablaron sobre su colaboración con la guerrilla congolesa.

Días después, el Che se trasladó a la RAU, en la que permaneció entre el 2 y el 12 de marzo. En esa visita, lo acompañó el ya mencionado secretario de Relaciones Internacionales del PURSC, Osmany Cienfuegos; quien, como ya se indicó, estaba implicado en las gestiones que, desde los años anteriores, el Che había estado realizando con vistas a lograr que se efectuara en Cuba una Conferencia en la que participaran los representantes de algunos partidos gubernamentales afroasiáticos y de los MLN de África y Asia, así como los Partidos de izquierda y las Organizaciones político-militares entonces existentes en América Latina y el Caribe.

No me detengo en las diversas actividades que el Che desarrolló en esos días en los que se entrevistó con varios altos dirigentes político-estatales de la RAU, incluido su máximo líder Gamal Abdel Nasser. Según las memorias publicadas en México en 1972 por uno de sus más cercanos colaboradores, Mohamed Heikal, “varias veces por las noches Nasser y Che” intercambiaron “parlamentos en la casa presidencial, de los que surgían coincidencias y divergencias” relacionadas con los criterios de el Che “acerca de la ayuda que Cuba se proponía ofrecer a los Movimientos de Liberación Nacional africanos y, en particular, a los del Congo Kinshasa”; ya que Nasser consideraba que “había que apoyar a los movimientos de liberación nacional africanos en lucha –como hacía su gobierno–, pero no coincidía con el criterio del Che de que Cuba enviase hombres a pelear en el Congo” para evitar que, a la larga, “acusaran a Cuba de injerencista” (Heikal, 1972, 212).

Aunque no dispongo de otras informaciones que me permitan calibrar la autenticidad de lo antes dicho, lo que sí está documentado es que el Che y la delegación que lo acompañaba, después de su visita a la RAU, emprendió su regreso a Cuba. Luego de una extensa “escala técnica” en Gander, Canadá (a causa de una rotura del avión en que viajaban), él y Osmany llegaron a La Habana el domingo 14 de marzo.

Fueron a recibirlos al aeropuerto Fidel, el presidente Osvaldo Dorticós, los integrantes de la máxima dirección del PURSC Carlos Rafael Rodríguez y Emilio Aragonés, el vice primer ministro del Ministerio de Industrias, Orlando Borrego, y otros altos funcionarios de ese organismo, así como su esposa Aleida March y la hija mayor del Che, Hilda Guevara Gadea. Y, después, según me indicó Aleida años más tarde, Fidel, Dorticós y otros compañeros fueron para su casa para intercambiar criterios con el Che sobre los resultados de las importantes tareas que había cumplido a lo largo de su extensa gira por los 7 Estados africanos y por los dos Estados árabes mencionados en las páginas anteriores.

A las decisiones que adoptó la máxima dirección político-estatal cubana con relación a sus principales propuestas volveré en otro acápite; pero ahora creo imprescindible recordar que, mientras estaba realizado su recorrido por los países africanos y por los Estados árabes antes mencionados, el Che le había dedicado parte de su tiempo a la redacción de su célebre ensayo “El socialismo y el hombre en Cuba”, que fue publicado por el semanario Marcha de Montevideo, Uruguay, días antes de su regreso a La Habana (Guevara, 2005 [1965a], 224-239).

No me es posible detenerme en los multifacéticos contenidos de ese opúsculo en el que, en mi opinión, sintetizó sus principales conceptos sobre las múltiples tareas que, en el futuro previsible, tendría que emprender la Revolución Cubana para que, mediante sus sistemáticas críticas y autocriticas, así como de las estrechas interrelaciones entre sus dirigentes y las masas, se pudiera avanzar constantemente en la que pudiéramos llamar “construcción simultanea del socialismo y el comunismo”.

Para él, uno de los componentes centrales de ese largo y complejo proceso tenía que estar íntimamente vinculado con lo que llamó “amor a la humanidad viviente” que se transformara “en hechos concretos, en actos que [sirvieran] de ejemplo [y] de movilización”, ya que (Guevara, 2005 [1965a], 238, énfasis propio):

El revolucionario, motor ideológico de la Revolución dentro su partido, se consume en esa actividad ininterrumpida que no tiene más fin que la muerte, a menos que la construcción [del socialismo] se logre a escala mundial. Si su afán de revolucionario se embota cuando las tareas más apremiantes se ven realizadas a escala local y se olvida del internacionalismo proletario, la revolución que dirige deja de ser una fuerza impulsora y se sume en una cómoda modorra, aprovechada por nuestros enemigos irreconciliables, el imperialismo, que gana terreno. El internacionalismo proletario es un deber pero también una necesidad revolucionaria.

Comoquiera que esos conceptos eran compartidos por la máxima dirección político-estatal de la Revolución Cubana y por un número creciente de ciudadanas y ciudadanos de ese archipiélago, inmediatamente después de su regreso a Cuba, Fidel pudo informarle al Che que, desde fines de enero de 1965, ya se habían comenzado a organizar las acciones necesarias para garantizar que rápidamente se pudieran llevar a la práctica todas las propuestas de ayuda militar a los Gobiernos y a los MLN africanos que él había propuesto durante sus antes mencionadas visitas a la República del Congo, a la República de Guinea-Conakry y a Tanzania. Y, en particular, la preparación militar de un contingente de aproximadamente 500 combatientes internacionalistas cubanos de piel negra que, de manera voluntaria, habían expresado su disposición de cumplir las misiones que se les encomendaran.

