El país del “nosotros contra ellos”. Radiografía de un Estados Unidos polarizado durante la contienda electoral presidencial del 2024
The land of “us vs. them”: a snapshot of a polarized United States during the 2024 presidential election
Le pays du « nous contre eux ». Un aperçu d'une Amérique polarisée lors de l'élection présidentielle de 2024
A terra do "nós contra eles". Um retrato dos Estados Unidos polarizados durante a eleição presidencial de 2024
Lic. Edwin Cristian García Vivas*
Licenciado en Relaciones Internacionales. Funcionario de la Dirección Política de Norteamérica del Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos (ICAP), La Habana, Cuba. ec.garciav02@gmail.com 0009-0007-1728-706X
M. Sc. Humberto Sainz Cano*
Máster en Historia Contemporánea, mención en Relaciones Internacionales. Profesor Auxiliar del Centro de Estudios Hemisféricos y sobre Estados Unidos. (CEHSEU) de la Universidad de La Habana y profesor adjunto del Instituto Superior de Relaciones Internacionales Raúl Roa García, La Habana, Cuba. humbertosainzc@gmail.com 0000-0003-2316-0253
*Autor para la correspondencia: ec.garciav02@gmail.com; humbertosainzc@gmail.com
Cómo citar (APA, séptima edición): García Vivas, E. C., & Sainz Cano, H. (2026). El país del "nosotros contra ellos". Radiografía de un Estados Unidos polarizado durante la contienda electoral presidencial del 2024. Política internacional, VIII (Nro. 1), 25-44. https://doi.org/10.5281/zenodo.17857625
https://doi.org/10.5281/zenodo.17857625
Recibido: 10 de noviembre de 2025
Aprobado: 8 de diciembre de 2025
publicado: 13 de enero de 2026
RESUMEN El artículo tiene como objetivo analizar la evolución de la polarización política y el populismo de derecha en Estados Unidos, con énfasis en su impacto durante las elecciones presidenciales de 2024. Se trata de un estudio cualitativo de corte analítico-interpretativo, basado en una revisión crítica de literatura académica especializada y fuentes secundarias de información. La investigación también incorpora datos de encuestas, reportes periodísticos y análisis postelectorales, asociado al ciclo electoral de 2024. El artículo se apoya en un marco teórico que combina aportes conceptuales sobre polarización política, populismo de derecha, guerra cultural y nativismo. El presente trabajo expone cómo la polarización en EE. UU. ha evolucionado desde una divergencia ideológica moderada hacia un antagonismo estructural y afectivo, profundizado por la desigualdad socioeconómica, la fragmentación mediática y la deslegitimación de instituciones democráticas. El populismo de derecha, encarnado por Donald Trump, ha consolidado una narrativa dualista —“el pueblo” vs. “la élite corrupta”— que simplifica los problemas nacionales y moviliza identidades excluyentes. En la contienda electoral de 2024 tanto Trump como Harris presentaron propuestas y estilos comunicativos radicalmente opuestos, independientemente que ambos entronizaban en sus discursos los intereses de una mayoría, entendida como el pueblo estadounidense. Una limitación del estudio es el uso de fuentes secundarias y el carácter preliminar de su evaluación de un evento tan reciente. El artículo concluye que estas dinámicas han generado un panorama político marcado por la fragmentación, la pérdida de confianza en los procesos democráticos y una profunda incertidumbre sobre la estabilidad futura del sistema político estadounidense.
Palabras claves: Estados Unidos, Polarización, Nativismo, Guerra Cultural, Populismo de Derecha
ABSTRACT This article aims to analyze the evolution of political polarization and right-wing populism in the United States, with an emphasis on its impact during the 2024 presidential election. It is a qualitative, analytical-interpretive study based on a critical review of specialized academic literature and secondary sources. The research also incorporates data from surveys, journalistic reports, and post-election analyses related to the 2024 electoral cycle. The article is supported by a theoretical framework that combines conceptual contributions on political polarization, right-wing populism, culture war, and nativism. This paper demonstrates how polarization in the U.S. has evolved from a moderate ideological divergence toward a structural and affective antagonism, deepened by socioeconomic inequality, media fragmentation, and the delegitimization of democratic institutions. Right-wing populism, embodied by Donald Trump, has consolidated a dualistic narrative—"the people" vs. “The corrupt elite”—which simplifies national problems and mobilizes exclusionary identities. In the 2024 election, both Trump and Harris presented radically opposed proposals and communication styles, even though both emphasized the interests of a majority, understood as the American people, in their speeches. One limitation of the study is its use of secondary sources and the preliminary nature of its assessment of such a recent event. The article concludes that these dynamics have generated a political landscape marked by fragmentation, a loss of confidence in democratic processes, and profound uncertainty about the future stability of the American political system.
Keywords: United States, Polarization, Nativism, Culture War, Right-Wing Populism
RÉSUMÉ Cet article analyse l'évolution de la polarisation politique et du populisme de droite aux États-Unis, en particulier leur impact lors de l'élection présidentielle de 2024. Il s'agit d'une étude qualitative, analytique et interprétative, fondée sur une analyse critique de la littérature académique spécialisée et de sources secondaires. La recherche intègre également des données issues d'enquêtes, de reportages journalistiques et d'analyses post-électorales relatives au cycle électoral de 2024. L'article s'appuie sur un cadre théorique combinant des contributions conceptuelles sur la polarisation politique, le populisme de droite, la guerre culturelle et le nativisme. Ce travail démontre comment la polarisation aux États-Unis est passée d'une divergence idéologique modérée à un antagonisme structurel et affectif, exacerbé par les inégalités socio-économiques, la fragmentation des médias et la délégitimation des institutions démocratiques. Le populisme de droite, incarné par Donald Trump, a consolidé un discours dualiste – « le peuple » contre « l'élite corrompue » – qui simplifie les problèmes nationaux et mobilise des identités d'exclusion. Lors de l'élection de 2024, Trump et Harris ont présenté des propositions et des styles de communication radicalement opposés, bien que tous deux aient insisté, dans leurs discours, sur les intérêts de la majorité, entendue comme le peuple américain. L'une des limites de cette étude réside dans son recours à des sources secondaires et dans le caractère préliminaire de son analyse d'un événement aussi récent. L'article conclut que cette dynamique a engendré un paysage politique marqué par la fragmentation, une perte de confiance dans les processus démocratiques et une profonde incertitude quant à la stabilité future du système politique américain.
