notas

 

¿Está China transformando el mundo?

Is China transforming the world?

Dr. C. Rémy Herrera

Doctor en Ciencias Económicas. Investigador del Centro Nacional de Investigación Científica (CNRS), Centro de Economía de la Sorbona, París, Francia. herrera1@univ-paris1.fr, 0000-0003-4444-6736

Dr. C. Zhiming Long

Doctor en Ciencias Económicas. Profesor en la Escuela de marxismo de la Universidad Tsinghua, Beijing, República Popular de China. zhiminglong@tsinghua.edu.cn, 0000-0003-3047-535X

Dr. C. Tony Andréani

Doctor en Filosofía Política. Profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de París 8, París, Francia.

tonyandreani@orange.fr, 0000-0002-0597-7270

 

Recibido: 13 de septiembre de 2022

Aprobado: 15 de octubre de 2022

 

En los primeros años del siglo XXI, muchos capitalistas occidentales veían a China como un “nuevo El Dorado”. Dado que se había vuelto más abierto al comercio internacional, desde principios de la década de 2000 especialmente, y había sido admitido en la Organización Mundial del Comercio (OMC), en diciembre de 2001, se suponía que se convertiría en un enorme mercado accesible para los inversores de los países industrializados del Norte, donde sus empresas transnacionales podrían disponer de buena parte de su sobreproducción crónica. Además, con su enorme reserva de mano de obra altamente calificada y relativamente barata, vería su papel confinado al de “taller del mundo”, permitiendo, mejor que cualquier otra economía del Sur, abastecer masivamente a los países del Norte con bienes de bajo costo.

Y así, hoy en día, en la mayoría de los medios de comunicación dominantes occidentales, se presenta a China como una amenaza, un “Imperio” conquistador, una potencia “imperialista”, aunque el término “imperialismo” es tabú cuando se trata del comportamiento de los establecimientos bancarios, las empresas o las instituciones occidentales en el mundo. La amenaza parece tanto más grave cuanto que el “régimen” de Pekín se describe fácilmente como “dictatorial” o, en términos más diplomáticos, “autoritario”. Estados Unidos, que sigue siendo la potencia hegemónica mundial hasta ahora, está preocupado por el ascenso de China, y sus sucesivas administraciones construyen la imagen que induce a la ansiedad de una China que busca suplantarlo y robarle el liderazgo del sistema mundial capitalista. Pero también es el caso, en cierta medida, aunque en menor escala, de las instancias de la Unión Europea que se dan cuenta de que han caído en la trampa de su dogma librecambista.

Pues, en materia comercial, el hecho es que China efectivamente ha aplastado a sus principales competidores capitalistas en sus propios terrenos, es decir los del libre comercio. En el Norte, hay innumerables titulares, editoriales y artículos de la prensa dominante, comentarios, debates y emisiones de radio o televisión de los grandes canales del establishment que se dedican al “peligro chino”, argumentando sobre las compras por parte de los chinos de varios activos: tierra, participaciones en empresas, deudas, etc., además de la fuerte presencia de productos de fabricación china en equipos informáticos o de telecomunicaciones. Aunque la OTAN está en crisis y el paraguas protector estadounidense ya no parece tan seguro como antes, Bruselas, tras la estela de Berlín, está alarmada por las inversiones chinas en las economías de Europa central y oriental, donde por todas partes unos ven la mano de Pekín y maniobras divisorias de la Unión – que sin embargo no necesita esto para dividirse. Y qué más conmovedor que ver a Washington, después de que los gobiernos estadounidenses hayan puesto a fuego y sangre a buena parte de los países árabes durante las últimas décadas, con la sumisa complicidad de Europa, a preocuparse de manera tan espontánea y desinteresada por el destino de las poblaciones musulmanas de China, los uigures en Xinjiang a la cabeza. Detrás de todo esto, poco análisis serio, mucha ceguera ideológica, mala fe y fantasías, y una vasta operación de desinformación, como mostraremos, apoyándonos en textos y hechos.