Según le indicó Fidel varios años más tarde al periodista italiano Gianni Miná, fue en esa ocasión que le sugirió al Che que, “mientras se crearan las condiciones para que él pudiera cumplir su propósito de incorporarse a la lucha armada guerrillera en algún país suramericano, comandara al grupo de combatientes internacionalistas cubanos que iba a ofrecerle entrenamiento militar a las fuerzas guerrilleras del Movimiento de Liberación Nacional del Congo Kinshasa que estaban combatiendo en zona oriental de ese país” (Castro, F., 1987, 323-324).

La carta de despedida del pueblo cubano y la epopeya africana del Che

Como ya se sabe, el Che aceptó inmediatamente esa sugerencia. Y, por tanto, en los días inmediatamente posteriores, aduciendo que se iba a incorporar de manera voluntaria a la zafra azucarera, se fue despidiendo de los principales dirigentes del Ministerio de Industrias y de otros compañeros cubanos (incluido el Canciller de la Dignidad, Raúl Roa García) hasta que se crearon todas las condiciones que hicieron posible su traslado clandestino hasta Tanzania en compañía del oficial del VMT del Minint, José María Martínez Tamayo (Papi) y del comandante de las FAR Víctor Dreke; quien, antes de salir de La Habana, le había explicado todos los detalles acerca de cómo se habían entrenado los integrantes de la columna que él había estado dirigiendo desde los primeros días de febrero de ese año (Dreke cit. en Gálvez, 1997, 61-62).

Fue después de esa conversación que Dreke vio al Che escribiendo la que, meses más tarde, el 3 de octubre de 1965, (fecha en que el PURSC pasó a denominarse Partido Comunista de Cuba), supo que era su carta de despedida de Fidel; en la que, además de formalizar su renuncia a todos los cargos que ostentaba en el Partido y el Gobierno, así como a su condición de ciudadano cubano, le indicó (Guevara, 2005 [1965b], 698):

Otras tierras del mundo reclaman el concurso de mis modestos esfuerzos. Yo puedo hacer lo que te está negado por tu responsabilidad al frente de Cuba y llegó la hora se separarnos. / Sépase que lo hago con una mezcla de alegría y dolor, aquí dejo lo más puro de mis esperanzas de constructor y lo más querido entre mis seres queridos... y dejo un pueblo que me admitió como un hijo; eso lacera una parte de mi espíritu. En los nuevos campos de batalla llevaré la fe que me inculcaste, el espíritu revolucionario de mi pueblo, la sensación de cumplir con el más sagrado de los deberes: luchar contra el imperialismo donde quiera que esté; esto reconforta y cura con creces cualquier desgarradura.

Digo una vez más que libero a Cuba de cualquier responsabilidad, salvo la que emane de su ejemplo. Que si me llega la hora definitiva bajo otros cielos, mi último pensamiento será para este pueblo y especialmente para ti. Que te doy las gracias por tus enseñanzas y tu ejemplo al que trataré de ser fiel hasta las últimas consecuencias de mis actos. Que he estado identificado siempre con la política exterior de nuestra Revolución y lo sigo estando. Que en dondequiera que me pare sentiré la responsabilidad de ser revolucionario cubano. Y como tal actuaré. Que no dejo a mis hijos y mi mujer nada material y no me apena: me alegra que así sea. Que no pido nada para ellos pues el Estado les dará lo suficiente para vivir y educarse.

Tendría muchas cosas que decirte a ti y a nuestro pueblo, pero siento que son innecesarias, las palabras no pueden expresar lo que yo quisiera, y no vale la pena emborronar cuartillas.

Hasta la victoria siempre. ¡Patria o Muerte!

Como ya se sabe, varios meses antes de que se difundiera a esa carta, el Che, Dreke y Martínez Tamayo habían llegado a Tanzania el 5 de abril de 1965 y, 15 días después, en compañía de una decena de combatientes internacionalistas cubanos, habían ingresado clandestinamente a la zona suroriental del extenso territorio del Congo Kinshasa.

No me detengo en los sinsabores que ellos –junto a los otros 120 combatientes internacionalistas cubanos que fueron llegando en los meses posteriores— tuvieron que vivir a causa de la desidia de los principales dirigentes del Movimiento de Liberación de ese país africano. Estas fueron narradas por el Che con lujo de detalles en su ya referido libro titulado Pasajes de la Guerra Revolucionaria. El Congo, en el que también detalló las situaciones en que habían muerto seis de esos combatientes cubanos.

En ese libro también narró las circunstancias que, a pesar de sus reticencias iniciales a las sugerencias que previamente les había enviado Fidel, lo llevaron a tomar la decisión de salir del Congo el 21 de noviembre de 1965 con los demás combatientes internacionalistas cubanos; incluidos los ya integrantes del Comité Central del PCC: los comandantes Víctor Dreke y Oscar Fernández Mell, así como el capitán Emilio Aragonés; quien, como ya se indicó, previamente había sido el Secretario de Organización del PURSC.

Sin embargo, creo imprescindible recordar que, cuando el Che todavía estaba combatiendo en el Congo, a fines de abril de ese año, había zarpado de la Bahía de La Habana el buque mercante Uvero que dejó las armas y otros enseres que les había solicitado al Che el líder del PAIGC, Amílcar Cabral, en la referida entrevista que habían sostenido en la República Democrática de Guinea. A su vez, solo se desembarcaron en Tanzania las armas destinadas a apoyar al FRELIMO porque su máxima dirección no había aceptado el grupo de combatientes internacionalistas cubanos dispuestos a combatir en Mozambique. Como solo aceptaron a un médico cubano, estos se incorporaron a la llamada “Columna 1” encabezada por el Che.

