¿Embajadores por la libertad o soldados de la Guerra Fría?: los cubanoamericanos en la política de EE.UU. hacia Cuba

Ambassadors for Freedom or Cold War Soldiers?: Cuban Americans in US Policy Toward Cuba

Ambassadeurs de la liberté ou soldats de la guerre froide ? : Les Américains d’origine cubaine dans la politique américaine envers Cuba

Embaixadores da Liberdade ou Soldados da Guerra Fria?: Cubano-americanos na Política dos EUA em Relação a Cuba

 

Dr. C. Rodney Amaury González Maestrey

Licenciado en Economía. Doctor en Ciencias Políticas. Director de asuntos legales y análisis, Dirección General de Estados Unidos, Ministerio de Relaciones Exteriores, La Habana, Cuba. dorg80@gmail.com 0000-0002-1494-5529

Cómo citar (APA, séptima edición): González Maestrey, R. A. (2026). ¿Embajadores por la libertad o soldados de la Guerra Fría?: los cubanoamericanos en la política de EE.UU. hacia Cuba. Política internacional, VIII (Nro. 3), 81-96. https://doi.org/10.5281/zenodo.20511628

https://doi.org/10.5281/zenodo.20511628

 

Recibido: 13 de marzo de 2026

Aprobado: 22 de mayo de 2026

publicado: 7 de julio de 2026

 

RESUMEN Este artículo analiza el papel de los cubanoamericanos en la política exterior de Estados Unidos hacia Cuba desde 1959, empleando el método histórico-lógico y análisis documental. Se fundamenta en los postulados de Nicholas J. Cull sobre diplomacia pública y en la teoría del poder blando de Joseph Nye. El estudio examina cómo distintas administraciones presidenciales estadounidenses han estimulado o restringido los intercambios entre Cuba y la diáspora, en función de objetivos estratégicos de cambio de régimen o de influencia mediante instrumentos de poder blando. Los hallazgos indican que, con independencia del partido en el poder, Estados Unidos ha asignado consistentemente a la emigración cubana una función contrarrevolucionaria, aunque con variaciones tácticas: los gobiernos republicanos han privilegiado instrumentos de poder duro y restricciones a los contactos, mientras que las administraciones demócratas han explorado, con mayor intensidad tras la Guerra Fría, el potencial de los cubanoamericanos como agentes de influencia mediante viajes, remesas y diplomacia cultural. Como limitación, el estudio se basa fundamentalmente en fuentes secundarias y documentos desclasificados. Se concluye que la hegemonía de la extrema derecha cubanoamericana en Miami responde a la convergencia estratégica entre élites políticas estadounidenses, republicanas y demócratas, y sectores de la comunidad cubanoamericana, en función del objetivo estratégico de derrocar la Revolución, lo cual condiciona cualquier intento de normalización bilateral y reproduce dinámicas de polarización que obstaculizan el diálogo entre los pueblos.

Palabras clave: Cubanoamericanos, política de Estados Unidos hacia Cuba, política doméstica de EE.UU., diplomacia pública, inmigración, poder blando.

 

 

ABSTRACT This article analyzes the role of Cuban Americans in U.S. foreign policy toward Cuba since 1959, employing the historical-logical method and documentary analysis. It is based on Nicholas J. Cull's postulates on public diplomacy and Joseph Nye's theory of soft power. The study examines how different U.S. presidential administrations have encouraged or restricted exchanges between Cuba and the diaspora, depending on strategic objectives of regime change or influence through soft power instruments. The findings indicate that, regardless of the party in power, the United States has consistently assigned a counterrevolutionary role to the Cuban diaspora, albeit with tactical variations: Republican administrations have favored hard power instruments and restrictions on contacts, while Democratic administrations have explored, with greater intensity after the Cold War, the potential of Cuban Americans as agents of influence through travel, remittances, and cultural diplomacy. A limitation of the study is its reliance primarily on secondary sources and declassified documents. It is concluded that the hegemony of the Cuban-American far right in Miami is a response to the strategic convergence between US political elites, both Republican and Democratic, and sectors of the Cuban-American community, with the strategic objective of overthrowing the Revolution. This conditions any attempt at bilateral normalization and reproduces dynamics of polarization that hinder dialogue between the two peoples.

Keywords: Cuban Americans, United States policy toward Cuba, U.S. domestic policy, public diplomacy, immigration, soft power.

 

 

RÉSUMÉ Cet article analyse le rôle des Américains d'origine cubaine dans la politique étrangère américaine envers Cuba depuis 1959, en employant la méthode historico-logique et l'analyse documentaire. Il s'appuie sur les postulats de Nicholas J. Cull concernant la diplomatie publique et sur la théorie du soft power de Joseph Nye. L'étude examine comment les différentes administrations présidentielles américaines ont encouragé ou restreint les échanges entre Cuba et sa diaspora, selon leurs objectifs stratégiques de changement de régime ou d'influence par le biais d'instruments de soft power. Les résultats indiquent que, quel que soit le parti au pouvoir, les États-Unis ont systématiquement attribué un rôle contre-révolutionnaire à la diaspora cubaine, malgré des variations tactiques : les administrations républicaines ont privilégié les instruments de hard power et les restrictions des contacts, tandis que les administrations démocrates ont exploré, avec une plus grande intensité après la Guerre froide, le potentiel des Américains d'origine cubaine comme agents d'influence par le biais des voyages, des transferts de fonds et de la diplomatie culturelle. Une limite de cette étude réside dans son recours principalement à des sources secondaires et à des documents déclassifiés. Il apparaît que l'hégémonie de l'extrême droite cubano-américaine à Miami est une réponse à la convergence stratégique entre les élites politiques américaines, républicaines et démocrates, et certains secteurs de la communauté cubano-américaine, avec pour objectif stratégique le renversement de la Révolution. Cette situation conditionne toute tentative de normalisation bilatérale et reproduit une dynamique de polarisation qui entrave le dialogue entre les deux peuples.

Mots-clés : Américains d'origine cubaine, politique des États-Unis envers Cuba, politique intérieure américaine, diplomatie publique, immigration, soft power.