China no es la campeona de la “globalización feliz”

De los discursos del presidente Xi Jinping, incluido el que pronunció en el Foro Económico Mundial de Davos en 2017, los periodistas quisieron retener solo elogios a la globalización – es decir, el libre comercio sin costas – y solo una denuncia al proteccionismo. Es claro que el presidente chino dice que “la globalización económica ha proporcionado un poderoso motor para el crecimiento mundial, facilitando la circulación de capitales y bienes, el progreso de la ciencia, la tecnología y la civilización humana, así como los intercambios entre los pueblos”i. ¡Qué dulce canto para los oídos de los neoliberales! Sin embargo, no debemos ocultar los contratiempos y problemas, también subrayados en este mismo discurso: “La globalización es un arma de doble filo (…). Se acentúa la contradicción entre capital y trabajo (…). Las brechas entre ricos y pobres, entre el Norte y el Sur, se amplían sin cesar (…). Los más ricos representan el 1% de la población mundial, pero poseen más riqueza que el 99% restante”ii.

Con su marcada parcialidad y su lectura selectiva, los comentaristas y periodistas mainstream han revelado sobre todo un total desconocimiento de la retórica de los líderes chinos: de hecho, la gran mayoría de los discursos de estos últimos comienzan generalmente mostrando las consecuencias positivas de un proceso o de una política económica, luego tratan de desarrollar sus resultados negativos o insuficientes, y finalmente buscan la resolución dialéctica de la cuestión examinada. Sin embargo, es necesario sobre todo entender aquí el punto de vista de los chinos: sus medidas de apertura han sido extremadamente beneficiosas para ellos, por lo que tienden a considerar que todos los países tienen interés en el comercio internacional para asegurar su desarrollo, pero bajo la condición – insistamos – de controlar debidamente esta apertura y sus efectos sobre la economía interna, como siempre han hecho y siguen haciendo los propios chinosiii. Cabe añadir que su política comercial no es en modo alguno mercantilista: China importa casi tanto como exporta, en total. Gran parte del déficit comercial bilateral de EE.UU. es básicamente el resultado de su propia estrategia de deslocalización, que ha fracasado. Esto se puede ver en muchos sectores, desde productos farmacéuticos básicos y preparaciones farmacéuticas hasta componentes electrónicos y microchipsiv.

Los “cinco principios de la coexistencia pacífica” debidamente respetados

Como recordatorio, según el gobierno chino, los “cinco principios de la coexistencia pacífica” son: i) respeto por la soberanía y la integridad territorial; ii) no agresión mutua; iii) no injerencia en los asuntos internos de países extranjeros; (iv) igualdad y beneficios mutuos; y (v) la convivencia pacífica como tal. Remontándose a 1957, consagrados en varios tratados internacionales celebrados con países socios asiáticos, se han reafirmado constantemente desde esa fecha.

Los líderes chinos insisten ante todo en la igualdad soberana: “La idea central de este principio”, dijo el presidente Xi Jinping, “es que se debe respetar la soberanía y la dignidad de un país, independientemente de su tamaño, poder o riqueza, que no se tolera ninguna injerencia en sus asuntos domésticos y que los países tienen derecho a elegir libremente su sistema social y su vía de desarrollo”. Esto no es solo una declaración de principios. Los chinos siempre han querido desarrollar sus acciones en el marco de las de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y sus instituciones internacionales, a las que brindan cada vez más apoyo. A veces nos sorprende su pasividad o su bajísima implicación en los cruentos conflictos que han marcado las últimas décadas, pero es deliberado por su parte. Se les acusa de ser discretos y de no hacer nada contra los regímenes dictatoriales o teocráticos que aún hoy son legión en el mundo, y de hacer buenos negocios con ellos. ¿No debería Occidente empezar por barrer frente a su puerta, el que apoya la mayoría de estos regímenes? Sin embargo, los chinos se oponen resueltamente a cualquier imperialismo disfrazado bajo una pantalla falsamente democrática o con el pretexto de supuestas intervenciones humanitarias. Corresponde a los propios pueblos emanciparse y desarrollar su propia estrategia de desarrollo, o incluso, si las condiciones lo permiten, llevar a cabo su revolución. Los chinos no están tampoco dispuestos a exportar, por la fuerza o de forma insidiosa, su propio sistema político y social, y de hecho lo dicen claramente: “Dispuestos a compartir nuestra experiencia de desarrollo con los países del mundo, no tenemos, sin embargo, la intención de exportar nuestro sistema social y nuestro modelo de desarrollo, o imponerles nuestra voluntad”. Prefieren hablar de “soluciones chinas”, de las que podríamos “aprender”.