Mots-clés : États-Unis, polarisation, nativisme, guerre culturelle, populisme de droite
RESUMO Este artigo tem como objetivo analisar a evolução da polarização política e do populismo de direita nos Estados Unidos, com ênfase em seu impacto durante a eleição presidencial de 2024. Trata-se de um estudo qualitativo, analítico-interpretativo, baseado em uma revisão crítica da literatura acadêmica especializada e de fontes secundárias. A pesquisa também incorpora dados de pesquisas, reportagens jornalísticas e análises pós-eleitorais relacionadas ao ciclo eleitoral de 2024. O artigo é sustentado por um arcabouço teórico que combina contribuições conceituais sobre polarização política, populismo de direita, guerra cultural e nativismo. Este trabalho demonstra como a polarização nos EUA evoluiu de uma divergência ideológica moderada para um antagonismo estrutural e afetivo, aprofundado pela desigualdade socioeconômica, fragmentação da mídia e deslegitimação das instituições democráticas. O populismo de direita, personificado por Donald Trump, consolidou uma narrativa dualista — "o povo" versus "a elite corrupta" — que simplifica os problemas nacionais e mobiliza identidades excludentes. Nas eleições de 2024, tanto Trump quanto Harris apresentaram propostas e estilos de comunicação radicalmente opostos, embora ambos tenham enfatizado os interesses da maioria, entendida como o povo americano, em seus discursos. Uma limitação do estudo é o uso de fontes secundárias e a natureza preliminar de sua avaliação de um evento tão recente. O artigo conclui que essa dinâmica gerou um cenário político marcado pela fragmentação, pela perda de confiança nos processos democráticos e por uma profunda incerteza quanto à estabilidade futura do sistema político americano.
Palavras-chave: Estados Unidos, Polarização, Guerra Cultural, Nativismo, Populismo de Direita
INTRODUCCIÓN
La polarización política en Estados Unidos (EE. UU.) ha sido objeto de amplios estudios académicos, con mayor intensidad a partir de la década del 2010. Diversos factores políticos, económicos y sociales crean y profundizan divisiones a lo interno de la sociedad estadounidense. En la actualidad se percibe una agudización de estos elementos, lo que genera una mayor agitación y fractura social en todo el país. Las crisis económicas y consecuencias en el deterioro en el imaginario del sueño americano han jugado un papel innegable en el contexto de estas segmentaciones recientes, entre otros factores.
Al abordar la polarización política, es posible encontrar varias definiciones propuestas por distintos autores. Si bien estos se refieren al mismo tema, hay diferencias en cómo explican su origen, a qué sectores afecta y quiénes están involucrados.
No obstante, es necesario explicar la polarización de forma general, ya que se entiende a este fenómeno como un concepto clave para luego poder analizarlo en su expresión en la política.
Para ello, se propone la definición y los análisis brindados por Domínguez et al. (2022), el cual plantea que “(…) la polarización se define como la organización de un sistema político en torno a distintos polos (…)”, en tanto “los polos son los puntos donde la intensidad de las relaciones que atraen a los componentes del sistema es máxima, por lo que estos últimos tienden a agruparse en torno a los primeros” (p.27).
Al ajustar el concepto anterior al ámbito político, se puede definir como polarización política al “proceso de organización del sistema y los procesos políticos, o algunos de sus ámbitos, según polos diferenciados, en torno a los cuales se aglutinan las posiciones y preferencias políticas de los diversos sujetos participantes” (Domínguez et al., 2022:63; Domínguez, 2022:11).
Para el caso particular de los EE. UU., que tiene una variante característica de polarización política, Domínguez et al. (2022) la define como “el proceso de aglutinamiento de ciudadanos y políticos en torno a dos polos diferenciados en un eje que va del liberalismo radical al conservadurismo radical, identificado como un eje izquierda-derecha” (p.32).
La polarización como fenómeno político se acelera en periodos de crisis, lo que sumado a la desigualdad y la evidente pérdida de legitimidad de los partidos tradicionales en EE. UU., facilitan la aparición de nuevas visiones políticas. Así surgen y cobran fuerza formas de hacer política como el populismo, siendo más notable en los últimos años el de derecha.
A pesar de que la polarización política propicia la aparición del populismo, este a su vez agrava las divisiones prexistentes. Esto puede explicarse pues el discurso populista crea una “separación antagónica” entre “el pueblo” y “la élite” al utilizar, sobre todo, un lenguaje confrontacional, tal como explica Domínguez et al. (2022).
Sobre este fenómeno en auge, Rodríguez (2024) plantea que el populismo “no es una ideología política única (...), sino más bien una lógica o estrategia de acción política” (p.24). Se caracteriza por un antagonismo fundamental entre "el pueblo puro" y "la élite corrupta" (...), insistiendo en que la política debe ser una expresión de la voluntad general del pueblo (p.18).
El populismo es un fenómeno histórico en Estados Unidos (…) y el de derecha, particularmente, es una reacción directa contra el establishment y el bipartidismo tradicional. Surge a menudo del resentimiento por la percepción de pérdida real o imaginada de estatus por parte de sectores que antes se consideraban privilegiados. (Rodríguez, 2024:30).
Ciertos sectores sociales asumen su posición dentro de la jerarquía social como una consecuencia inherente a una concepción particular de la nación, acaso investida de un carácter excepcional o predestinado. Estos sectores son, sobre todo, de la clase media estadounidense.
Según Rodríguez (2024), el populismo puede ser de dos variantes, de izquierda y de derecha, y su distinción principal radica en su estructura, la que puede ser diádica en el caso de la primera y triádica en el caso de la segunda. En tal sentido, establece que:
Mientras que el populismo de izquierda se identifica por el enfrentamiento pueblo vs. élite/establishment, el populismo de derecha defiende al pueblo frente a una élite a la que acusan de favorecer o “mimar” a un tercer grupo, Este tercer grupo puede estar compuesto por inmigrantes, islamistas, activistas de minorías, u otros. (p.12).
El populismo de derecha actual en EE. UU. se exhibe como un nacionalismo de identidad blanca y rechazo a la corrección política, un nacionalismo de tipo étnico, con ribetes religiosos en no pocas ocasiones. Su retórica simplista y agresiva construye la alteridad para, en palabras de Rodríguez (2024), «consolidar una identidad grupal "nosotros" en contraposición a un colectivo externo "ellos"» (p.7). Este discurso manipulador ofrece soluciones fáciles a problemas complejos, de este rasgo surge la clasificación de simplista.
La polarización política y el populismo de derecha en EE. UU., especialmente el visto en la actualidad con Donald Trump, tienen raíces profundas en la crisis financiera de 20081. Esta Gran Recesión del 2008, exacerbada por la desregulación que aumentó la desigualdad económica y por ende la social, generó amplio descontento y desconfianza hacia el sistema debido a los rescates financieros.
En este clima, surgió el movimiento Tea Party2, impulsado por élites conservadoras que capitalizaron la ira pública. Asimismo, radicalizó al Partido Republicano, lo que intensificó la polarización legislativa y partidista. Esta base radicalizada y descontenta, moldeada por el Tea Party, fue clave para la emergencia y el éxito del populismo de derecha, encarnado por Trump más recientemente.
Las elecciones presidenciales de 2024 en EE. UU. mostraron una polarización y populismo de derecha intensificados. El contraste entre Trump (ultraconservador y “salvador") y Biden/Harris (representantes del “injusto” establishment y decadente sistema) amplificó las divergencias. Sus campañas tuvieron propuestas muy opuestas y controvertidas en temas clave. Esto desveló las profundas fracturas políticas y divisiones en la opinión pública.