Asimismo, se habían trasladado por vía aérea al Congo Brazzaville 8 internacionalistas cubanos con el propósito de entrenar, como Neto le había solicitado al Che en la mencionada reunión que habían sostenido meses antes, a las fuerzas guerrilleras del MPLA dislocadas en Cabinda y, de manera simultánea, por vía aérea y marítima habían llegado al Congo Brazzaville los 250 oficiales y combatientes cubanos integrantes de la que se identificó como “Columna II” denominada “Patricio Lumumba”.

Estos –encabezados por el comandante de las FAR Rolando Kindelán— tenían el propósito de garantizar la integridad territorial de ese país, disuadir un posible golpe de Estado contra su presidente Massemba Debat, entrenar a las milicias populares que se habían venido formando en ese país y, si fuera posible, apoyar a las tropas del MLN del Congo Kinshasa que, bajo la dirección de Pierre Mulele, presuntamente estaban combatiendo en la zona fronteriza entre ambos países. Asimismo, servir “de reserva” de la Columna I, comandada por el Che.

Para garantizar el cumplimiento de todas estas misiones, Fidel había designado al excapitán del ER e integrante de la Dirección Nacional del todavía denominado PURSC, Jorge Risquet Valdés. Según el testimonio que, años más tarde, le ofreció a William Gálvez, cuando llegó el 21 de agosto [de 1965] a bordo del barco soviético Dzerzhinskii al puerto de Punta Negra, lo habían recibido Osmany Cienfuegos y el recién nombrado embajador residente en el Congo Brazzaville, Jorge (Papito) Serguera; quien, como se ha visto en las páginas anteriores, había acompañado a el Che en su recorrido por varios Estados africanos y había sido el Embajador de Cuba en Argelia hasta el golpe de Estado que, encabezado por su hasta entonces viceprimer Ministro y Jefe de las Fuerzas Armadas, Houari Boumédiên, derrocó a Ben Bella el 19 de junio de 1965.

La primera y única Conferencia Tricontinental y la fundación de la OSPAAAL y de la OLAS

No creo necesario detenerme en la dura crítica pública que le realizó Fidel a esa manera de solucionar las contradicciones existentes en el seno de la dirección político-estatal de Argelia; pero, para los objetivos de este escrito, es imprescindible recordar que, cuando el Che aún estaba clandestinamente en la Embajada de Cuba en Tanzania, se había realizado en La Habana, entre el 3 y el 15 de enero de 1966, la que pasó a la historia como la primera (y, a la postre, única) Conferencia Tricontinental.

Según los documentos de esa conferencia que tuve la oportunidad de revisar durante varias semanas durante el año 2011, en esta habían participado 150 delegados de 28 países de África; 197 de 27 países de Asia y 165 de 27 diversas organizaciones populares y revolucionarias de América Latina y el Caribe. Además, 24 observadores de diferentes organizaciones internacionales afroasiáticas, 20 de los Estados socialistas europeos y asiáticos, así como 27 invitados cubanos y 50 invitados extranjeros. Entre ellos, Stokely Carmichael, primer ministro honorario de la organización Panteras Negras que estaba luchando contra la discriminación racial todavía existente en los Estados Unidos.

No tengo espacio para referir todos los acuerdos de las diferentes comisiones que funcionaron en ese evento (cuya presidencia estuvo a cargo del Canciller de la Dignidad, Raúl Roa), ni los contenidos del discurso inaugural que pronunció el Presidente de Cuba, Osvaldo Dorticós. Tampoco para referirme a la Declaración Final, al llamamiento aprobado por las delegaciones asistentes a ese evento, ni a todos los contenidos del extenso discurso de clausura de esa conferencia pronunciado por Fidel el 15 de enero de 1966.

Sin embargo es ineludible recordar que en este él había calificado los resultados de esa Conferencia como “una gran victoria del movimiento revolucionario”, ya que era la “primera vez en la historia que había tenido lugar una reunión de tal magnitud, en que las representaciones revolucionarias de 82 pueblos de los tres continentes” que tenían “una común posición antiimperialista” y que “representaban las luchas de sus pueblos, desde distintas ideas o posiciones filosóficas, o desde distintas creencias religiosas, representativas en muchas ocasiones de distintas ideologías, pero que tienen algo de común [...] que es la lucha contra el imperialismo, la lucha contra el colonialismo y el neocolonialismo, la lucha contra el racismo y, en fin, todos esos fenómenos que son la expresión contemporánea de lo que debemos llamar imperialismo, cuyo centro, cuyo eje, cuyo soporte principal es el imperialismo yanqui”. Y agregó (Castro, 2015 [1966]: 28):

Entendemos que esta conferencia ocupará incuestionablemente un lugar en la historia de la lucha de los pueblos por su liberación, en la historia del movimiento revolucionario. Entendemos, igualmente, que las vinculaciones establecidas, los nexos que se han creado entre todos los movimientos que en el mundo luchan contra el imperialismo y los organismos que se han creado [en esta conferencia], jugarán un papel incuestionable en el apoyo, en la solidaridad y en el incremento de la lucha revolucionaria.

Hemos tenido la oportunidad de conocer más profundamente, más detenidamente el pensamiento y la situación concreta de cada uno de los movimientos que luchan por su liberación en estos momentos. Hemos tenido la oportunidad de conocer la situación concreta de cada uno de los pueblos que luchan y, sobre todo, hemos tenido la oportunidad de ver cómo se acrecienta la solidaridad de los pueblos entre sí, como crece la fuerza del movimiento revolucionario a escala mundial, y cómo crece y cómo podrá crecer en los tiempos venideros la ayuda a cada uno de los pueblos que luchan, la ayuda –a una escala y nivel que no conoció nunca antes la humanidad— de los pueblos unos a otros. Y como, a pesar del poderío militar y técnico de los imperialistas, será incuestionablemente más poderosa la fuerza unida de los pueblos revolucionarios.