 

 

 

RESUMO Este artigo analisa o papel dos cubano-americanos na política externa dos EUA em relação a Cuba desde 1959, empregando o método histórico-lógico e a análise documental. Baseia-se nos postulados de Nicholas J. Cull sobre diplomacia pública e na teoria do soft power de Joseph Nye. O estudo examina como diferentes administrações presidenciais dos EUA incentivaram ou restringiram as trocas entre Cuba e a diáspora, dependendo dos objetivos estratégicos de mudança de regime ou influência por meio de instrumentos de soft power. Os resultados indicam que, independentemente do partido no poder, os Estados Unidos atribuíram consistentemente um papel contrarrevolucionário à diáspora cubana, embora com variações táticas: administrações republicanas favoreceram instrumentos de hard power e restrições aos contatos, enquanto administrações democratas exploraram, com maior intensidade após a Guerra Fria, o potencial dos cubano-americanos como agentes de influência por meio de viagens, remessas e diplomacia cultural. Uma limitação do estudo é sua dependência principalmente de fontes secundárias e documentos desclassificados. Conclui-se que a hegemonia da extrema-direita cubano-americana em Miami é uma resposta à convergência estratégica entre as elites políticas estadunidenses, tanto republicanas quanto democratas, e setores da comunidade cubano-americana, com o objetivo estratégico de derrubar a Revolução. Isso condiciona qualquer tentativa de normalização bilateral e reproduz dinâmicas de polarização que dificultam o diálogo entre os dois povos.

Palavras-chave: Cubano-americanos, política dos Estados Unidos em relação a Cuba, política interna dos EUA, diplomacia pública, imigração, poder brando.

 

 

 

INTRODUCCIÓN

El presidente Dwight Eisenhower definió una política de admisión flexible para los migrantes cubanos, dirigida a desestabilizar la sociedad cubana y establecer la base social del movimiento contrarrevolucionario (Arboleya, 2013). La política migratoria se integró a otros instrumentos permanentes como el bloqueo económico, el aislamiento internacional, agresiones, propaganda y la subversión.

El arribo de unos 100 mil cubanos hasta principios de 1960 supuso para el gobierno de Estados Unidos tanto un desafío migratorio, como una oportunidad política contra Cuba, en el contexto de la Guerra Fría y las prioridades anticomunistas. Los estrechos marcos ideológicos definieron una función política para los emigrados cubanos, o cubanoamericanos, como se le han dado en llamar en la academia.

De lo anterior surgen las preguntas ¿Cómo ha evolucionado la visión de los gobiernos de Estados Unidos sobre el papel de los cubanoamericanos en la política hacia Cuba después del triunfo de la Revolución Cubana? ¿Qué factores han influido en la orientación de estas visiones? ¿Han representado estos cubanoamericanos a toda la comunidad de cubanos residentes en Estados Unidos respecto de su proyección hacia Cuba?

El presente ensayo se propone evaluar el lugar de los cubanoamericanos en la política de Estados Unidos hacia Cuba después del triunfo de la Revolución hasta el gobierno de Joseph Biden (2024), a través de una argumentación histórico-lógica que responda a estas y otras interrogantes.

Al indagar sobre el tema objeto de este ensayo se apreció un debate abundante sobre la emigración cubana en Estados Unidos y su interrelación con la política estadounidense. Muchos autores de Cuba y Estados Unidos han estudiado los procesos de asentamiento, integración y participación económica, política y social de los emigrados cubanos en Estados Unidos. Entre ellos están Portes (1987), Portes y Manning (2008), Pedraza (2007), Grenier, (2015), Rusin, Zong y Batalova (2015), Grenier y Pérez (2003), Pérez (2008), Torres (1999), Pérez Jr. (1985 a y b) y Bishin y Klofstad (2011). Se trata de investigadores con décadas de experiencia; sin embargo, su foco no ha sido el lugar de los cubanoamericanos en el diseño de política hacia Cuba, o sus trabajos necesitan actualización.

En Los Estados Unidos-Cuba. Emigración y relaciones bilaterales (2010), el sociólogo Antonio Aja ofrece una síntesis histórica de la política migratoria de Estados Unidos, en general, y sistematiza parte de los elementos que componen la política migratoria de ese país hacia Cuba, analizando el comportamiento de los flujos migratorios cubanos por oleadas. Aborda elementos que definen el carácter preferencial de dicha política hacia Cuba y arriba a conclusiones aplicables en la actualidad sobre los factores que influyen en la conformación de la política migratoria hacia Cuba, tales como la conducta política de la comunidad de origen cubano, factores internos en ambos países y la evolución de las relaciones bilaterales.

El profesor Jesús Arboleya, en Cuba y los cubanoamericanos: el fenómeno migratorio cubano (2013), valora el comportamiento de la extrema derecha cubanoamericana en la Florida, la oposición a cualquier proceso de acercamiento entre Cuba y Estados Unidos, el dominio de las estructuras socioeconómicas y políticas en el enclave de Miami, y el uso de la hostilidad como factor de cohesión social, en su interrelación con los decisores políticos a nivel federal, siempre que les sean funcionales. Esboza aspectos que indican disminución relativa de su capacidad de influencia a partir de la pérdida de resonancia de sus mensajes y el cambio en los patrones del comportamiento electoral de los cubanoamericanos.

En U.S.-Cuba immigration: exceptionalism and its unintended consequences (2016), Susan Eckstein evalúa la forma en que Estados Unidos manipuló la inmigración cubana en función de sus intereses, en detrimento del Gobierno de Cuba. Aborda la política desde la perspectiva estratégica estadounidense, pero en el contexto de las dinámicas a ambos lados del estrecho de la Florida. Eckstein publicó en 2009, The inmigrant divide: How Cuban Americans changed the US and their homeland, donde demuestra la correlación entre la forma y etapa de arribo de los migrantes a Estados Unidos y la visión sobre Cuba y la participación política en general. Aprecia que luego de la Crisis de los Balseros (1994) se da una migración cubana cada vez más transnacional y, por ende, interesada en mantener vínculos constructivos y de apoyo con su país de origen, lo cual establece una variable novedosa en el escenario de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos.