En cuanto a sus declaraciones a favor de la paz y la resolución pacífica de los conflictos, hay que ser de mala fe para no reconocer que en realidad son respetadas. Debemos recordar aquí que China, al menos en términos de su historia moderna, nunca ha practicado una política colonial o expansionista a expensas de otros pueblos o países. ¿Cuántos países occidentales o del Norte” – incluidos Australia y Japón, si se nos permite extender esta categoría a estos países – podrían decir lo mismo? Hoy, China no desea en modo alguno revivir un clima de confrontación, lo que sería contrario a su concepción de la paz entre las naciones. Además, rechaza firmemente cualquier forma de alianza militar. Nunca ha participado directamente en una coalición militar, ni siquiera contra Daesh. Y no ha instalado la menor base militar en el exterior -con la muy reciente excepción de una base en Yibuti, en un lugar especialmente sensible para el tráfico marítimo, y que además presenta como una “simple instalación logística”.

El contraste es llamativo, pues, con la actuación de las potencias occidentales, especialmente Estados Unidos, que recordemos fomentaron un número incalculable de golpes militares o políticos, y multiplicaron las intervenciones a lo largo de su historia, tanto que se puede contar con los dedos de una mano los años en que no estuvieron en guerrav. Sobre todo, porque, desde hace ya muchos años, mucho antes de la guerra comercial desatada bajo la administración de Donald Trump, Estados Unidos mantiene a China bajo una fuerte presión y multiplica los puntos de tensión (Taiwán, Tíbet, Xinjiang, Hong Kong…) de lo que parece cada vez más claramente a una nueva “Guerra Fría”. Y como hemos visto, la intensidad de los conflictos no disminuyó con el mandato demócrata del presidente Joe Biden.

Una política al servicio del codesarrollo

La política al servicio del codesarrollo se dirige principalmente a los países calificados como “menos avanzados”, así como a los denominados “emergentes”. No se trata de una clásica ayuda de Estado a Estado (la ayuda pública oficial al desarrollo proporcionada por los países occidentales casi siempre está “atada”, muy a menudo selectiva y, a veces, incluso es una fuente de corrupción), sino más bien el lanzamiento de programas de financiación e inversión muy importantes: préstamos gratuitos para la construcción de infraestructura pública, otorgados por sus bancos especializados (en particular, el Banco de Desarrollo y el Banco de Import-Export); préstamos “concesionales” (es decir, con tasas por debajo de las tasas de mercado) para otros proyectos a gran escala, otorgados por otros bancos públicos nacionales; créditos reembolsables en recursos (en materias primas, por ejemplo); inversiones directas (como el establecimiento de empresas chinas, ya sean estatales o privadas); pero también una miríada de subvenciones destinadas a apoyar proyectos más pequeños destinados a beneficiar a los países en cuestión. Algunos lo ven como evidencia de una ambición hegemónica, implementada mediante el uso de “armas económicas”. Sin embargo, esto es ignorar o descuidar los principios en los que se basa esta política de codesarrollo, a saber: la cooperación, la ventaja compartida (o el llamado principio de “ganar-ganar”) y el apoyo prioritario al desarrollo. Por supuesto, deberíamos agregar a esta lista la cancelación de deudas.