Esta nube de propuestas no se limitó a la mera disparidad de opiniones; se manifestó como una resistencia sistémica al compromiso, con cada facción arraigada en sus posiciones. La retórica empleada a lo largo del ciclo electoral, y las reacciones a los resultados electorales per se, demostraron aún más el grado en que la nación se encuentra segmentada.
La estrategia de Trump explotó resentimientos y ansiedades de sectores descontentos con el poder establecido. Sus seguidores mostraron hostilidad hacia instituciones y élites, por lo que apoyaron a un líder disruptivo contra el sistema percibido como "podrido". El populismo de derecha, ejemplificado por Trump, capitalizó el resentimiento por el declive social, y en contraposición dio forma a una identidad política nacionalista de corte nativista, bajo el eslogan: Make America Great Again (MAGA).
El presente artículo tiene como objetivo general: analizar la evolución de la polarización política y el populismo de derecha en los Estados Unidos y su impacto durante las elecciones presidenciales de 2024. Para ello se realiza un estudio cualitativo de corte analítico-interpretativo, basado en una revisión crítica de literatura académica especializada y fuentes secundarias de información.
DESARROLLO
La evolución de la polarización política y el populismo de derecha en Estados Unidos.
La polarización política en EE. UU. es un proceso complejo cuyas causas históricas, lógicas institucionales y avances tecnológicos se han conectado poco a poco desde un desfase moderado hasta una antítesis estructural con profundas implicaciones sociales y gubernamentales. Desde el viraje conservador del Sur tras la aprobación de los derechos civiles, que se opuso al perfil liberal del Noreste y la Costa Oeste, se delineó un mapa político dividido en polos rojo y azul que penaliza la moderación y premia la radicalidad, lo que obliga a las voces intermedias a replegarse o desaparecer (Domínguez y Barrera, 2018:15-16).
La persistencia del sesgo de la fractura regional fundacional, junto al federalismo asimétrico y la consolidación del sistema bipartidista contribuyen, según explica Domínguez y Barrera (2018), a restringir la representación de la minoría y a poner de relieve las divergencias y polarización entre élites.
No obstante, la confirmación de esta polarización no se produce solamente debido a las existentes divergencias programáticas entre demócratas y republicanos, sino que también debe ser entendida como un proceso en el que las élites construyen concepciones ciudadanas a la vez que retroalimentan identidades en conflicto. Según enfatiza Domínguez y Barrera (2018), cuando los líderes de la política hacen discursos lo suficiente distantes de las presiones sociales que se dan, fomentan un efecto de retroalimentación que da lugar al antagonismo identitario.
Este ciclo de discursos polarizantes encuentra un caldo de cultivo en la creciente desigualdad económica y la concentración de riqueza, que generan “estados de inestabilidad de estatus” y predisponen a la población a buscar voces de cambio radical.
Referido a su impacto en la cuestión electoral, Domínguez y Barrera (2018) explican que la selección de candidaturas refuerza esta dinámica al favorecer perfiles ideológicamente extremos, dado que son los únicos capaces de movilizar electorados polarizados. Estudios sobre la entrada de candidatos ciudadanos de Großer y Palfrey (2014) demuestran que aquellos con posturas muy diferenciadas constituyen la base de apoyo más sólida en primarias, lo cual profundiza la distancia entre los partidos y reduce el espacio para los llamados “moderados”.
El populismo de derecha como manifestación política ha capitalizado estas fracturas al poner en el centro narrativas de confrontación entre “el pueblo puro” y “la élite corrupta”, asimismo, señala a terceros —minorías étnicas o grupos sociales— como responsables de problemas nacionales (Domínguez et al., 2022:91). Una narrativa marcada por la construcción e identificación de un enemigo. Movimientos como el Tea Party y líderes como Donald Trump profundizaron esta “polarización afectiva”, lo que ha desplazado el debate racional por retóricas que son en su mayoría simplistas y belicosas.
En el contexto estadounidense, se evidencia un notable desgaste institucional, reflejo de una crisis global en las instituciones representativas tradicionales, tal como describe Przeworski (2022). Esta situación se agrava por la creciente pérdida de confianza ciudadana en los políticos, partidos y las estructuras institucionales encargadas de gestionar los conflictos sociales. Przeworski (2022) conceptualiza esto como un "debilitamiento de la democracia", donde, a pesar de la centralidad del mecanismo electoral, el sistema puede deteriorarse cuando actores o partidos profundamente ideológicos buscan desmantelar los obstáculos institucionales para consolidar su ventaja política y ganar discrecionalidad en la elaboración de políticas.
Así pues, los actores políticos, particularmente aquellos con ideologías muy marcadas que pretenden obtener y consolidarse en el poder, propician el desgaste institucional al desafiar los frenos y contrapesos tradicionales. Las figuras que se hacen políticamente fuertes ante la población, como la de Trump, son un claro ejemplo de esa dinámica. De este modo, el desgaste institucional, la hostilidad y la polarización van alimentándose; un círculo del que se deriva la erosión de la capacidad de gestionar el conflicto y, por ende, propicia la polarización, y esta a su vez alimenta la erosión de las normas y las estructuras democráticas.
El cuestionamiento y descrédito de instituciones clave —tribunales, prensa y agencias electorales— arroja sombras sobre la imparcialidad del sistema y genera desconfianza interpersonal. El declive de la confianza social y la percepción de ineficacia institucional propician la deslegitimación mutua, lo cual alimenta un clima propicio para la violencia política, como evidenció el asalto al Capitolio el 6 de enero de 2021 (Domínguez et al., 2022:133).
Aunado a lo anterior y utilizadas por estas figuras, se encuentra el auge de las redes sociales como principales canales de información política, las cuales han desplazado a los medios tradicionales, fragmentado audiencias y reducido la exposición a perspectivas contrarias. Esta tendencia focaliza la atención en contenidos sensacionalistas y refuerza la polarización, al premiar la viralidad, ser creíble sobre la veracidad.
Esta estrategia es vista en el actuar de figuras de ultraderecha como son el propio Trump en su red social Truth Social, y más recientemente de aliados suyos con ideología similar, como el multimillonario Elon Musk, quien adquirió incluso, una de las compañías de redes sociales más importantes del mundo en materia de comunicación política: Twitter3. Bajo el supuesto amparo de la libertad de expresión, se erosionan los límites de responsabilidad comunicacional, de convivencia y pluralidad para transitar a la creación de espacios de posicionamiento político, marcados por la confrontación política visceral.
Por ello, la polarización política en EE. UU. hoy, alimentada por desigualdades socioeconómicas, dinámicas de élites sin contrapesos y ecosistemas mediáticos segmentados, ha pasado de un distanciamiento moderado a un antagonismo estructural, marcado en todas las esferas de la sociedad estadounidense.