David Abraham, de la Universidad de Miami, concluye en The Cuban Adjustment Act of 1966: Past and Future, que los emigrados cubanos que arribaron a Estados Unidos a partir de 1980 han sido menos ideológicos y se comportan de manera similar al resto de los migrantes de América Latina. Envían remesas y viajan en lugar de boicotear su país de origen. Demuestra el fracaso de la política migratoria preferencial en términos de sus propósitos políticos iniciales. Por el contrario, su permanencia ha debilitado el poder de los políticos de origen cubano en la Florida, así como de las estructuras políticas que han construido. Sin duda contribuye a explicar los ataques de la extrema derecha contra esta política.

En su trabajo, What is the U.S. waiting for? Time for a new migration framework (2016), el profesor estadounidense Robert Bach sugiere que la política de Estados Unidos y Cuba debería reenfocarse estratégicamente y de modo cooperativo hacia el uso de la migración como factor de apoyo a la prosperidad económica y social, mutua y recíproca. Bach aboga por la creación de un enfoque institucional binacional bajo el principio del desarrollo de un marco migratorio constructivo que fomente el movimiento circular temporal en el exterior para adquirir habilidades, avanzar carreras, y obtener activos que contribuyan a la familia y la comunidad en el país. Como puede inferirse, los postulados de Bach consideran las tendencias descritas por Eckstein y Bach, y las convierte en propuestas de política pública en una coyuntura específica. Sus opiniones tuvieron resonancia durante el gobierno de Barack Obama (2009-2017).

Rodney A. González, en Trump, los cubanoamericanos y el fetichismo de la política: una perspectiva desde las relaciones de poder (2022), estudió la forma transfigurada en que el presidente Donald Trump y la extrema derecha cubanoamericana ejercieron el poder, sus rasgos, así como la construcción de lo que Michel Foucault llamó un régimen de verdad para crear una aparente comunidad de intereses y ocultar los verdaderos objetivos. Concluye que el objetivo de ambos fue mantener la estructura de poder de la que se han beneficiado, ante el impacto nocivo percibido para ella de las políticas de Obama.

Para los objetivos propuestos conviene partir de los conceptos de diplomacia pública. El profesor Nicholas J. Cull ubica el empleo del término hacia 1965, para evaluar la forma en que actores internacionales buscan cumplir sus metas de política exterior intentando influir en audiencias extranjeras. La distinguen los siguientes rasgos: recolección de información sobre públicos extranjeros, promoción directa de determinadas ideas en el público extranjero, divulgación de los recursos y logros culturales en el extranjero (diplomacia cultural), el envío de ciudadanos al extranjero y la aceptación de extranjeros en su territorio (contactos “pueblo a pueblo”), y transmisiones internacionales (uso de radio, televisión, internet,) para llegar a audiencias foráneas.

Estos conceptos vieron auge después de la Segunda Guerra Mundial, cuando Estados Unidos intentó vender el American way of life, tanto a países occidentales, como herramienta ideológica para ganar los corazones de las personas en países devastados por la guerra, y de aquellos que podrían elegir al socialismo como alternativa al capitalismo imperante. La diplomacia pública encuentra coherencia en la proyección mesiánica, excepcionalista e imperial de la política exterior de Estados Unidos. El propio Cull advierte que Estados Unidos prefirió instrumentos duros de política exterior (coerción, fuerza, amenaza del uso de la fuerza), por lo que la diplomacia pública frecuentemente se convirtió en abierta propaganda.

La desaparición del campo socialista europeo en la década de 1990 implicó un redimensionamiento de la seguridad nacional y, por ende, de los instrumentos que Estados Unidos debía priorizar. Es en esta nueva etapa que políticos y académicos comienzan a explorar el “poder suave”. Autores como Joseph Nye Jr. subrayan la idea de que Estados Unidos debía incorporar la atracción de la cultura, los ideales políticos o las políticas, en lugar de la coerción en su proyección internacional. Los contextos y la forma en que estos preceptos han valorizado o disminuido el papel de los cubanoamericanos en la política hacia Cuba forman parte del ensayo.

DESARROLLO

El pecado original: la función contrarrevolucionaria asignada a la Guerra Fría

El gobierno estadounidense tuvo claro desde el inicio de la Revolución el papel que debía jugar la emigración cubana en su política exterior y la forma en que debía distribuirse el poder en ella. En un contexto de fortalecimiento de la CIA y las operaciones clandestinas, Estados Unidos se propuso establecer una oposición unificada fuera de Cuba, crear un sistema de inteligencia y organización de acciones dentro de Cuba para dirigirla y desarrollar una fuerza paramilitar fuera de ella para acciones de guerrilla futuras, entre otros objetivos (Smith y Patterson, 1997). Era vital evitar la participación abierta del ejército y el gobierno estadounidenses, a fin de aparentar que se trataba de una lucha intestina entre cubanos. Este es un rasgo que distingue la política estadounidense hasta nuestros días.

Es conocida la operación que culminó con la invasión por Playa Girón en abril de 1961, para lo cual la CIA estableció en Miami su base de operaciones JM/WAVE, con alrededor de 600 agentes en función de organizar, orientar y dirigir a los emigrados que participarían en la escaramuza.

Por el contrario, aquellas organizaciones e individuos que abogaban por una relación de respeto hacia la naciente revolución, eran perseguidos y neutralizados, tal como se evidencia en un documento desclasificado por el Buró Federal de Investigaciones (FBI, por sus siglas en inglés) sobre el programa COINTELPRO, llevado a cabo entre 1956 y 1971. Bajo este programa el FBI monitoreó después de 1959, organizaciones como el Movimiento 26 de julio, con sede en Nueva York, y Fair Play for Cuba Committee (Federal Bureau of Investigation, 1961).

Esta desigual asignación de poder ha sido característica de la política de Estados Unidos hacia los emigrados cubanos y está en la base de la mejor organización, financiamiento y participación política de los elementos anticubanos.

Entre las prioridades que vinculaban los cubanos en Miami en el Proyecto Cuba o Plan Mangosta estaban la obtención de información sobre la realidad cubana, la colocación de agentes en Cuba y la deserción de cubanos de altos rangos. (Helms, 1962). La evidencia histórica demuestra que las tres funciones han tenido permanencia en el diseño contra Cuba.