Es en los últimos años que la inversión extranjera directa desde China se ha dirigido hacia los países más industrializados (a través de adquisiciones, participaciones en el capital, contratos de servicios, etc.), pero esta vez para acelerar el desarrollo de la economía china, dotarla de recursos y tecnologías de las que carece y mejorar sus productos en los mercados internacionales. Sin embargo, la inversión en los países más necesitados no ha disminuido. También hay muchas otras ayudas, muy diversas, especialmente en términos de entrenamiento. China ofrece numerosas becas a estudiantes y varios cursos de formación a más de 500 000 profesionales procedentes principalmente de países en desarrollo.

Fue entonces cuando entró en juego el vasto proyecto, ya en parte implementado, de la Ruta de la Seda: son, en realidad, rutas terrestres – “El Cinturón” –y rutas marítimas – “La Ruta”. Pero, ¿por qué esta cooperación concierne principalmente a los países asiáticos? No porque China quisiera asentar su poder creando súbditos obligados en el continente asiático o buscar vengarse así de Occidente –un motivo que no debe confundirse con cierto orgullo recuperado–, sino simplemente porque se trata de sus vecinos, los más cercanos, o un poco más lejanos como en Oriente Medio, y porque la Ruta de la Seda debe pasar primero por sus territorios y porque estos últimos carecen de enormes inversiones para poder desarrollarse – incluso en el caso de la India, el único país aun relativamente reacio. Además de esta “política de buena vecindad”, China también ve, por supuesto, su ventaja, en particular para promover el desarrollo de sus provincias occidentales, que van a la zaga de las de la costa este.

¿Y África, nos preguntaremos? ¿Por qué se incluye en este proyecto? Una de las razones esgrimidas por China es que, además de los viejos lazos forjados durante la Conferencia de Bandung con lo que se iba a llamar el Tercer Mundo, son los países africanos los más afectados por las dificultades de lo que se llama, en Occidente, “subdesarrollo”. China está siendo acusada actualmente de neocolonialismo: importa solo materias primas y compra tierras y minas allí con todas sus fuerzas. Esto es olvidar que proporciona infraestructuras cruciales a cambio, incluidos hospitales, carreteras, vías férreas, puertos, aeropuertos, instalaciones culturales o deportivas, algo que los occidentales rara vez han hecho. No es de extrañar que los jefes de estado africanos se apresuren y empujen en Beijing, especialmente porque el gobierno chino no impone ninguna condición políticamente vinculante. Digámoslo sin rodeos, y seamos realistas, esta cooperación está lejos de ser perfecta. Sea como fuere, las contrapartes están ahí, y son muy sustanciales.

Los caminos terrestres y marítimas de la Ruta de la Seda deberán extenderse a Europa, y esto es precisamente lo que enoja a mucha gente en este continente, porque China es vista como un “competidor estratégico”. Dado que los países europeos en principio tienen los recursos para desarrollarse ellos mismos, en realidad no necesitarían la inversión de este país asiático. Es importante señalar de paso que el capital extranjero es, por el contrario, recibido con los brazos abiertos cuando provienen de Estados Unidos o Japón. Sin embargo, cabe preguntarse por qué determinados países como Grecia o Portugal han cedido la explotación de “flagships” públicos a empresas chinas. La razón es bastante clara: víctimas de las políticas de austeridad de la Unión Europea y los mandatos para reducir sus déficits y deudas, y por lo tanto obligados a privatizar por memorandos autoritarios, estos países se venden al mejor postor. En estas condiciones, las inversiones chinas son consideradas por ellos como un verdadero medio de desarrollo.

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Uno también tiene que preguntarse por qué tantos otros estados han firmado los protocolos de adhesión de la Ruta de la Seda. Esto se debe a que sufren un estancamiento económico (como Italia) o experimentan un retraso considerable en el desarrollo (en el Este y el Sur) en comparación con los países más avanzados de la Unión Europea, sumado a una dependencia, que los convierte en economías especializadas en una gama muy limitada de sectores de actividad, con una serie de subcontratistas. Por supuesto, otras inversiones son a veces esencialmente especulativas (en bienes raíces, hoteles, etc.), pero Beijing las desaconseja y ha emitido ciertas advertencias. Ni que decir tiene que la gran mayoría del capital invertido directa o indirectamentement en la producción que se mobiliza, en particular las de infraestructura portuaria, también tiene cierto interés para el comercio exterior chino, pero de nuevo dentro de la lógica de “ganar-ganar”. China también ha invertido fuera de la Unión Europea, particularmente en los Balcanes, que también se quedan atrás en este continente. Por lo tanto, no sorprende que 17 países de Europa del Este y del Sur, incluidos 11 miembros de la Unión Europea, ya se hayan unido a la iniciativa de la Ruta de la Seda hasta la fecha.