El populismo de derecha en EE. UU. no es un fenómeno aislado o nuevo; hunde sus raíces en la tradición nativista4 y reaccionaria de sectores conservadores que se sienten desplazados o amenazados por los cambios sociales, económicos y demográficos. Ya en la década de 1960, el discurso de George Wallace, gobernador de Alabama, condensaba la idea de que las élites liberales traicionaban a los “verdaderos” estadounidenses al favorecer a las minorías raciales a expensas de los blancos trabajadores (Judis, 2018:36). Wallace estableció un patrón que sería replicado más tarde de otras formas: la combinación de racismo, resentimiento económico y oposición a la burocracia federal. Esta articulación del descontento a partir de una narrativa de “usurpación” por parte de otros —negros, inmigrantes, feministas— abrió camino para la consolidación del populismo de derecha como una forma dominante del malestar en sectores amplios del electorado blanco.
La evolución del populismo de derecha estadounidense se vio acentuada por las transformaciones económicas de corte neoliberal —cuyos orígenes se ubican entre los años 70 y 80 del siglo pasado— se hicieron aún más evidentes y con ello las desigualdades estructurales (Coles, 2017) en la sociedad estadounidense. La desindustrialización, la globalización y la precarización del trabajo crearon un clima de abandono en algunos sectores de clase media y en la clase trabajadora, esencialmente, en los territorios rurales e interiores.
Tal como se expresa en Domínguez et al. (2022) esto ocurre porque son los sectores mencionados anteriormente los más perjudicados por el colapso del Estado de bienestar, la terciarización de la economía y la concentración de la riqueza en manos de una élite financiera y tecnológica, lo cual motivó que el populismo de derecha surgiese como respuesta emocional y política a ese deterioro del contexto material, y brindaba una explicación clara: el pueblo está siendo traicionado por una élite que ya no representa sus valores, ni lucha por sus intereses.
La crisis financiera de 2008, conocida como la "Gran Recesión", es antecedente directo de los recientes movimientos de tipo populista. Esta aumentó la desigualdad económica en EE. UU. y mostró el aislamiento de una élite alejada de la realidad del ciudadano común. La burbuja inmobiliaria estalló, dejando a millones sin hogar y con deudas, mientras, los rescates públicos protegieron a bancos y corporaciones sin "castigar" a los responsables.
Frente a la brutalidad del colapso económico, se hizo evidente el agravio estructural, lo cual cimentó la convicción emocional en la población de que la sociedad había sido injustamente dividida, situándose en el imaginario colectivo aquellas personas en dos facciones, la del posteriormente llamado "99%" que tenía que lidiar con sus dificultades y la del "1%", que, disfrutaba de privilegios y, por tanto, estaba a salvo de la caída de la economía. Esta brecha y la rabia que generaría la conciencia de injusticia encontrarían rápidamente senderos de expresión política.
El descontento fue concretándose y mostró sus frutos a partir de septiembre de 2011 en Wall Street tras la ocupación de la plaza Zuccotti Park, donde surgió el movimiento Occupy Wall Street. La ocupación fue llevada a cabo por jóvenes universitarios que, endeudados por unas hipotecas o por préstamos de estudios, se unieron a los veteranos de las protestas contra la globalización de 1999, comenzaron a utilizar el slogan fundacional del “99%” y denunciaron la codicia y corrupción de la minoría rica.
No hubo un liderazgo, ni objetivos muy concretos más allá del de cuestionar el neoliberalismo, pero el movimiento Occupy fue capaz de golpear una tecla sensible al mostrar la injusta concentración de la riqueza y del poder; ocupó decenas de ciudades del país y se desvaneció tras las acciones policiales de desalojos masivos.
A la par, la derecha conservadora vio nacer en ese mismo momento una corriente de corte populista, motivados por la llegada de Barack Obama —afrodescendiente— a la oficina Oval, el desencanto por los rescates financieros tras la crisis de 2008, así como por la reforma sanitaria (Obamacare).
Su denominación surge, según Judis (2018) del llamado de un comentarista de CNBC, Rick Santelli, para organizar una tea party5 desde la bolsa de Chicago con un llamado a protestar contra "pagar por la hipoteca del vecino". Esto dio origen al movimiento que toma este apelativo y se consolidó gracias a la constitución de grupos locales a través de redes sociales, apoyados en organizaciones influyentes como FreedomWorks y Americans for Prosperity, y con la organización de manifestaciones masivas en varias ciudades. Su discurso daría pie a que se empezara a tejer un trayecto entre las nociones de "los que dan" y "los que reciben sin dar nada a cambio", y apuntaban al gobierno con la alusión de que favorecía a grupos considerados "improductivos" a expensas del contribuyente.
A la vez, el Partido Republicano no se alejaba de la creciente indignación, sino que la adoptó y la amplificó. Las elecciones de 2010 vieron el surgimiento de candidatos muy vinculados con el Tea Party en el Congreso y el Senado, que desafiaron y, muchas veces, derrotaron en las primarias a figuras del establishment republicano a quienes acusaban de estar demasiado ligados a Wall Street y de traicionar el libre mercado.
El Tea Party logró imponer una agenda política dominada por la reducción de impuestos y la oposición radical al Obamacare, así como el rechazo a cualquier reforma de la inmigración. Todo ello erosionó el consenso neoliberal revivido en las dos décadas anteriores y obligó al Partido Republicano a moverse hacia posiciones más radicales para asegurar el apoyo de su base más activista.
Así es como, de este caldo de cultivo de desigualdad, desconfianza institucional y narrativas de salvación con mano dura, brota el fenómeno Donald Trump. La candidatura de este individuo supo unir, con gran habilidad, el resentimiento de la derecha con la insatisfacción generalizada hacia el establishment. Al presentarse como un outsider6 capaz de "drenar el pantano" de Washington.
Trump supo capitalizar la retórica del Tea Party y el ímpetu reaccionario tras la Gran Recesión, lo cual sumaba además una inusitada dosis de nacionalismo étnico y proteccionismo económico que lo convirtió en el salvador ideal para quienes sentían que nadie más defendía sus intereses.
De esa forma, Trump aparecería como el líder que encarna y representa la radicalización de la derecha populista en el contexto político estadounidense, y es también el más emblemático ejemplo de figura "salvadora" que pretende restaurar el orden perdido y contrarrestar la “degeneración cultural” que vive la nación.
Judis (2018) asegura que la campaña de 2016 había movilizado un discurso fuertemente populista y de derechas, donde él mismo se proclamaba como la única persona capaz de enfrentar al establishment corrupto y devolver el poder al pueblo. Trump no se basaba en un programa político convencional y detallado, algo que quedó evidenciado en la desmesura ocasional de sus actos.
En su lugar, trabajó un discurso que daba voz directamente a la emoción, en el que los enemigos a los que señalaba eran claros: los inmigrantes, los medios de comunicación, los burócratas de Washington y los acuerdos internacionales contrarios y contraproducentes a la hegemonía estadounidense. Esa construcción de un "otro" enemigo podía entonces canalizar el descontento y dar un sentido politiquero a partir de una identidad colectiva excluyente.