Asimismo, después de denunciar las diferentes calumnias que habían estado difundiendo diversos voceros de la IV Internacional Trotskista acerca de las presuntas contradicciones existentes entre el Che y la máxima dirección del PCC, así como sobre la supuesta inacción de Cuba frente a la ocupación militar de Estados Unidos de la Republica Dominicana que se había producido desde fines de abril de 1965, afirmó (Castro, 2015 [1966]: 30, énfasis propio):

Nuestro país es un país pequeño, nuestro territorio puede ser, incluso parcialmente ocupado por el enemigo, pero eso no querría decir jamás cese nuestra resistencia; pero el mundo es grande y los imperialistas están en todas partes, ¡y para los revolucionarios cubanos el campo de batalla contra el imperialismo abarca todo el mundo! Sin alardes, sin inmodestias de ningún tipo, así entendemos los revolucionarios cubanos nuestro deber internacionalista; así entiende nuestro pueblo sus deberes, porque entiende que el enemigo es uno, el mismo que nos ataca a nosotros en nuestras costas y en nuestras tierras, el mismo que ataca a los demás. ¡Y por eso decimos y proclamamos que con combatientes cubanos podrá contar el movimiento revolucionario en cualquier rincón de la Tierra!

Sobre la base de esos conceptos al otro día, los 167 integrantes de todas las delegaciones latinoamericanas y caribeñas acreditadas en ese evento (incluida una amplia representación de la máxima dirección del PCC y del Gobierno cubano, encabezada por Fidel) fundaron la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS) y acordaron que su Primera Conferencia se realizara en La Habana en 1967.

En las palabras de su Acta Constitutiva, la fundación de ese “organismo continental” estuvo determinada por “la necesidad impuesta por las actuales condiciones de lucha en América Latina y la conducta agresiva del imperialismo, así como también por el deber de extender una solidaridad activa y vertebrada a los movimientos de liberación de los otros dos continentes” (OLAS, 1967 [1966], 1/E, énfasis propio).

Con tal fin, al igual que con el propósito de lograr “la integración del movimiento liberador en el hemisferio”, su “unidad en cada uno de los países”, así como de apoyar con todos los medios a su alcance a los países liberados de los tres continentes que sean objeto de agresión por el imperialismo” y de desarrollar “una campaña constante contra la creciente agresión del imperialismo yanqui y su propaganda falsa, cínica e hipócrita dirigida a encubrir sus acciones vandálicas en el continente” (OLAS, 1967 [1966], énfasis propio).

Con tales fines se eligió un Comité Organizador, integrado por representantes de las organizaciones revolucionarias de Brasil, Cuba, Colombia, Guatemala, México, Perú, Uruguay y de la todavía denominada Guayana Británica. A estos se le encargó la tarea de orientar los trabajos de la nueva organización en cooperación con los Comités Nacionales de cada país que representaran los sectores antiimperialistas más activos y de más profundas y extensas raíces populares y tendría, como función adicional, la organización de la Primera Conferencia de Solidaridad de los Pueblos de América Latina.

A algunos de los pormenores de esa Conferencia volveré en el próximo acápite; pero ahora considero imprescindible recordar que, inmediatamente después de fundadas la OSPAAAL y la OLAS, Fidel le orientó al entonces jefe de la Sección de América Latina del VMT del MININT, Juan Carretero, que viajara a Tanzania para actualizarle al Che la situación existente en las luchas populares y revolucionarias que se estaban desarrollando en algunos países de América Latina y las acciones que ya se habían emprendido para ir creando las condiciones que le posibilitaran iniciar su proyecto de incorporarse a las luchas populares que se estaban desarrollando en Bolivia contra la dictadura militar encabezada, desde el 5 de noviembre de 1964, por el general René Barrientos Ortuño.

Según el testimonio que Carretero publicó varios años después, en esa ocasión él viajó a Tanzania junto con la compañera y esposa del Che, Aleida March (debidamente camuflada para que no fuera reconocida) para trasmitirle la propuesta de Fidel “de que viajara [clandestinamente a] Cuba”; ya que, desde allí, “podía tener más seguridad, podía actuar con mayor libertad (...) y podría entrenar a los compañeros cubanos que él seleccionara para que [fueran] con él a Bolivia”; pero, de inmediato, no logró convencerlo. (Carretero, 2013, 84).

No obstante, el Che aceptó “la opción intermedia” que le había planteado Fidel: radicarse clandestinamente en Checoslovaquia y, desde allí, emprender las acciones para crear las condiciones mínimas necesarias para ingresar clandestinamente al territorio boliviano. Acompañado por el ya mencionado oficial del VMT, Ulises Estrada (quien previamente había estado en Tanzania supervisando el nuevo enmascaramiento que se le había hecho al Che y, luego que Fidel lo había aprobado, había retornado para comunicárselo), llegó clandestinamente a Praga en los primeros días de febrero de 1966 y, desde allí, comenzó a revisar todo lo que previamente se había estado haciendo “en materia organizativa” para garantizar su llegada a Bolivia.

Como ya se sabe, después de leer una larga carta personal que le había enviado Fidel explicándole las razones que lo habían llevado a reiterarle las inconveniencias de que permaneciera en Checoslovaquia y las ventajas de que viajara clandestinamente a Cuba (Castro, F., 2013 [1966], 92-96), el Che aceptó regresar a La Habana.