La Ruta de la Seda no se detiene en el continente euroasiático y África. También se avanza en la cooperación con los países de América Latina y el Caribe, especialmente los más pobres. China ya se ha convertido en el principal socio comercial de esta parte del mundo. Ella no pretende ser una donataria generosa, que sería solo un último recurso para ellos, pero reconoce que lo encuentra en su interés, en particular los medios para disponer de su producción excedente. ¿Por qué no, además, si los productos chinos tienen una ventaja en costos para los países de destino de América Latina y el Caribe?

El apoyo al desarrollo aquí es principalmente a través de la concesión de préstamos, a tasas ventajosas, otorgados por su Fondo de la Ruta de la Seda (fondo soberano) y sus bancos públicos. Pero China no quiere ser el financiador exclusivo, y desea involucrar a todos los países que tienen los medios – y que no imponen condiciones político-económicas (a diferencia del Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional) – para participar en estos programas de préstamos dirigidos hacia la infraestructura (por ejemplo, trenes de alta velocidad, inversiones en energía, oleoductos o tratamiento de agua, etc.), sobre la base de la experiencia que ha demostrado que dicha infraestructura proporciona bases sólidas para un rápido desarrollo. Este es el significado de la creación del Banco Asiático de Infraestructura e Inversión (AIIB), que hoy cuenta con alrededor de un centenar de miembros. Entre estos últimos se encuentran países como Francia, Alemania y el Reino Unido, pero no, por supuesto, Estados Unidos, que no puede controlar de ninguna manera esta institución, como se ha acostumbrado a hacer con el FMI y el Banco Mundial. Por el contrario, China, aunque es el mayor accionista del AIIB, excluye expresamente permitirse cualquier derecho de veto.

Los préstamos chinos han sido criticados por haber empujado a los países a endeudarse en exceso y, por tanto, a colocarse en una situación de dependencia, llegando incluso a ceder la gestión de un patrimonio público clave para compensar posibles impagos (este es el caso de Sri Lanka, por ejemplo, con respecto a su mayor puerto). Es cierto que estos préstamos a veces representan una gran parte del producto interno bruto de estos países. Reconociendo este hecho, los chinos han accedido con mayor frecuencia a revisar y renegociar estos programas, e incluso se han declarado dispuestos a aceptar que ciertas deudas sean canceladas. Hay que reconocer que estos créditos también sirven mucho a los intereses de China, especialmente cuando permiten, entre otras cosas, aumentar y asegurar sus suministros de petróleo o gas, pero siempre según el principio del beneficio mutuo.

También se acusa a China, a través de su iniciativa Ruta de la Seda, de exportar su soft power, o poder blando, en particular su modelo educativo (considerado el más eficiente del mundo, según el ranking de la última encuesta “PISA” realizada por la OCDE), o también su derecho. Una acusación fuera de lugar cuando sabemos cómo Estados Unidos utiliza sus empresas transnacionales para difundir sus valores, su forma de vida y su ideología, y cuando vemos cómo utiliza la extraterritorialidad de su ley para sancionar a bancos extranjeros o empresas competidoras – cuando no es para imponer un bloqueo. A nivel cultural, China afirma respetar a todas las demás civilizaciones y querer enriquecerse a través del contacto con ellas. A nivel legal, promete luchar contra la corrupción en la implementación de sus programas (y no usarla como pretexto para poner en aprietos a los rivales), y Beijing incluso ha ayudado a crear varios tribunales internacionales – lo más imparciales posible, para mantener buenas relaciones – responsables de resolver disputas relacionadas con sus préstamos e inversiones.