Donald Trump fue, sin duda alguna, el exponente perfecto de este populismo de derecha, y su legitimación se articuló a través de una crítica letal a las instituciones democráticas. Utilizó y sobredimensionó el escepticismo generalizado sobre el Congreso, arremetió contra la justicia, descalificó a los medios tradicionales como propagadores de fake news7, desafió a los partidos políticos tradicionales, a su propio partido, el Partido Republicano, y creó un vínculo enajenante respecto de estos, al atacar su credibilidad y su lógica de representación, esencia a la que, en su discurso personal, él opone una forma de representación directa, a través de la cual él habla directamente en nombre del “verdadero pueblo estadounidense” y no hace uso de las instituciones. Su arma de mayor rendimiento y mucho más directa para la llegada al pueblo: las redes sociales.
Así, Trump reconfiguró la relación entre ciudadanía y política y desplazó la deliberación por la apelación directa a la emoción, y sustituyó la institucionalidad por la abrumadora personalización del poder en torno a su figura.
Cabe señalar que esta tendencia, muy enraizada en su confrontacional liderazgo, erosionó desde dentro el llamado liberalismo democrático, pues acabó por forjar una visión binaria del mundo: "nosotros, los verdaderos estadounidenses", encabezados por él, frente a "ellos", la élite traidora y sus protegidos, identificados como sus oponentes políticos, las instituciones que criticaba y las minorías.
Debe destacarse que uno de los aspectos más peligrosos del populismo de derecha que encarna el neoyorquino es la utilización del nacionalismo étnico como forma de movilización; una retórica antinmigrante que resulta especialmente agresiva al aplicar una violenta difamación, especialmente referida a latinoamericanos y musulmanes, lo cual reivindica la supremacía blanca con formas más o menos camufladas.
El muro fronterizo, desde la óptica trumpista, era mucho más que una medida de seguridad: era una demostración de lo que se busca como forma de segregación. Era, efectivamente, un símbolo que sirvió para acrecentar las divisiones raciales y sociales, pero al mismo tiempo para cimentar una base de identidad política uniforme y radicalizada, una identidad que se construye sobre el rechazo al pluralismo y la diversidad, los cuales se consideran como valores constitutivos de la nación estadounidense.
Es de gran interés hacer notar que, en las últimas décadas, el populismo de derecha ha sido cada vez con mayor frecuencia acompañado de los medios alternativos, de las redes sociales y de las organizaciones ideológicamente extremas que los refrigeran y amplifican. La desinformación, la teoría conspirativa y el asumir el rechazo a los consensos científicos y técnicos es parte del mismo ecosistema que sostiene y alimenta el enfrentamiento que produce la polarización y el enfrentamiento. En este sentido, Colomer (2023) indica que:
Las elecciones del 2020 y el episodio del 6 de enero del 2021, cuando se produce el asalto al Capitolio, ponen de manifiesto hasta qué punto la retórica populista de derecha puede convertirse en acción directa contra las instituciones democráticas, cuando estas son consideradas ilegítimas o traidoras (p.157).
El populismo de derecha en EE. UU. se establece como una de las principales fuerzas en el seno del Partido Republicano. Este ascenso tiene detrás una mezcla de factores estructurales, como la desigualdad social, el cambio demográfico y de estrategias discursivas, como la disección de los oponentes y la personalización del liderazgo, que favorecen a una especie de autoritarismo democrático. La gran profundidad del desafío que supone para la democracia estadounidense es que no solo es una batalla electoral, sino que es una lucha en profundidad por los valores, las reglas y los significados a partir de los cuales se construye el sistema político de EE. UU., es también un escenario de guerra cultural a lo interno de la nación.
Con respecto a este término, tiene sus apariciones para la década del 70 del siglo pasado, específicamente en los Estados Unidos, y existe cierto consenso sobre el estudio de James Davidson Hunter (1991). Este sociólogo estadounidense sostiene que la guerra cultural expone las contradicciones existentes en el seno de la sociedad y están marcadas por conflictos morales y culturales. La rivalidad manifiesta tiene por objetivo no solo el alcance del poder, sino a través de este definir la realidad misma. Los niveles de confrontación en la dinámica sociopolítica resultan alarmantes, avizorando escenarios de una posible guerra civil (Walters, 2022).
Una adecuada comprensión de la reciente evolución política de EE. UU. requiere analizar de forma profunda la creciente polarización y el auge del populismo de derecha, fenómenos que, si bien no son iguales, han tenido un carácter muy interdependiente a la hora de intensificarse.
Los orígenes de esta convergencia penetran en los antecedentes estructurales y discursivos: por un lado, las tensiones socioeconómicas como la creciente desigualdad, la vulnerabilidad en el empleo y la evolución demográfica dieron lugar a un ecosistema cultural fértil de descontento y sensación de abandono social; por el otro, las dinámicas institucionales históricas —desde el viraje conservador que consolidó un mapa político dividido en dos, hasta la rigidez del sistema bipartidista que “penaliza” la posición moderada o centralista— generaron las condiciones para un antagonismo estructural.
Desde este espacio favorable, las élites políticas y los discursos polarizadores, los cuales, a su vez, se generaban en este ambiente de segmentación de los medios y de las burbujas de la información en las redes sociales, hicieron crecer las identidades enfrentadas y acentuaron la desconfianza hacia las instituciones tradicionales; de esta manera, fue propiciado el espacio para la emergencia de fuerzas antisistema.
La actual situación de fractura interna va más allá de la mera contienda a partir de las elecciones, es una lucha a lo interno de los EE. UU. en todas las esferas, pero también sobre su lugar en la pugna hegemónica en el escenario internacional, a la vez que pone a prueba la caducidad de sus bases democráticas con respecto a un autoritarismo exacerbado.
Manifestaciones de la polarización política en el proceso electoral de 2024.
La elección a la presidencia de EE. UU. para el año 2024 se desarrolló indudablemente en un ambiente político muy polarizado, en el que incluso los propios reportes de algunos medios de comunicación, como The Associated Press (AP) reproducían a la letra las afirmaciones de dirigentes de los partidos, demócrata y republicano, al referirse a la elección, como “la más importante en generaciones” (Mejia, 2024).
El Pew Research Center advertía en un estudio del proceso electoral que “el conflicto ideológico entre partidos ha crecido de forma notable, transformándose en una fuerza divisoria que amenaza con socavar el tejido social de la democracia estadounidense” (Cabrera, 2024). Esa fractura no solo responde a divergencias programáticas, sino a una división cultural: cuestiones clave como la economía, la inmigración o los derechos reproductivos han pasado a ser símbolos identitarios contra los cuales se miden “enemigo interno” y “defensores del pueblo” mutuamente. De esta forma, el ciclo electoral de 2024 sirvió de escaparate para mostrar cómo las tensiones estructurales y discursivas se han asentado en la sociedad estadounidense, ante un electorado cada vez más fraccionado.