Para apreciar las crudas posturas de altos militares estadounidenses, basta examinar los pretextos ideados por el jefe del Estado Mayor Conjunto, L.L. Lemnitzer para justificar una posible intervención militar, entre ellos, desarrollar una campaña de terror en la Florida, o en Washington. Esta abarcaba desde hundir un bote de cubanos rumbo a la Florida (real o simulado); explotar bombas plásticas en lugares cuidadosamente seleccionados, arrestar a agentes cubanos y la publicación de documentos que respalden la relación con Cuba, a fin de proyectar la idea de un gobierno irresponsable (Lemnitzer, 1962).

James Carter (1977-1981) fue el primer presidente estadounidense que se propuso normalizar las relaciones con Cuba, en un escenario de distensión en la Guerra Fría. En consecuencia, también exploró un papel diferente para los cubanoamericanos. A un mes de iniciado el gobierno demócrata, el secretario de Estado, Cyrus Vance convocó una reunión con un grupo de cubanos influyentes, a fin de enfatizar los beneficios de la normalización y tranquilizar a la comunidad en relación con la política hacia Cuba (Poster y Howard, 2016).

Consta que aceptaron la invitación: Carlos Prío Socarrás, expresidente de Cuba; Erneido Oliva, subcomandante de la Brigada 2506 protagonista de la invasión por playa Girón; Alfredo Durán, presidente del partido demócrata de la Florida; Manuel Reboso, Alberto “Al” Cárdenas, gerente de la campaña electoral de Gerald Ford para el electorado latino y Manuel Arques, presidente de la Cámara de Comercio Cubana de Miami. Se trataba de un grupo heterogéneo, pero representativo del establishment del partido, y algunos de ellos, con compromisos con el antiguo régimen en Cuba. A pesar de los esfuerzos del gobierno de Carter, los participantes se opusieron públicamente a cualquier negociación con el gobierno cubano.

Los esfuerzos de Carter corroboraron los límites de intentar armonizar la política exterior con la interna, a partir de la búsqueda del respaldo de una parte de los cubanoamericanos, pero sin trastocar la esencia de los objetivos de dominación respecto de Cuba. Esto impidió la construcción de una coalición mayor que apelara a otros segmentos más progresistas. De ahí que el presidente legitimó a los más radicales, en detrimento de los participantes en el “Diálogo del Gobierno Cubano y Personas Representativas de la Comunidad Cubana en el Exterior”, de 1977; así otros grupos que favorecían el acercamiento.

Algunos decisores apreciaban el potencial de los cubanoamericanos para actuar como agentes de cambio social en Cuba. En un memorando de 1980 al presidente, Peter Tarnoff, secretario ejecutivo del Departamento de Estado y Robert Pastor, del Consejo de Seguridad Nacional, consideró que las visitas de 100 mil cubanoamericanos en 1978, expuso a Cuba al magnetismo económico y cultural de los Estados Unidos (Poster y Howard, 2016, doc. 108). Pastor evaluó que el hecho tuvo un mayor impacto en la apertura de Cuba que cualquier cosa que el gobierno de Estados Unidos haya hecho anteriormente, por lo que levantar el bloqueo seguramente afectaría al gobierno cubano. Esta opinión no perduró como opción política, pues pesaron más los condicionamientos del fin del bloqueo a cambios en la conducta de Cuba externa e interna.

En un contexto de ascenso del conservadurismo en Estados Unidos, el gobierno de Ronald Reagan (1981-1989) retomó los instrumentos duros de la política contra Cuba. Cortó los avances en las relaciones, los viajes a Cuba y los intercambios culturales. Priorizó la propaganda abierta con la creación de “Radio Martí” en 1985. Propició el surgimiento de la Fundación Nacional Cubanoamericana (FNCA) en 1981 con el objetivo de racionalizar su política exterior anticomunista y cohesionar el apoyo de los cubanoamericanos como bloque político de creciente importancia. Con la FNCA surgió un grupo de presión partidario de la hostilidad perpetua contra Cuba, ajena a cualquier tipo de intercambio entre los cubanos a ambos lados del estrecho de la Florida.

William Clinton y el “Carril II” hacia Cuba

Con la caída del campo socialista europeo, disminuyó el lugar de Cuba en las percepciones de seguridad de Estados Unidos. Ninguna agencia gubernamental importante favorecía una línea dura contra Cuba en el gobierno de Clinton. El propio demócrata consideraba que el bloqueo era contraproducente, pues torpedeaba políticas más sabias de intercambios, ya ensayadas con países comunistas, incluso en la era Reagan.

La política se enfocó en utilizar el bloqueo como instrumento de presión para producir cambios internos en Cuba. Se acompañó de la aplicación del llamado "carril 2", dirigido a influir en la sociedad civil cubana a través del apoyo a la contrarrevolución interna, la promoción de intercambios académicos, científicos, culturales y deportivos, la expansión de Radio y TV Martí (creada en 1990), así como los vínculos con la comunidad de origen cubano en Estados Unidos, incluyendo limitadas transacciones en el ámbito de las telecomunicaciones. La Ley Torricelli de 1992 proveyó la base legal para esta proyección.

Fue el gobierno de Clinton el primero en proponerse estimular los intercambios con la comunidad cubanoamericana con propósitos políticos. Se trataba de una política unilateral y unidireccional. En línea similar a la esbozada por Pastor y Tarnoff en época de Carter, el propósito era potenciar a los cubanoamericanos como agentes de cambio social en Cuba, a partir de la debacle anticipada de la Revolución Cubana y la convicción de poder direccionar las transformaciones sociales, políticas y económicas.

De acuerdo con Anthony Lake, asesor de seguridad nacional, la política “iría lejos hacia exponer a los cubanos a los estadounidenses y a las ideas estadounidenses (…) con vistas a una “transición no violenta a la democracia en Cuba” (LeoGrande y Kornbluh, 2014: 279). El viceasesor Samuel Berger valoró que este enfoque además ayudaría a moldear las percepciones del pueblo cubano hacia Estados Unidos.

Uno de los artífices de este concepto fue Richard Nuccio, asistente legislativo del representante Robert Torricelli, demócrata de Nueva Jersey, quien luego se desempeñó en el Departamento de Estado y en la Casa Blanca como asesor para la política hacia Cuba. Según Nuccio la promoción de los vínculos de los cubanoamericanos con los familiares de la Isla buscaba originar el nacimiento de una nueva sociedad civil, aprovechando la afinidad étnico-cultural y la estructura similar social reproducida en Miami.