Como resultado, en tan solo unos años, la Ruta de la Seda ha experimentado un enorme crecimiento: 124 países ya han firmado acuerdos de asociación, así como 24 organizaciones internacionales, lo que en conjunto representan más de dos tercios de la población mundial. Insistiremos en que este programa pretende ser excluyente de cualquier consideración política. “Abierto a todos los países”, básicamente no tiene otro objetivo que el codesarrollo.

Mencionemos también los acuerdos forjados por China con varios países, alianzas centradas en la cooperación económica y la construcción de áreas de libre comercio, en una perspectiva multilateralista. El más espectacular de todos, porque es el acuerdo comercial más grande del mundo hasta la fecha, es la “Asociación Económica Regional Integral”. Se trata de un acuerdo de libre comercio firmado el 15 de octubre de 2020 con los 10 países de la ASEAN, más Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda, que representan unos tres mil millones de habitantes y casi el 30% del PIB mundial. Obviamente es un éxito, después de que el presidente Trump descarrilara un tratado en competencia; tal éxito pone en entredicho la hegemonía de Estados Unidos, sobre todo porque los intercambios y las inversiones ya no se harán en dólares, sino en las monedas nacionales de los socios. Se espera que Washington tome represalias, incluso fortaleciendo sus alianzas militares con India, Japón y Australia y más demostraciones de fuerza naval, cuyo claro objetivo es rodear a China para tratar de ocupar y obstruir sus rutas marítimas. En este contexto, es probable que la nueva administración estadounidense encabezada por Joe Biden refuerce la “carrera armamentista”, que alguna vez sirvió para poner de rodillas a la Unión Soviética. Sin embargo, esta peligrosa escalada ya no tiene nada que impresionar a una China con buena salud económica y que, además, dispone de suficientes armas de disuasión.

Además, China ha desarrollado con fuerza su red diplomática (que ya es la mayor del mundo, por delante de la de Estados Unidos) y sus diplomáticos están cada vez más presentes y activos en el escenario internacional. Esto no es solo para apoyar su estrategia; también tuvo que lidiar con campañas de desprestigio cada vez más agresivas.

¿Cómo está “desglobalizando” China, a su manera?

La globalización ha sido, como sabemos, un regalo del cielo para los capitalistas. Ofreciéndoles la posibilidad de romper cadenas de valor y producir cada vez más segmentos en países de bajos salarios, les ha permitido tanto aumentar tasas de ganancia que tienden a caer como mantener, más o menos (y más bien mal que bien), el nivel de vida de las clases empobrecidas – ayudando al auge del sistema crediticio. La financiarización ha acelerado las desigualdades sociales, que han alcanzado niveles sin precedentes en la historia, y ha socavado la soberanía de los estados y naciones. La crisis sanitaria provocada por la pandemia de la COVID 19 ha demostrado el costo de volverse dependiente en sectores absolutamente vitales para los pueblos. Finalmente, el costo ambiental de la globalización es tan alto que contradice la preservación de un planeta habitable en el corto plazo, sin mencionar, en el inmediato plazo, la propagación de epidemias. Desafiado por la crisis sanitaria y sacudido por las revueltas populares en todo el mundo, el sistema capitalista está llegando actualmente a sus límites.

China, es seguro, ha sacado todo el provecho de esta globalización capitalista, pero no es menos cierto que lo ha hecho poniendo sus condiciones y restricciones, empezando por el control de la inversión extranjera directa y el movimiento de capitales financieros. Las autoridades de Beijing son conscientes de que los beneficios derivados de esta globalización están disminuyendo y, con ellos, las tasas de crecimiento económico. Por lo tanto, se están volcando cada vez más a su mercado doméstico, incluso lejos del territorio nacionalvi.