Como ha documentado con lujo de detalles el historiador y general de la reserva de las Fuerzas Revolucionarias cubanas William Gálvez en su libro El guerrillero heroico: Che en Bolivia, publicado en el año 2004 por la Editorial de Ciencias Sociales de La Habana, Cuba, el Che llegó enmascarado La Habana, procedente de Praga, el 23 de julio de 1966 y, antes de salir clandestinamente de Cuba, a fines de octubre de ese año, sostuvo innumerables conversaciones con Fidel y con otros altos dirigentes de la Revolución Cubana; seleccionó y entrenó personalmente a casi todos los 16 combatientes internacionalistas cubanos que, de manera escalonada, comenzaron a llegar clandestinamente a Bolivia durante los últimos meses de ese año y en los primeros meses de 1967.

Algunas de las acciones internacionalistas emprendidas por Cuba después de la fundación de la OSPAAAL y de la OLAS.

Al desafortunado desenlace de esa odisea volveré brevemente en el último acápite de este escrito; pero ahora creo necesario recordar que, atendiendo las antes mencionadas solicitudes que les había realizado al Che el líder del PAIGC, Amílcar Cabral, así como a las conversaciones que, inmediatamente después de terminada la conferencia Tricontinental, había sostenido con Fidel, él tomó la decisión de que viajara a Guinea Conakry el entonces funcionario del MINREX Oscar Oramas; quien, previamente había cumplido diferentes tareas orientadas por el Che durante sus antes mencionadas visitas a Argelia y formado parte de la delegación cubana a la Conferencia Tricontinental.

Según el testimonio que varios años más tarde Oramas le entregó al destacado investigador ítalo estadounidense Piero Gleijeses, él llegó a Conakry en marzo de 1966 con un mensaje de Fidel en el que le “informaba a Touré que Cuba había decidido darle al PAIGC una importante ayuda y deseaba su visto bueno” (Oramas, cit. en Gleijeses, 2002, 211). Como Touré había estado totalmente de acuerdo, el 29 de abril de 1966, Oramas presentó sus cartas credenciales como Embajador de Cuba en la República de Guinea. Y, pocas semanas después, “el 6 de junio llegaron por vía marítima a Conakry 31 voluntarios cubanos: 11 especialistas en artillería, ocho choferes, diez médicos –siete cirujanos y tres clínicos— y un oficial de la [Dirección de] Inteligencia de Cuba [...] que dirigía el Grupo” (Gleijeses, 2002, 212).

Por consiguiente, en los meses inmediatamente posteriores se instaló en Conakry una Misión Militar Cubana con el doble propósito de entrenar a las milicias populares que se estaban formando en ese país con vistas a enfrentar, junto a sus fuerzas militares, las agresiones que pudieran emprender las poderosas fuerzas armadas portuguesas acantonadas en Guinea-Bissau, así como de respaldar las luchas por la liberación nacional que, con éxitos variables, había estado desplegando el PAIGC desde su fundación en 1963.

Durante cerca de dos años, esa Misión Militar fue encabezada por el miembro del CC del PCC y comandante de las FAR, Víctor Dreke; quien, como ya se indicó, previamente, había sido el segundo jefe de la columna encabezada por el Che que había estado combatiendo en Congo Kinshasa. En las acciones de solidaridad con el PAIGC participaron 60 internacionalistas cubanos. Entre ellos, 10 médicos con la misión de atender, tanto a los combatientes y a la población civil de las zonas liberadas por el PAIGC, así como a la población de Guinea Conakry (Oramas, cit. en Gleijeses, 2002, 213- 214).

Poco días después de la antes mencionada visita de Oramas a Guinea Conakry, en abril de 1966 había llegado a La Habana el exdirigente del Partido Comunista de Venezuela Luben Petkoff; quien le solicitó a la máxima dirección del Partido Comunista de Cuba ayuda económica y militar para el recién fundado Partido de la Revolución Venezolana, encabezado por Douglas Bravo; quien se había separado de la máxima dirección del Partido Comunista de ese país a causa de la decisión que había tomado su Comité Central de abandonar las luchas armadas urbanas y rurales que habían estado emprendiendo desde 1961 contra el Gobierno proimperialista, presidido por Rómulo Betancourt (1959.1964) y de sucesor Raúl Leoni.

Aunque no todas sus solicitudes fueron aceptadas, después de recibir entrenamiento militar en Cuba se organizó una expedición marítima en la que, el 24 de julio de 1966, Luben desembarcó en un punto llamado Tucacas en compañía de 14 militares voluntarios cubanos capitaneados por el entonces miembro del CC del PCC y prestigioso comandante de las Fuerzas Armadas Revolucionarias cubanas Arnaldo Ochoa.

El llamamiento del Che a todos los pueblos del mundo a través de la Tricontinental y la celebración de la Conferencia de la OLAS

Cabe recordar que, un día antes, el Che había llegado enmascarado a La Habana, luego de haber aceptado todos los argumentos que le había dado Fidel en una larga carta manuscrita que le había enviado el 3 de junio de ese mismo año (Castro, F. 2013 [1966], 92-96).

No tengo espacio para sintetizar todo lo que se ha difundido acerca de las actividades que realizó el Che, en estrecha coordinación con Fidel y con algunos de los más altos dirigentes de la Revolución Cubana, durante los aproximadamente cuatro meses que permaneció en la Isla entrenando personalmente a la mayor parte de los 16 combatientes internacionalistas cubanos que, desde el 23 marzo de 1967, comenzaron a combatir, bajo sus órdenes, en Bolivia.

Sin embargo, para cumplir los propósitos de este escrito, es ineludible recordar que pocos días antes de salir de Cuba para trasladarse clandestinamente a ese país suramericano, el entonces jefe de la Comisión de Relaciones Internacionales de CC del PCC y Secretario General de la OSPAAAL, Osmany Cienfuegos, le había solicitado al Che un artículo con vistas a publicarlo en el primer número de su órgano oficial: la revista Tricontinental.