En realidad, Clinton asumió este enfoque con mayor determinación hacia el final de su segundo mandato, después de la visita a Cuba del papa Juan Pablo II, en 1998. A nivel gubernamental ocurrieron avances, disminuyó la hostilidad en los respectivos discursos públicos y diplomáticos, se iniciaron algunos contactos en materia de cooperación contra el tráfico de drogas y el tráfico de emigrantes. Se consolidó el diálogo entre los mandos militares de Cuba y la Base Naval de Guantánamo.

En el plano de los intercambios pueblo a pueblo, aumentaron los viajes temporales en uno y otro sentido de artistas y académicos. A fines del año 2000 viajaban a Cuba entre 150 mil y 200 mil personas provenientes de Estados Unidos. 75% de ellas eran cubanoamericanos (LeoGrande & Kornbluh, 2014: 320). Creció el interés del sector de los negocios en participar en la economía cubana, aprovechando cambios regulatorios como la despenalización del uso del dólar, la ampliación del trabajo por cuenta propia, la transformación del régimen de gestión en la agricultura y la aprobación de la ley de inversión extranjera de 1995.

Puede decirse que la política de Clinton creó dinámicas no solo en Cuba, sino también en Miami. Hacia el final del gobierno demócrata se apreció una erosión del respaldo de los cubanoamericanos al bloqueo, 56,9% en 2000 contra 80% en 1993; así como un incremento del apoyo a los viajes irrestrictos de los estadounidenses, 50,6% comparado con 38,6%. La mayoría apoyaba la exclusión de la venta de medicinas y alimentos de la política punitiva. Si en 1993, 43% de los cubanoamericanos aprobaba los viajes familiares, en 1997 lo hacía el 70%.

La coincidencia estratégica entre Clinton y la extrema derecha en cuanto a los objetivos hacia Cuba y los instrumentos que debían emplearse tendieron, una vez más, a legitimar las jerárquicas relaciones de poder en la comunidad, a favor de los elementos más reaccionarios. Clinton apeló también a sectores más moderados en quienes buscó legitimidad y asesoría para sus políticas, pero sin ser confrontacional con la extrema derecha. Uno de los jefes de la Sección de Intereses de Estados Unidos en La Habana en esta etapa, Joseph Sullivan admitiría que, “llegado el momento, los cubanoamericanos moderados no estaban dispuestos a levantarse y defender posiciones moderadas, por lo que la voz dominante claramente fue la de la FNCA y otros elementos de línea dura dentro de la comunidad” (Sullivan, 2009).

Influido por congresistas de origen cubano como Ileana Ros Lehtinen, Lincoln y Mario Diaz-Balart y Robert Menéndez, W. Bush (2001-2009) retomó la línea dura contra Cuba. Restringió las regulaciones sobre viajes educacionales; creó un grupo interagencial para la persecución de los violadores de estas regulaciones; limitó los viajes de los cubanoamericanos a uno cada tres años bajo una licencia específica para visitar a la familia inmediata (abuelos, nietos, padres, hermanos, cónyuges e hijos); intensificó la persecución de las llamadas “mulas” que transportaban dinero a los familiares para evadir las absurdas restricciones; redujo la cantidad autorizada de viáticos para una visita familiar (la cantidad autorizada permitida para gastos de comida y alojamiento para viajar a Cuba) de 164 a 50 dólares por día.

“Los mejores embajadores por la libertad”: la visión de Barack Obama

La política exterior durante el gobierno de Barack Obama se distinguió por el empleo del llamado "poder inteligente", balance en el uso de instrumentos duros y blandos, según el contexto. Esta concepción fue la respuesta de un segmento de la clase dominante al fracaso del gobierno neoconservador de W. Bush en llevar a cabo los objetivos estratégicos de Estados Unidos a través del "poder duro", la coerción y el uso de la fuerza.

Tanto en el discurso pronunciado en Miami, en la sede la FNCA, como en el documento "Nueva Asociación para las Américas", en 2008, Obama se comprometió a aplicar una diplomacia activa hacia la región dirigida a participar en la solución de los problemas económicos, sociales y políticos, ubicados en la base del auge progresista y del descrédito del intervencionismo estadounidense. Ello abarcaría el uso de los inmigrantes como exponentes de los valores estadounidenses, el aprovechamiento de las remesas para el logro de los objetivos políticos planteados, la creciente interacción con actores gubernamentales y de las sociedades civiles, entre otros aspectos coherentes con la diplomacia pública.

Respecto de Cuba, el mandatario intentó desasociarse de las políticas de cambio de régimen de W. Bush, desarticular el consenso antiimperialista predominante en la sociedad cubana y fraccionar la unidad en torno al proceso revolucionario. Revalorizó al sector privado emergente, en perjuicio del sector público predominante. La intención era exacerbar las contradicciones en las relaciones sociales de producción mediante el fomento de un capitalismo bajo su influjo, para luego intentar orientar los cambios en la superestructura.

Estados Unidos se planteó manipular dinámicas raciales, la religión, la igualdad de género, el papel de la comunidad en la sociedad y la orientación sexual estuvieron en el centro, con un uso intensivo de las nuevas tecnologías de la información.

Los cambios en la política de Estados Unidos ocurrieron en un escenario de transformaciones clave al interior de Cuba. Debe mencionarse en primer lugar la cesión de responsabilidades del líder histórico cubano Fidel Castro desde agosto de 2006, como inicio de una transición política. Los debates y el contenido sobre la actualización del modelo económico y social cubano, desde 2007 hasta 2014, operaron cambios incrementales en la sociedad civil y el Gobierno cubanos. Estos se tradujeron en aperturas a ideas competitivas sobre el futuro de la nación, mayor participación de los sectores cooperativo y privado en la economía, mayores garantías a derechos individuales y oportunidades para la inversión extranjera directa.

En tal escenario, incrementar las capacidades de influencia en la sociedad cubana se convirtió en prioridad para Estados Unidos. Este fue un factor fundamental en la decisión de restablecer vínculos diplomáticos y comenzar a normalizar las relaciones con Cuba, anunciada el 17 de diciembre de 2014. El bloqueo, de herramienta de presión para condicionar cambios en el ordenamiento interno cubano, se convirtió en un obstáculo.