Sobre todo, esperemos que aseguren que la nueva Asociación Económica Regional Integral no reproduzca las mismas consecuencias nocivas que la globalización a nivel mundial. El cumplimiento de la política de codesarrollo debería ir en la dirección de un control más estricto de estos efectos: a medida que un país se desarrolla, puede volverse más autónomo e importar menos. Tal es la paradoja, pero también el desafío, de la Ruta de la Seda: este programa pretende incrementar la circulación de productos y el comercio internacional marítimo y terrestre, pero, al promover la construcción de infraestructuras distintas a las del transporte, debe y puede incentivar relocalización, sentando las bases para la reindustrialización y la producción de energía. Este es sin duda, a nuestro juicio, un aspecto que no queda suficientemente claro en la presentación de la concepción china de la globalización. Por mucho que los intercambios científicos y culturales sean beneficiosos, la globalización comercial y sobre todo financiera conduce a puntos muertos. Asimismo, un cambio parcial en el paradigma productivo a favor de “tecnologías bajas”, menos intensivas en capital y más accesibles a los usuarios locales, facilitaría en gran medida las reubicaciones de industrias y la protección del medio ambiente.

Entendemos, al final, que es el propio capitalismo el que se vuelve insostenible. Esencialmente condenado a la acumulación incesante, es incompatible con un planeta con recursos finitos. Generando, por su propia lógica, desigualdades cada vez más acentuadas y chocantes, destruye todas las formas de cohesión social, e incluso los propios individuos. China ha asumido el desafío de utilizar la dinámica del sistema capitalista para salir de su lógica y desarrollarse rápidamente, controlando sus contradicciones y conteniendo sus efectos destructivos. El socialismo de mercado al “estilo chino”vii tendrá que alejarse paulatina y más claramente del capitalismo si quiere encarnar un camino genuinamente alternativo para toda la humanidad. Esta es, además, su ambición: según altos funcionarios chinos, y aún más explícitamente hoy, tomar lecciones del capitalismo habrá sido solo una forma de “cruzar el río”, y solo será un “desvío” muy largo (más o menos como iba a ser la NEP para Lenin) en el camino hacia el comunismo.

notas

i Lea aquí: Construisons une communauté de destin pour l’Humanité, un recueil de discours publié par le CCTB en 2019 (Construyamos una comunidad de destino para la Humanidad, colección de discursos publicados por el CCTB en 2019), pág. 439. Las otras citas del presidente Xi Jinping hechas en este artículo están tomadas de la misma colección.

ii Ibidem.

iii Lea el libro: Andréani Tony, « Le ‘Modèle chinois’ et nous (El “Modelo chino” y nosotros), L’Harmattan, Paris, 2018.

iv Long Zhiming, Feng Zhixuan, Li Bangxi y Herrera Rémy, “U.S.-China Trade War: Has the Real "Thief" Finally Been Unmasked?”, Monthly Review, vol. 72, núm. 5, pág. 32-43, octubre, Nueva York, 2020. De los mismos autores: “¿El que pierde gana? La guerra comercial sino-estadunidense en perspectiva”, El Trimestre Económico, vol. LXXXVIII (4), núm. 352, pág. 2-26, octubre-diciembre de 2021, Fondo de Cultura Económica, México.

v Ver, sobre las principales intervenciones estadounidenses en América Latina y el Caribe, los Apéndices del libro de: Herrera Rémy, Avances revolucionarios en América Latina, Fundación de Estudios, Acción y Participación Social (FEDAEPS), 183 pág., febrero 2012, Quito.

vi Herrera Rémy y Long Zhiming, « The Enigma of China’s Economic Growth », Monthly Review, vol. 70, n° 7, p. 52-62, décembre, New York, 2018. Voir aussi : Herrera Rémy et Long Zhiming, La Chine est-elle capitaliste ?, Editions Critiques, Paris, 2019. Herrera Rémy y Long Zhiming, “El enigma del crecimiento económico de China”, Monthly Review, vol. 70, núm. 7, pág. 52-62, diciembre, Nueva York, 2018. Véase también: Herrera Rémy y Long Zhiming, Is China capitalista?, Editions Critiques, París, 2019.

vii Andréani Tony, Herrera Rémy y Long Zhiming, “On the Nature of the Chinese Economic System” (Sobre la naturaleza del sistema económico chino), Monthly, vol. 70, núm. 5, pág. 32-43, octubre, Nueva York, 2018.