Comoquiera que aún no se habían creado todas las condiciones para su impresión y circulación en diferentes idiomas, cuando el 23 de marzo de 1967 se produjo el primer combate victorioso del que comenzó a llamarse Ejército de Liberación Nacional de Bolivia y, pocos días después, en su segundo combate, el 10 de abril, cayó mortalmente herido el ex capitán de las FAR y miembro del Comité Central del PCC, Jesús Suárez Gayol, Fidel y Osmani tomaron la decisión de publicar el ensayo del Che que indistintamente pasó a la historia con el título “Crear dos, tres... muchos Vietnam” o “Llamamiento del Che a todos los pueblos del mundo a través de la Tricontinental” (Guevara, 2005 [1967], pp. 367-379).

Esa convocatoria se publicó, por primera vez, el 16 de abril de 1967, como un suplemento especial de la revista Tricontinental. No me resulta posible referir todos sus trascendentes contenidos; pero creo necesario resaltar que, inspirado en el sintagma del Apóstol de la independencia de Cuba y precursor de las luchas por la “segunda independencia” de Nuestra América, José Martí: “Es la hora de los hornos y no se ha de ver más que la luz”, el Che denunció las brutales agresiones de los Estados Unidos contra la República Democrática de Vietnam y contra las fuerzas patrióticas de Vietnam del Sur y de Laos. Asimismo, criticó las vacilantes posiciones asumidas por los liderazgos político-estatales de la URSS y de la RPCh frente a esas agresiones imperialistas. Al respecto señaló (Guevara, 2005 [1967], 369-370, énfasis propio):

Cuando analizamos la soledad vietnamita nos asalta la angustia de este momento ilógico de la humanidad/ El imperialismo norteamericano es culpable de agresión; sus crímenes son inmensos y repartido en todo el orbe/ ¡Ya lo sabemos señores! Pero también son culpables los que en el momento de definición vacilaron en hacer de Vietnam parte inviolable del campo socialista, corriendo, sí, los riesgos de una guerra de alcance mundial; pero también obligando a una decisión a los imperialistas norteamericanos. Y son culpables los que mantienen una guerra de denuestos y zancadillas comenzada hace ya buen tiempo por los representantes de las dos más grandes potencias del campo socialista/ Preguntemos, para lograr una respuesta honrada: ¿Está o no aislado el Vietnam, haciendo equilibrios peligrosos entre las dos potencias en pugna?/ Y: ¡que grandeza la de ese pueblo! ¡Que estoicismo y valor, el de ese pueblo! Y que lección para el mundo entraña esa lucha.

Párrafos después se preguntó: “Y, a nosotros, los explotados del mundo, ¿cuál es el papel que nos corresponde? Los pueblos de los tres continentes observan y aprenden su lección en Vietnam. Ya que, con la amenaza de la guerra, los imperialistas ejercen su chantaje sobre la humanidad, no temer la guerra, es la respuesta justa. Atacar dura e ininterrumpidamente en cada punto de confrontación, debe ser la táctica general de los pueblos” (Guevara, 2005 [1967], 370, énfasis propio).

A partir de esas y otras ideas, así como de su análisis de la compleja situación existente en las diversas regiones del mundo, concluyó indicando: “En nuestro mundo en lucha, todo lo que sea discrepancia en torno a la táctica, método de acción para la consecución de objetivos limitados, debe analizarse con el respeto que merecen las apreciaciones ajenas. En cuanto al gran objetivo estratégico, la destrucción total de imperialismo por medio de la lucha, debemos ser intransigentes”. Y agregó (Guevara, 2005 [1967], 378-379, énfasis propio):

Toda nuestra acción es un grito de guerra contra el imperialismo y un clamor por la unidad de los pueblos contra el enemigo común del género humano: los Estados Unidos de Norteamérica. En cualquier lugar del mundo que nos sorprenda la muerte, bienvenida sea, siempre que ese, nuestro grito de guerra haya llegado hasta un oído receptivo, y otra mano se tienda para empuñar nuestras armas, y otros hombres se apresten a entonar los cantos luctuosos con tableteos de ametralladoras y nuevos gritos de guerra y de victoria.

La primera y a la postre única Conferencia de la OLAS

Como estaba previsto, aproximadamente cuatro meses después de publicado el que algunos autores denominan, “el segundo testamento político del Che”, se realizó en La Habana, entre el 31 de julio y el 10 de agosto de 1967, la primera y a la postre única Conferencia de la OLAS.

En ella participaron 162 delegados de diversas fuerzas populares, revolucionarias, anticolonialistas, antineocolonialistas y antiimperialistas de los 22 estados-nacionales entonces existentes en América Latina y el Caribe, así como de cinco territorios de esa subregión que entonces estaban y, salvo Surinam, aún están sometidos a diferentes formas de dominación colonial o neocolonial por parte de Estados Unidos (Puerto Rico) y de Francia (Guadalupe, Guayana Cayena y Martinica); ya que, a diferencia de la Tricontinental, en el momento en que se realizó esa conferencia, la entonces llamada Guayana Británica había logrado obtener su independencia política negociada con Gran Bretaña y, tras bambalinas, con Estados Unidos, el 26 de mayo de 1966, bajo la dirección del fundador y líder del llamado Congreso Nacional Popular, Forbes Burnham.

Por consiguiente, al igual que había ocurrido en la antes conferencia de la OSPAAAL, participó en la OLAS una representación del Partido Progresista Popular (PPP) de Guyana, encabezada por Cheddi Jagan; quien, como ya se indicó, había mantenido estrechas relaciones con el liderazgo político-estatal de la Revolución Cubana, incluido el Che, así como, previamente había participado en la Conferencia Tricontinental.