En medio de esta situación se desarrolló el proceso eleccionario, que realizaba la simultaneidad de las elecciones presidenciales con la renovación de toda la Cámara de Representantes y un tercio del Senado. Ambos partidos rivalizaban sin primarias nacionales muy competitivas (Donald Trump como claro favorito republicano, Joe Biden como demócrata titular), lo que prometía una campaña que se viviría en clave de ofensiva y revancha política en lugar de grandes debates de propuestas.
La contestación legislativa fue testigo de la misma rigidez de los partidos: trabajos sobre el Congreso muestran que los distritos electorales se han convertido en “menos competitivos y más seguros para un partido únicamente” (Brookings, s. f.).
Por ello, la polarización se manifestó desde el inicio en una carrera presidencial de alta intensidad y unas elecciones legislativas caracterizadas por la predecible alineación idéntica de los legisladores con sus banderas partidistas.
La etapa inicial de la campaña fue la batalla de Trump contra Biden. Desde el principio, el republicano se mantuvo en la línea de su retórica populista y de confrontación. Mientras, Biden se enfocó en defenderse de las acusaciones realizadas por su oponente de haber desarrollado una pésima gestión presidencial, aderezada por señalamientos aupados en no poca medida por los medios y redes sociales sobre el estado de las facultades mentales del titular de la oficina oval.
La estrategia de campaña del aspirante a la Casa Blanca combinaba mítines masivos con acusaciones a la prensa y a la “élite corrupta”, amplificada por el efecto altavoz que tienen las redes sociales: por ejemplo, Reuters afirmó que durante su juicio penal, Trump llevaba a cabo declaraciones diarias fuera de la corte y saturaba su plataforma Truth Social con mensajes de “cacería de brujas” en su contra y “ataques a la democracia” (Layne, 2024). En cambio, la presencia del inquilino de la Casa Blanca se vio oscurecida por dudas generalizadas acerca de su edad, salud y vigor.
En un relevante debate presidencial que tuvo lugar el 28 de junio de 2024 Biden hizo un papel dudoso, el cual ponía en juego ante la población su claridad mental, si se tiene en cuenta la cifra del 81 % de los votantes que en el mes de abril opinaban que era “mentalmente lúcido”; frente al hecho de que sólo un 24 % decían que lo era después del debate (Doherty, 2024).
Es decir, era evidente la debilidad del demócrata en cuanto a la percepción popular que se tenía de él y ponía en evidencia la carencia de un líder por el Partido Demócrata. Por ello, a partir de ese momento emergía la idea de que más que un líder entusiasta, Biden era un "mal menor", una debilidad de la que en ese momento se podía constatar que solo un poco más de un tercio de los estadounidenses daban algo de crédito a su desempeño, según Doherty (2024). A su vez. potenciaba la retórica trumpista de que una élite decidía los destinos de la nación y no el presidente.
Estas circunstancias crearon las condiciones para un giro inesperado: el 21 de julio de 2024, Biden hizo pública su renuncia a la candidatura presidencial mediante un anuncio difundido en los diferentes medios de prensa. Este hito significativo estuvo vinculado con la desfavorable valoración de su participación en los debates electorales y la atmósfera de la campaña, de por sí inestable.
La salida de Biden llevó a una inmediata reorganización dentro del Partido Demócrata con miras a la elección presidencial. La entonces vicepresidenta Kamala Harris fue rápidamente posicionada como la nueva figura del partido, era considerada enseguida como la "favorita instantánea" de la convención demócrata y recibió el apoyo público de Biden, quien instaba a la unidad del partido.
La estrategia demócrata buscaba un reposicionamiento del establishment encarnado en Kamala Harris. Su figura representaba la aparente continuidad de la administración Biden, aunque ofrecía una renovación simbólica por su género y su origen étnico, sin alterar las líneas de las políticas existentes. Aquel empuje iba asociado a actos de campaña —mítines— destinados a encender a la base demócrata tradicional (mujeres, minorías, jóvenes) y para ello se utilizaron todos los resortes posibles de convocatoria y de marketing político. En clara muestra de ello, en un acto en Houston contaba con el apoyo de la popular cantante Beyoncé, quien subía al evento y dijo: “no estoy aquí como celebridad (…) estoy aquí como madre preocupada por el mundo en que viven mis hijos”, (The Associated Press, 2024).
La campaña de Harris se centró en una agenda liberal (derechos reproductivos, protección social, "economía de oportunidad"), prometió reforzar programas como la seguridad social y el salario mínimo, bajo un modelo de Estado “corrector” de desigualdades. Este enfoque contrastó con la línea de Trump. Harris proyectaba experiencia e inclusión y se mostraba aparentemente distante de la propuesta Biden, pero bajo los efectos del desgaste político sufrido por este. En el ámbito exterior, la guerra ruso-ucraniana, su posterior escalada —iniciada en febrero del año 2022 con la operación especial militar—, y el apoyo abierto al genocidio israelí en Gaza son componentes que repercutían en la mirada de segmentos poblacionales y por ende en los votantes.
En varias entrevistas Kamala Harris admitió no tener clara alguna política que haría diferente de su antecesor (Garrison, s. f.), lo cual reforzó la narrativa de que su candidatura continuaría las mismas líneas demócratas. Pese a su énfasis en consensos y una agenda progresista (derecho al aborto, crítica a Trump en migración, combate a desigualdad económica), el nuevo liderazgo de Harris no replicó el apoyo a Biden en 2020 dentro de la coalición demócrata tradicional, y obtuvo un menor porcentaje de votos afroamericanos (86% vs 92%) y de latinos (53% vs 65%) (Garrison, s. f.).
Trump, por su parte, mantuvo su discurso apegado a un eje confrontacional, acusatorio y, hasta cierto punto, difamador en el orden interno, y manifestó sus intenciones de poner fin a la guerra en Ucrania. A pesar de acumular imputaciones judiciales, su base se mostró invariable y por tanto leal a su candidato.
A inicios de 2024 fue considerado culpable en un juicio por pagos de sobornos a la modelo Stormy Daniels, de manera que se convirtió en “el primer expresidente estadounidense encontrado culpable de un delito” (Oliphant et al., 2024). Pese a ello, la reacción no fue de debilitamiento, sino que se tornó paradójicamente en fortalecimiento: Trump supo darle la vuelta al proceso transformándolo en arma política proclamándose inocente y afirmó que “el verdadero veredicto lo dará el pueblo” en las urnas, tal como comentaba Oliphant et al. (2024).
Desde la campaña republicana “el veredicto” se trató como un importante rally. Redes sociales y medios reproducían palabra a palabra y al "lado de los patriotas" que luchaban contra la caza de brujas del establishment. Mediante declaraciones en mítines y entrevistas cimentó la imagen de perseguido por esa “élite corrupta” que había traicionado al pueblo. La popularidad entre sus votantes se mantenía alta: primeros sondeos le daban cerca del 40-45 % del voto republicano (Lange et al., 2023). En resumen, Trump se convertía así en el candidato conservador indiscutible.