En sus discursos de anuncio de la nueva política, y del 26 de marzo de 2016, en su histórica visita a Cuba, Obama reiteró el papel asignado a los estadounidenses, fundamentalmente los cubanoamericanos, como agentes de socialización de los valores de la nación; o en palabras del mandatario, dado su condición de "mejores embajadores por la libertad". A diferencia de Clinton, implementó estas iniciativas desde el inicio de su administración, de manera progresiva y sin retrocesos.

En consecuencia, Estados Unidos amplió el alcance de las categorías de viajes para Cuba, eliminó el límite para el envío de remesas familiares; expandió los envíos de dinero a cubanos por cualquier estadounidense no familiar, permitió la importación de ron y tabaco cubanos, algunas transacciones en el área de las telecomunicaciones, la colaboración farmacéutica, aerolíneas estadounidenses proveyeron servicios de vuelos programados a diferentes provincias del país, la actividad de cruceros fue autorizada, se emitieron licencias para que cadenas hoteleras como Marriott International operasen en Cuba y fueran posibles otras interacciones económico-comerciales.

Estados Unidos se convirtió en el segundo país emisor de visitantes, después de Canadá, desplazando a fuentes tradicionales como Inglaterra, Alemania, Francia, Italia y España. Un estudio de 2014 que tomó como muestra un grupo de emprendimientos en La Habana, arrojó que 77% de los propietarios iniciaron sus negocios con financiamiento de familiares y amigos que residen en el exterior (Perelló, 2014). Aun cuando faltan datos más sólidos que permitan mayores generalizaciones, el comportamiento descrito sugiere que las remesas jugaron un papel fundamental en el desarrollo de la actividad privada.

Obama ha sido el único presidente en considerar los viajes y las remesas familiares como un derecho de los cubanoamericanos. Estimuló la contracorriente migratoria cautiva por tantos años de conflicto bilateral, como parte de sus objetivos políticos. En la Directiva de Política de 2016 consta la comprensión del papel integral que la comunidad de origen cubano debía desempeñar en la normalización de las relaciones, la cual debía ir más allá de los vínculos entre los gobiernos, para incluir la reconstrucción de puentes entre los cubanos de ambos lados del estrecho de la Florida.

Por primera vez desde 1959, las acciones del presidente redundaron en una distribución de poder que tendió a favorecer a segmentos moderados o de respeto a Cuba. Las encuestas de la Universidad Internacional de la Florida entre cubanos de Miami son categóricas en cuanto al apoyo a las políticas de acercamiento (viajes pueblo a pueblo, remesas, en contra del bloqueo y a favor de la normalización de relaciones). En todos los casos, el núcleo de apoyo fundamental provino de los jóvenes y de los emigrados con posterioridad a 1980.

Obama atrajo el apoyo político y financiero de sectores moderados que abogaban por un cambio en las relaciones con Cuba, entre ellos, multimillonarios como Joe Arriola, Carlos Saladrigas, Alfonso Fanjul, Mike Fernández, Jorge Pérez, Carlos Gutiérrez. Algunos de ellos lo acompañaron durante la visita a Cuba. Este grupo era expresión simbólica de la posibilidad de superar lo que Henry Kissinger había llamado "antagonismo perpetuo" en las relaciones entre Cuba y Estados Unidos. Además, tenía la capacidad de significar el éxito de la emigración cubana en ese país, ello en coherencia con la prioridad concedida a los instrumentos blandos de la política exterior.

De vuelta al pecado original: los cubanoamericanos en la era del trumpismo

Al evaluar el mecanismo de articulación de la hegemonía de la extrema derecha cubanoamericana, el sociólogo Alejandro Portes pondera los intereses que justifican la reproducción de la ideología del exilio:

“(…) Los beneficiarios, tanto políticos como empresarios, tienen ahora mucho interés en conservar sus posiciones de privilegio. Sin embargo, para lograrlo, necesitan mantener al electorado en un estado de permanente activismo contra el régimen en la Isla. En Miami, esta misión sagrada, 'liberar a nuestro país del comunismo', es la que se traduce en votos, los cuales, a su vez, se convierten en puestos de poder en Tallahassee y Washington, y en contratos provechosos para empresarios locales” (Portes, 2003).

No quedan dudas de que la política de intercambios de Obama alteró el balance de poder en la Florida. Obama obtuvo el 48% del voto cubanoamericano en 2012, el más alto para un demócrata. En ese año el demócrata Joe Garcia se impuso al republicano David Rivera un puesto al Congreso federal en Miami Dade. Ya durante el gobierno de Donald Trump, las derrotas en 2018 del congresista Carlos Curbelo y María Elvira Salazar, quien aspiraba a ocupar el simbólico escaño disponible por el retiro de Ileana Ros-Lehtinen, vinieron a confirmar que las tendencias generacionales descritas podían traducirse en cambios políticos.

La extrema derecha cubanoamericana apreció que la política de intercambios constituía una amenaza a su estructura de poder y privilegios. A este grupo no conviene un Miami de migración cubana transnacional, pues socava la lógica de que todos los cubanos son “refugiados” y que “huyen de una dictadura” que debe ser derrocada, como han reiterado. De igual manera, los viajes familiares y los intercambios culturales entre La Habana y Miami son perjudiciales a su poder, puesto que la memoria afectiva, fundamentalmente en emigrados recientes, es antídoto eficaz contra el mecanismo movilizador a través del odio y los resentimientos.

El funcionamiento de las remesas como inversiones indirectas, junto a la posibilidad de que empresarios de Estados Unidos invirtieran en limitadas áreas de la economía cubana creó una incipiente comunidad de intereses y nuevos capitales desasociados de la política anticubana. No le conviene a la extrema derecha que los estadounidenses viajen libremente a la Isla, pues ello les permite conformar una opinión propia sobre Cuba, que frecuentemente suele diferir de la narrativa de hostilidad perpetua promovida.

No es ventajoso para estas élites que exista una relación de naturaleza cooperativa entre los dos gobiernos, incluido en áreas de seguridad nacional, porque se diluye la falsa percepción de que Cuba es una amenaza para Estados Unidos y sobre la existencia de una sociedad desgobernada. El funcionamiento armónico y estable de la sociedad cubana derrumba el mito del fracaso revolucionario.