Adicionalmente, asistieron 31 invitados especiales y 66 observadores de buena parte de los países socialistas que en aquellos años existían en Europa central y oriental y en Asia, al igual que de las diversas organizaciones internacionales que agrupaban y, en algunos casos, siguen agrupando a diversos sectores populares de varios países del mundo. Entre ellas, una representación de la Organización Continental Latinoamericana de Estudiantes (OCLAE) que, con el auspicio de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU) de Cuba y con el respaldo de Fidel, había sido fundada en el IV Congreso Latinoamericano de Estudiantes efectuado en La Habana en agosto de 1966.

Teniendo al comandante Ernesto Che Guevara como Presidente de Honor, la Conferencia de la OLAS, al igual que como había ocurrido en la antes mencionada conferencia Tricontinental, fue inaugurada por el entonces presidente de la República de Cuba e integrante del Buró Político del Comité Central del PCC, el doctor Osvaldo Dorticós Torrado y, luego de aprobar su resolución final, fue clausurada por Fidel.

No tengo espacio para referir los contenidos del discurso de Dorticós, ni de la Declaración final de ese evento; pero, para los objetivos de este escrito, es ineludible referir algunas de las ideas centrales planteadas por el ahora llamado “líder histórico de la Revolución Cubana”: el Comandante en Jefe Fidel Castro. Con su proverbial apego a la verdad, él comenzó sus palabras reconociendo las discrepancias ideológicas y políticas que se habían presentado en el desarrollo de la conferencia y “la manera responsable –aunque no unánime— en que estas habían sido resueltas” (Castro, F. 2017 [1967], 112).

Además, luego de calificar los resultados de esa conferencia “como una victoria de las ideas revolucionarias” y refiriéndose a las experiencias de lucha de la Revolución Cubana, reiteró su criterio de que “la acción [no debía] esperar [por] el triunfo de las ideas”, en tanto “es uno de los más eficaces instrumentos de hacer triunfar las ideas en las masas” (Castro, F., 2017 [1967], 124).

Por eso criticó, las lecturas dogmáticas y sectarias del marxismo-leninismo, al igual que las infundadas esperanzas de que, en las condiciones de América Latina, algún país pudiera conquistar “el poder pacíficamente”; lo que –según aclaró— no implicaba desconocer “que en algunos países de ese continente la lucha armada no era una tarea inmediata. Tampoco “implicaba la negación de otras formas de lucha, incluso legales, siempre que estas contribuyeran al desarrollo de la revolución” (Castro, F., 2017 [1967], 130, énfasis propio).

Acto seguido elogió el levantamiento militar-popular que, encabezado por el coronel Francisco Caamaño, se había producido en República Dominicana en abril de 1965; pero, criticando explícitamente las negativas experiencias al respecto del Partido Comunista de Venezuela, dejó sentado el criterio de que el movimiento revolucionario no podía quedarse a la expectativa de esos movimientos militares, ni creer que con el solo “alzamiento de cuarteles” se podía hacer la revolución. Sin embargo, precisó (Castro, F., 2017 [1967], 131, énfasis propio): “

El movimiento revolucionario debe estar en condiciones de aprovechar, incluso de apoyar, toda manifestación de lucha que surja y que pueda evolucionar, o que pueda fortalecer las posiciones de los revolucionarios”, incluidas otras formas de lucha desarmadas aún en el caso de que “la guerrilla [fuera] la forma principal de lucha.

Por otra parte, criticó enérgicamente a la que denominó “dirección derechista del PCV” por su decisión de abandonar la lucha armada y por haber acusado en términos ofensivos a la dirección del Partido Comunista de Cuba de inmiscuirse en los asuntos internos de ese partido. Asimismo, documentó cómo esa postura estaba siendo utilizada por el gobierno venezolano en la Conferencia de Cancilleres de la OEA que se estaba realizando en Washington con vistas a elaborar nuevos planes contra Cuba, tomando como pretexto los ya mencionados acuerdos de la Conferencia Tricontinental, la realización en La Habana de la Conferencia de la OLAS y las que el entonces Ministro de Relaciones Exteriores de Venezuela había calificado como “actividades intervencionistas y agresivas del régimen cubano contra los países del hemisferio occidental”.

Por ello, Fidel denunció la que llamó “conjura de la mafia del movimiento revolucionario y del imperialismo” para tratar de aislar y bloquear a Cuba de manera absoluta. Ante esas y otras evidencias, concluyó sus palabras reiterando su convicción de que los “verdaderos revolucionarios y comunistas” no le fallarían a la Revolución [cubana], igual que nuestra Revolución jamás le fallará al movimiento revolucionario de América Latina”. Mucho menos porque, según ya había afirmado en su discurso (Castro, F. 2017 [1967], 154):

Este continente trae en su vientre una revolución; tardará más o menos en nacer, tendrá un parto más o menos difícil, pero inevitable. Nosotros no tenemos la menor duda. Habrá victorias, habrá reveses, habrá avances, habrá retrocesos; pero el advenimiento de una nueva era, la victoria de los pueblos frente a la injusticia, frente a la explotación, frente a la oligarquía, frente al imperialismo, cualesquiera que sean los errores de los hombres, cualesquiera que sean las concepciones equivocadas que puedan tratar de entorpecer el camino, es inevitable.