Los métodos de campaña potenciaban su imagen ascendente: por ejemplo, la agencia Reuters informaba de que durante el juicio a Trump organizaba actos "escenificados" (en una visita a un mercado de Harlem, solicitó un receso para reunirse con votantes), para mantener su presencia mediática (Layne, 2024). Trump mantenía una postura absolutamente polémica: para una parte de sus votantes encarnaba al luchador contra las élites corruptas, mientras que sus detractores lo consideraban un populista autoritario muy peligroso para la democracia.
Los factores mediáticos también impulsaron definitivamente la figura de Trump. La fragmentación informativa creó cámaras de eco; según Pew Research Center, el 73% de los votantes vio una "cobertura inexacta" electoral (Jurkowitz, 2024). Además, casi la mitad de los jóvenes usa redes sociales para noticias, plataformas sin filtro que, junto a medios partidistas, amplificaron el mensaje simplificado ("nosotros contra ellos") y la retórica de Trump. El juicio al republicano y su victimización fue trending topic.
No obstante, pese a la cohesión de su base, factores como el desgaste natural del poder y políticas polémicas mermaron la popularidad de Trump fuera de los medios sociales, como aseguraba la encuesta de Jurkowitz (2024). Su propuesta de gestión económica causaba dudas, y moderados e independientes se distanciaron, algo visible también en primarias. Puede entenderse que su retórica agresiva dañó su imagen, al ser presentada por los demócratas como un riesgo de "dictadura", cuestión que contribuyó a su rechazo fuera de sus bases.
Durante el proceso electoral cabe apuntar que la creciente fragmentación se reflejó tanto en la ciudadanía como en los mensajes políticos y su repercusión social. De hecho, medios internacionales dieron cuenta de incidentes violentos entre las personas partidarias. En Pensilvania, los votantes demócratas denunciaron ataques a las personas de su “color político” (por ejemplo, que lanzaban ladrillos a vehículos con calcomanías de apoyo a Harris), al mismo tiempo que los republicanos denunciaban el robo en sus propiedades de los carteles a favor de Trump (Liy, 2024).
El tono del espacio político se llenó de insultos y etiquetas extremas, desde acusaciones de "fascista" hasta gritos de "enemigo interno", algo que el medio El País tachó de “impensable antes de la era Trump” (Liy, 2024). Estas dinámicas demostraron que la polarización no era solo una cuestión teórica, sino que se había convertido en un tema visible todos los días.
Los algoritmos potenciaron discursos que eran divisivos y que generaban "mundos paralelos" informativos, pues las cadenas conservadoras empezaron a reproducir los posts incendiarios de Trump en Truth Social (Layne, 2024), precisamente, al mismo tiempo que los analistas subrayaban que el comportamiento errático de Trump en las salas de los tribunales propiciaba una cobertura masiva, lo que demostró que la convergencia de las redes y de los medios tradicionales potenció la polarización en esa campaña.
La polarización también se observó en lo institucional: el Congreso exhibía votaciones casi unánimes a favor de cada línea partidista, con poca o ninguna disposición a comprometerse. Un estudio reveló que, en el año 2024, solo un 1-2% de los votantes en materia partidista apoyaron al candidato opositor, en las contiendas electorales desarrolladas en distritos competitivos (ISPS, s. f.), lo que da cuenta del afianzamiento de la identificación partidista.
La celebración de primarias cerradas y un sistema de elección por delegados dieron fuerza a la alineación ideológica; la agenda legislativa se ocupó fundamentalmente de acusaciones recíprocas de corrupción o de acoso a la democracia, y mostró una escasa cooperación entre partidos. En esos dos aspectos se consumió la confrontación en la etapa electoral, es decir, se convertía en un referéndum emocional contra el partido rival, más que en un debate de propuestas.
Los estudios postelectorales confirmaron una notable cohabitación demográfica del voto: donde los votantes universitarios se posicionaban claramente del lado de Harris (55% frente a un 42% de Trump), Trump dominaba entre los votantes no graduados y rurales, un 56% frente al 42% por la demócrata (Alonso, s. f.). Esta diferencia se acentúa aún más entre los hombres blancos, donde superaba los diez puntos y consolidaba así el electorado trumpista, que se caracterizaba por ser enfáticamente blanco, masculino y rural. Del lado demócrata, Harris presentaba un respaldo significativo sobre todo en el lado de las mujeres, en los votantes urbanos y en los votantes de minorías étnicas, si bien sus cifras eran por debajo de anteriores candidatos demócratas: 53% en el voto latino frente al 65% de Biden en 2020 y un 86% en los votos entre los afroamericanos, que eran más del 92% en la elección de 2020 (Garrison, s. f.).
La opinión generalizada que existió sobre el proceso electoral mostraba un claro clima de polarización y desconfianza, hasta el punto de que había encuestas que mostraban a la ciudadanía estadounidense considerándolo como una crisis democrática en marcha.
Bright Line Watch (2024) indicaba que solo el 54% de la opinión pública era capaz de confiar en que la Corte Suprema pudiera ofrecer justicia y que todos los medios de prensa que trataban casos relacionados con Trump actuaban de forma imparcial. Existía, además, una fuerte fractura a nivel político en la percepción de los procesos legales: el 79-82% de los republicanos creía que las acusaciones de Trump estaban motivadas políticamente, mientras que más de la mitad de los votantes demócratas consideraba que eran acusaciones legítimas. Esta fractura continuaba incluso a la hora de observar a las instituciones: existía una fuerte diferenciación en torno a la percepción de las instituciones, lo que evidenciaba una polarización notable.
Jurkowitz (2024) también indicaba que los votantes republicanos tenían mayor dificultad que los demócratas para discernir la veracidad de las noticias electorales, lo cual refuerza la idea de dos realidades informativas divergentes.
En suma, estas apreciaciones llevaron a que gran parte de la ciudadanía considerara la elección menos un examen de políticas y más una manifestación de lealtad de partido, algo que alimentó los temores de erosión democrática tanto durante como después de las elecciones.
La polarización da cuenta no solo de las divisiones raciales, sino también de las educativas y socioeconómicas: el electorado blanco de clase trabajadora no universitario mostró mayor descontento económico y cultural mientras que las minorías y los profesionales favorecieron las políticas más progresistas. Estos estratos demográficos profundizaron la polarización y movilizaron a los electores, lo que significó visiones sociales y políticas contrapuestas en un contexto de polarización social.
Las discrepancias tanto ideológicas como discursivas entre Kamala Harris y Donald Trump ocuparon posiciones distantes en el espectro político. En primer lugar, Trump constituyó una visión de participación mínima del Estado en la economía, al insistir en el papel que deben cumplir los aranceles y los recortes impositivos, convencido incluso de la autorregulación de los mercados en favor de combatir la inflación; mientras, Harris hizo bandera de la economía de oportunidades, qué sería una mayor inversión pública no ya en educación, salud y asistencia social solamente sino también en la claridad de la intervención estatal a favor de corregir inequidades sociales.