Es con este telón de fondo que debe entenderse la agresividad del gobierno y la extrema derecha cubanoamericana para revertir el curso. Desde 2019 fundamentalmente, de la mano de este grupo, Estados Unidos aplicó una política de “máxima presión” contra Cuba en los ámbitos económico, político-diplomático, propagandístico y subversivo. Adoptó un enfoque abierto de “cambio de régimen”, orientado a sabotear quirúrgicamente las fuentes cubanas de ingresos externos, a fin de crear las condiciones de precariedad material que favorecían otros instrumentos como la subversión y la propaganda.

Además, la política se dirigió a limitar los intercambios oficiales y entre personas al mínimo, y dinamitar las bases para acercamientos futuros. En lo tocante a los cubanos, lejos quedó el objetivo de Obama de propiciar una “reconciliación” a ambos lados del estrecho de la Florida. Trump y la extrema derecha cubanoamericana asignaron un papel reaccionario a los emigrados cubanos, en sintonía con el valor primigenio de la década de 1980. De “embajadores”, los cubanoamericanos pasaron a ser “soldados” en la guerra multidimensional que Estados Unidos libró contra Cuba.

Para racionalizar la política de máxima presión, Estados Unidos organizó, orientó y financió una sofisticada arquitectura de usuarios en plataformas en internet (youtubers, influencers, tuiteros, páginas de Facebook), medios digitales (Cubanet, Cubanos por el Mundo, Diario de Cuba), en combinación con medios tradicionales (Univisión, Canal 23, Diario Las Americas) y ONG como Inspire America, la FNCA, Asamblea de la Resistencia, Movimiento Democracia, que agrupan a las élites políticas, económicas y sociales de la comunidad de origen cubano.

En su función interna, el propósito de esta arquitectura es subordinar la conducta política de los nuevos emigrados a los intereses del grupo hegemónico mediante la destrucción de los referentes políticos, ideológicos y culturales que aprendieron en Cuba, y la imposición de nuevos patrones asociados a la estructura de poder que deben respetar en Miami. En cuanto a la política exterior, el objetivo es propiciar el desmontaje político, ideológico e institucional de la Revolución.

La extrema derecha manejó a los cubanoamericanos como subconjunto de la base trumpista, y aplicó los mismos mecanismos de división, radicalización, mentiras y odio para la movilización política. Ello explica la demonización de los vínculos familiares, la justificación de las restricciones a los vuelos a Cuba; el aliento a campañas contra la reputación de artistas de reciente arribo a Miami para que militen en la contrarrevolución; la justificación de las sanciones contra los operadores cubanos de remesas; el uso de las remesas o las populares recargas telefónicas como financiamiento a conductas contra la revolución o sabotajes a objetivos económicos; el énfasis en la naturaleza supuestamente política del acto migratorio a fin de mantener viva la causa del “exilio”.

¿Los mejores “embajadores por la libertad”? el medio camino de Biden

El presidente Biden conceptualizó su política hacia Cuba como una tercera vía, ni Obama ni Trump. Luego de meses de evaluación de los efectos del trumpismo, los eventos del 11 de julio de 2021 convencieron a las elites demócratas de la validez de mantener y perfeccionar la política de máxima presión. En esa fecha miles de cubanos salieron a protestar en varios puntos de la geografía nacional por las deficientes condiciones materiales y sanitarias, vinculadas con la política estadounidense y el impacto de la pandemia de la Covid-19.

Al mismo tiempo, tomando prestado algunos elementos del poder suave potenciado por Obama, reanudó las conversaciones migratorias con Cuba, como inicio de una recuperación gradual y limitada de los intercambios oficiales y en menor medida, culturales. Esto ocurrió de modo tardío, en abril de 2022, en un contexto distinguido por lo más altos flujos migratorios irregulares desde Cuba hacia Estados Unidos.

En paralelo, el gobierno de Biden volvió a considerar a los cubanoamericanos como “los mejores embajadores por la libertad y la prosperidad” (The White House, 2021). En mayo de 2022, reautorizó el envío de remesas familiares y donativos a no familiares, así como los vuelos a otros destinos más allá de la capital. Restableció paulatinamente la presencia de su sede diplomática en la Isla, el programa de parole para la reunificación familiar y adoptó otras formas para emigrar legalmente a Estados Unidos.

Una actualización de estas regulaciones en el último año de su mandato, buscó abrir espacios de influencia en el sector privado cubano, en aprovechamiento de las nuevas regulaciones cubanas para el desarrollo de las micro y pequeñas empresas.

La reticencia de Biden a cambios más sustantivos en política también se debió a la legitimidad conferida a la extrema derecha cubanoamericana en este proceso. Vale la pena examinar el encuentro del 30 de julio de 2021 en la Casa Blanca con un grupo de cubanoamericanos, a raíz de las protestas en Cuba dos semanas antes, para abordar posibles políticas y regulaciones. Su espíritu recordaba la tibia intención de Carter en 1977, de contar con un marco legitimador de su conducta, pero sin alterar la base de poder en Washington o Miami. La composición de los participantes reflejó la orientación esencialmente conservadora política del mandatario (White House Press Briefing, 2021)

La presencia del senador Robert Menéndez garantizó que cualquier impulso a favor de la flexibilización quedara aislado. La participación de Manny Díaz, presidente del partido demócrata en la Florida fue indicativa del interés en sopesar costos y beneficios electorales. El productor musical y activista Emilio Estefan significaba el compromiso con los capitales simbólicos, políticos y económicos tradicionales del estado. Ricardo Herrero, director ejecutivo del Grupo de Estudios Cubanos; L. Felice Gorordo, director ejecutivo de la organización Raíces de Esperanza; y las hermanas Ana Sofía y Carmen Peláez, hijas de la artista plástica Amelia Peláez, aportaban una oposición política a Cuba más joven, menos desgastada y con visos intelectuales. Por otro lado, Yotuel Romero era la voz de “Patria y Vida”, tema musical de ocasión que el gobierno estadounidense pretendió convertir en himno de la contrarrevolución.