A modo de conclusión: del Che nunca se podrá hablar en pasado

Como ahora se sabe, cerca de tres meses después de que Fidel pronunciara esas palabras, así como luego de varios meses de desiguales combates (en los que fueron perdiendo la vida la mayor parte de los combatientes bolivianos, peruanos y cubanos, así como la internacionalista argentina Tania la Guerrillera), el 8 de octubre de 1967, fueron capturados, heridos e inermes en la Cañada del Churo por las Fuerzas Armadas bolivianas el Che y dos de sus compañeros de lucha (el peruano Juan Pablo Chang y el boliviano Simeón Cuba Sanabria) Y, un día después, cumpliendo las indicaciones de la maquinaria de la política exterior, de defensa y seguridad imperial de los Estados Unidos, los tres fueron asesinados en la ahora célebre Escuelita de La Higuera.

Sin embargo, no fue hasta una semana después que, luego de realizar un profundo análisis de todas las informaciones públicas que se habían estado difundiendo sobre ese aciago acontecimiento, Fidel les confirmó al pueblo cubano y los demás pueblos del mundo su dolorosa certidumbre de que el Che había sido asesinado en Bolivia. Y, entre otras consideraciones que trascienden los objetivos de este escrito, agregó que “del Che nunca se podrá hablar en pasado” (Castro, F, 1998 [1967], 18).

Entre otras evidencias que trascienden los objetivos de este escrito, la validez de esa afirmación se confirmó en las décadas posteriores. Entre otras muchas razones que no tengo espacio para detallar, porque las ideas y el ejemplo del Che siguieron alumbrando el creciente e indeclinable apoyo del pueblo cubano a las multiformes acciones solidarias desplegadas por su liderazgo político-estatal estatal con las luchas contra el imperialismo, el colonialismo, el neocolonialismo, el sionismo y el régimen del apartheid que, como había previsto Fidel en su referido discurso de clausura de la Conferencia Tricontinental, continuaron desarrollándose en diferentes lugares de África y Asia, así como de América Latina y el Caribe.

Lo antes dicho me llevó a releer las innumerables referencias que había hecho Fidel al pensamiento y a la praxis del Che en las décadas posteriores a su asesinato en Bolivia; tanto antes como después de que sus premociones se habían confirmado durante el “derrumbe” del campo socialista europeo y de la implosión de la Unión Soviética en 1991. Fue unos pocos años después de esos aciagos acontecimientos que Fidel había afirmado (Castro, F, 1998 [1997], 192-193), énfasis propio): “Veo [...] al Che como un gigante moral que crece cada día, cuya imagen, cuya fuerza, cuya influencia se ha multiplicado por toda la Tierra.

Epílogo

Todo lo antes dicho ya estaba escrito cuando, el 3 de enero del presente año, la maquinaria de la política exterior y de seguridad imperial de Estados Unidos, encabezada por segunda vez por Donald Trump, emprendió una brutal operación militar contra la República Bolivariana de Venezuela, en la que cayeron luchando heroicamente 32 combatientes internacionalistas cubanos y murieron como fruto de los bombardeos estadounidenses poco más de 100 integrantes de las Fuerzas Armadas Bolivarianas.

Cuando repaso todas las informaciones que se han venido difundiendo desde entonces acerca de cómo esa administración estadounidense organizó y perpetró esa criminal agresión contra la Patria de Simón Bolívar y de Hugo Chávez (incluido el secuestro de su presidente Nicolás Maduro y de su esposa la Diputada Cilia Flores), al igual que los crímenes que, con el apoyo de los Estados Unidos, siguen cometiendo las autoridades neofascistas y sionistas de Israel contra los pueblos palestino y libanés; las agresiones emprendidas por las fuerzas militares estadounidenses contra la República Islámica de Irán y el cada vez más criminal bloqueo económico, comercial, financiero y energético contra Cuba, vienen a mi memoria lo que dejó dicho el Che acerca de que el imperialismo estadounidense mientras exista continuará siendo el principal enemigo de la Humanidad.

También lo que indicó Fidel en el mensaje que le envió a la OSPAAAL en ocasión de su 35 Aniversario celebrado en los primeros días de enero del 2001 (Castro, F. 2001: 4, énfasis propio):

Los felicito sinceramente, les deseo los mayores éxitos en el enfrentamiento a los desafíos que plantea a nuestros pueblos el inicio de este Tercer Milenio, y les reitero que los que enarbolamos la justa idea de la solidaridad entre los pueblos jamás seremos débiles, y que la unidad antiimperialista continúa siendo la táctica y la estrategia de nuestra victoria.

La Habana, 28 de abril de 2026

Año del centenario del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz

notas

1 Como se ha documentado, el DIER fue el embrión de los órganos de la Seguridad del Estado y del posteriormente llamado Viceministerio Técnico del Ministerio del Interior (VMT), encabezado por el Comandante del ER, Manuel Piñeiro Losada. Este, además de cumplir tareas vinculadas con la llamada “inteligencia estratégica”, fue el órgano del Estado especializado en el cumplimiento de las diversas acciones internacionalistas hasta los primeros meses de 1970. A partir de ese año se fundó la Dirección General de Liberación Nacional (DGLN). Esta última fue encabezada por Piñeiro hasta que a mediados de 1975 se institucionalizó, también bajo su dirección, el Departamento América del Comité Central del Partido Comunista de Cuba.

2 Aunque un concepto parecido fue incorporado en la Segunda Declaración de La Habana del 2 de febrero de 1962, ese fue el lema que años más tarde asumió el Movimiento Latinoamericano de Cristianos por el Socialismo, cuyo primer encuentro se realizó en Santiago de Chile en 1972. O sea, después de la visita que realizó Fidel Castro a ese país durante la cual sostuvo un largo encuentro con poco más de 80 representantes de ese Movimiento; incluidos algunos de los que, desde mediados de la década de 1960, habían comenzado a elaborar y difundir la Teología de la Liberación.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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CONFLICTO DE INTERESES

El autor declara que no existen conflictos de intereses relacionado con el artículo.

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