En cuanto a la política social, Trump fue un defensor a ultranza de las restricciones a los derechos reproductivos frente a la entrada en acción de Harris en la defensa de un acceso explícito al aborto y de la plena participación de las mujeres en la vida de la sociedad. Asimismo, el rechazo al matrimonio igualitario y las cuestiones de género fue implacable en la actuación del republicano, en franco contraste con lo planteado por la candidata demócrata.
Discursivamente, Trump utilizó un tono beligerante y agresivo frente al tono presidencial que adoptó Harris que centró su discurso en la unidad, la solidaridad y el respeto institucional.
En medio de las diferencias existentes en sus respectivas campañas, el uso de la simbolización también fue notoria; es así como Trump desplegó imaginarios nacionalistas como “músicas” del sentimiento de la nación, mientras que Harris enfatizó en la diversidad y en la pluralidad.
En definitiva, Harris y Trump representaron visiones visceralmente opuestas de la nación; la del republicano, pensada y centrada en un pueblo ofendido contra un potencial enemigo, y la de la demócrata, centrada en la continuidad institucional en favor de la pluralidad ciudadana.
El proceso electoral en EE. UU. durante el año 2024 ha profundizado la polarización del país, ya sea estructural, discursiva o simbólica, y se extiende más allá de la disputa partidista tradicional hacia dimensiones identitarias y/o existenciales. Este contexto interno, con una movilización total de las bases enfrentadas por un discurso populista muy claro, introduce una serie de incertidumbres, hoy materializadas en el orden interno y proyección internacional.
CONCLUSIONES
La polarización y el populismo de derecha en EE. UU. se han alimentado mutuamente: las fracturas históricas–económicas en combinación con un bipartidismo rígido y "burbujas" informativas han consonado en identidades enfrentadas y una situación de descrédito institucional. Movimientos como el Tea Party y cabezas visibles como Donald Trump han hecho florecer los sentimientos de resentimiento hacia una "élite" acusada de haber contrapuesto la voluntad del "pueblo", lo que exacerbó bloqueos legislativos y la violencia política. Ello devino en un antagonismo estructural de la primigenia distancia que precisamente amenaza tanto la gobernabilidad como la resiliencia de la democracia liberal de EE. UU.
La llegada de las elecciones de 2024 en Estados Unidos mostró que el inflexible bipartidismo, la fragmentación de los medios de comunicación y unas disparidades sociales crecientes convirtieron la campaña en un choque identitario en lugar de en un debate programático. Las significativas fracturas del consenso político en cuanto al comportamiento y percepción del sistema político en sí revelaron que el voto fue guiado mucho más por lealtades y emociones y por su admisión que por la evaluación de las políticas.
Las elecciones estadounidenses del año 2024 ampliaron una polarización estructural y simbólica que va más allá de lo partidista, lo que abre una línea de investigación sobre la política exterior que en este contexto se proyecta hacia la región latinoamericana, incluida Cuba, independientemente de la mantenida tradicionalmente en los últimos años.
notas
1 La crisis de 2008 fue una crisis económica profunda que, iniciada por el colapso del sector inmobiliario y financiero en Estados Unidos, se expandió globalmente. Fue vista no solo como un evento cíclico, sino como una manifestación del agotamiento del modelo económico dominante (neoliberalismo), con severos impactos sociales, incluyendo el aumento de la desigualdad y el deterioro del estatus de la clase media. Las respuestas políticas implicaron una fuerte intervención estatal, aunque con limitaciones para resolver las causas fundamentales (E. Domínguez & Barrera, 2018)
2 El Tea Party fue un movimiento populista conservador de derecha que surgió en Estados Unidos alrededor de 2009. Se opuso a la intervención del gobierno en el sector privado y a la reforma de la atención sanitaria, al tiempo que apoyaba políticas de inmigración más restrictivas (González, 2025). El nombre fue acuñado por un comentarista de CNBC, Rick Santelli, quien llamó a un "tea party" o “fiesta del té” antiimpuestos y antitiranía, evocando el evento histórico de la revolución americana (Judis, 2018).
3 Actualmente, esta compañía tiene el nombre de X. Dicha denominación fue propuesta por el propio Musk tras adquirir la red social y es ejemplo de la personalización de dicho medio, ajustado a los intereses suyos y de la élite de extrema derecha a la cual responde y de la que es parte.
4 Huntington (1996) establece que el nativismo en Estados Unidos es un fenómeno de reafirmación cultural y preocupación por la identidad nacional frente a la influencia percibida de culturas no occidentales, particularmente a través de la inmigración. Es un tipo de nacionalismo vertical donde el White Anglosaxon and Protestant (WASP) prima sobre los restantes componentes de la sociedad. Véase también: ¿Quiénes Somos? Los Desafíos a la identidad nacional estadounidense, del mismo autor.
5 Término en idioma inglés utilizado para referirse a una fiesta del té.
6 Término en idioma inglés utilizado para referirse a aquellos candidatos o figuras emergentes en la política sin experiencia previa, y por lo general —aunque no necesariamente—, desligado de posiciones o partidos tradicionales.
7 Término en idioma inglés utilizado para referirse a las noticias falsas, difusión de información fraudulenta o engañosa.
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CONFLICTO DE INTERESES
Los autores declaran que no existen conflictos de intereses relacionado con el artículo.
AGRADECIMIENTOS
No aplica.
CONTRIBUCIÓN DE AUTORÍA:
Edwin Cristian García Vivas: Conceptualización, Curación de datos, Análisis Formal, Adquisición de Fondos, Investigación, Metodología, Administración del Proyecto, Recursos, Software, Supervisión, Validación, Visualización, Redacción–borrador original.
Humberto Sainz Cano: Conceptualización, Curación de datos, Análisis Formal, Adquisición de Fondos, Investigación, Metodología, Administración del Proyecto, Recursos, Software, Supervisión, Validación, Visualización, Redacción – borrador original, Redacción–revisión y edición.
FINANCIACIÓN
No existe financiamiento externo a los autores ni otros compromisos.
PREPRINT
No publicado.
DECLARACIÓN DE ÉTICA EN LA INVESTIGACIÓN
No aplica.
DECLARACIÓN DE DISPONIBILIDAD DE DATOS
No aplica, ya que este es un estudio análisis bibliométrico.
DERECHOS DE AUTOR
Los derechos de autor son mantenidos por los autores, quienes otorgan a la Revista Política Internacional los derechos exclusivos de primera publicación. Los autores podrán establecer acuerdos adicionales para la distribución no exclusiva de la versión del trabajo publicado en esta revista (por ejemplo, publicación en un repositorio institucional, en un sitio web personal, publicación de una traducción o como capítulo de un libro), con el reconocimiento de haber sido publicada primero en esta revista. En cuanto a los derechos de autor, la revista no cobra ningún tipo de cargo por el envío, el procesamiento o la publicación de los artículos.