También fueron notorias las ausencias. No estaban los congresistas del sur de la Florida; Marcel Felipe, de la fundación Inspire America, uno de los conceptualizadores de la política de máxima presión; ni youtubers que llamaron a la violencia contra Cuba. Mucho menos Carlos Lazo, de Puentes de Amor, u otros partidarios del fin del bloqueo, situados en el lado opuesto del espectro político.

La conducta de las élites demócratas respondía a la percepción equivocada de que el fracaso electoral de 2020 en la Florida guardaba relación con el éxito de la narrativa antisocialista de Trump. Se impuso la lógica de que, para anular la ventaja republicana, los demócratas debían mantener en lo esencial el status quo respecto de Cuba, y enfatizar las diferencias en otros asuntos públicos como la economía, aborto y seguridad pública.

La política a medio camino de Biden resultó incoherente. Como se aprecia a lo largo de la obra de Nicholas J. Cull, la mejor diplomacia pública no puede compensar una mala política. Esfuerzos para comunicar mensajes directos hacia el pueblo cubano, tales como las felicitaciones del presidente por el día de “Cachita”, Virgen de la Caridad del Cobre; la reiteración de que la política de Estados Unidos busca ayudar al “pueblo cubano”; la organización por la Embajada en La Habana de una semana de cine estadounidense, la promoción de artistas de la comunidad LGBTIQ, o el anuncio de un taller para emprendedores privados; tuvieron en realidad poca resonancia.

El rígido marco ideológico bajo el que operó Biden no pudo diluir el hecho de que el rasgo distintivo de su gobierno fue el mantenimiento del diseño de máxima presión, que afecta a todos los grupos sociales cubanos. El presidente estadounidense no deshizo la arquitectura de medios y plataformas en internet, que estimulan la polarización entre cubanos, promueven la emigración, contaminan la cultura de la nación; intenta borrar la historia de luchas, revisitar la historia y establecer nuevas “verdades” diseñadas en laboratorios de Estados Unidos. La orientación de esta arquitectura y su control por la extrema derecha cubanoamericana, determina que el funcionamiento favorezca, estructuralmente, la reproducción de los valores e intereses del partido republicano en el sur de la Florida.

Por otro lado, la erosión de los valores democráticos en Estados Unidos debilitó la base ético-moral de la política hacia Cuba. Mientras Biden pretendió promover los derechos humanos en Cuba, la Florida, y Miami en particular, se comportaban como un ejemplo a no imitar. Florida se caracterizó por ser el estado con mayor cantidad de libros prohibidos en centros de enseñanza, el desfinanciamiento de programas sobre raza y género y los intentos por cercenar el voto afroestadounidense.

En Miami proliferaron las medidas coercitivas contra aquellos que desafiaron el poder de la extrema derecha: amenazas psicológicas, verbales y a la integridad física; pérdida de derechos migratorios; la revelación de información personal potencialmente perjudicial; amenazas de pérdida de empleos; sabotaje de conciertos y de los espacios de expresión artística; entre otros. Uno de los actos más reprehensibles fue la hostilidad contra el equipo nacional de béisbol participante en el Clásico de 2023.

CONCLUSIONES

Desde 1959, la política de Estados Unidos concibió la organización y movilización de los emigrados cubanos como fuerza contra la Revolución. Las funciones específicas asignadas, han dependido de los objetivos de la política estadounidense, en función del contexto internacional, la política interna en Estados Unidos y la realidad cubana.

En contextos en que Estados Unidos se ha desempeñado con mayor autoconfianza, y su hegemonía se apoya en logros sociales en el plano interno, confiere un papel más preponderante a la diplomacia pública y, por ende, los intercambios con Cuba se potencian.

El papel de “embajadores por la libertad” de Cuba se corresponde con un largo proceso de exploración de instrumentos del llamado poder suave por una parte de las élites de poder en Estados Unidos, asociadas fundamentalmente al partido demócrata (Carter, Clinton, Obama, Biden), con más fuerza después de la Guerra Fría, con el invariable objetivo estratégico de incorporar a Cuba a un sistema de acumulación del capital y la seguridad estadounidenses de conformidad con su proyección hegemónica.

Por el contrario, incluso después de la Guerra Fría los gobiernos republicanos (W. Bush, Trump) han sido más propensos al uso de los predominantes instrumentos de poder duro. De ahí que han limitados los contactos entre los cubanoamericanos y su país de origen, reforzando el valor contrarrevolucionario fundacional.

Este valor ha sido clave en el origen y permanencia de la extrema derecha como grupo hegemónico en el sur de la Florida. Su convergencia estratégica con las élites de poder de ambos partidos, en cuanto a los objetivos respecto de Cuba, ha anulado la participación política efectiva de otros grupos, moderados o en favor de la normalización de las relaciones bilaterales.

En reacción a las políticas de Obama, la extrema derecha cubanoamericana se movilizó para limitar las interacciones de los cubanoamericanos con su país de origen y emplear las bases del acercamiento (viajes, remesas, intercambios culturales), como instrumentos de control social sobre los emigrados, a fin de lograr que adopten posturas contrarrevolucionarias y reproducir su base.

La amenaza percibida para la estructura de poder de la extrema derecha cubanoamericana en Florida y Washington, determina la oposición a cualquier flexibilización de la política de Estados Unidos hacia Cuba. De ahí que la intención del gobierno federal de promover un papel más activo de la emigración en la política hacia Cuba, colisiona con los intereses de este grupo.

El éxito de Obama se debió a su democratización de la política hacia Cuba. Si bien tuvo en cuenta la política de Miami, no se restringió a ella. Amplió los grupos interesados en Cuba a empresarios, agentes de viajes, artistas, académicos, ciudadanos comunes, agencias gubernamentales y un público más amplio dentro de la comunidad cubanoamericana, más allá de los sectores más recalcitrantes.

No es el presente trabajo una radiografía de las tendencias políticas de la comunidad de origen cubano en EE. UU., su relación con el país de origen o el gobierno estadounidense. De ahí que se recomienda ahondar en los mecanismos de poder de la extrema derecha cubanoamericana; la movilización política de los cubanoamericanos en la era de internet, la desinformación y la inteligencia artificial; la participación política de grupos de cubanoamericanos no afiliados a la extrema derecha; así como los desafíos y oportunidades para la normalización de las relaciones entre Cuba y los cubanoamericanos.

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