Palabras de Raúl Roa Kourí en la fundación de la Cátedra Honorífica “Raúl Roa García”

Remarks by Raúl Roa Kourí at the founding of the "Raúl Roa García" Honorary Chair



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A 39 años de su luz —pues Roa es de los muertos que siguen siendo útiles— nos reunimos hoy en el Minrex para fundar la cátedra honorífica “Raúl Roa García” del Instituto Superior de Relaciones Inter- nacionales, creado por él, que me honro en presidir. No solo soy su único hijo: fui también su alumno en la Universidad de La Habana, su subordinado en el Ministerio de Relaciones Exteriores y, lo que más importa, su discípulo durante toda mi vida. Sin otros méritos relevantes, estos han bastado para que las autoridades del Instituto decidieran generosamente designarme presidente de una cátedra que aspiro— como Roa mismo de la suya, en la Facultad de Ciencias

Sociales y Derecho Público—tenga el rumor de la colmena y no la aridez insulsa de lo trillado. Nuestro objetivo es contribuir a difundir el pensamiento, la obra y la vida revolucionaria de Raúl Roa: un “trein- tero” que no se fue a bolina.


Después del rudo golpe que significó la brutal re- presión de la huelga de marzo de 1935 para el mo- vimiento revolucionario, asesinado Guiteras en El Morrillo, perseguidos los dirigentes obreros y comu- nistas, exiliados los del Directorio, el Ala Izquierda Estudiantil, Joven Cuba y otras organizaciones polí- ticas, continuó la brega junto a Pablo de la Torriente,


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Gustavo Aldereguía, Leonardo Fernández Sánchez, Carlos Martínez y otros compañeros que, desde el exilio en Estados Unidos, intentaron crear un fren- te único de las fuerzas progresistas y democráticas para derrocar la dictadura batistiana, hechura de la reacción y el imperialismo.


Como afirmó en su libro homónimo, siguió en pie, abrazado a las ideas libertarias de Bolívar, Juárez y Martí, que tempranamente le condujeron a Marx, Engels y Lenin, a través de Julio Antonio Mella, quien le hizo descubrir que su corazón latía en el lado izquierdo del pecho, y de Rubén Martinez Vi- llena, por quien tuvo entrañable amistad, respeto y cariño. De ahí que no dudara un segundo en apoyar a la FEU de José Antonio y a la lucha encabezada por Fidel en la Sierra.


Se ha afirmado, con razón, que la universidad fue fundamental para Raúl Roa. No sólo fue en la colina y en su arbolado Patio de los Laureles donde inició su vida política y revolucionaria, sino que allí, en las reuniones del Directorio y el Ala Izquierda y en el fulgor de las tánganas, anudó sus más caras amista- des, afianzadas en la cárcel y el destierro, desarrolló su actividad docente y se empeñó en que nuestra más alta casa de estudios estuviera “a la altura del tiempo”, como gustaba decir, aunque de sobra co- nocía que para ello —ya lo había advertido Mella— había que transformar primero nuestra sociedad. Por eso fue velado en el Aula Magna (no obstante que su figura había traspasado ya los umbrales de la Universidad y de la Isla misma) desde donde partió, el 7 de Julio de 1982, su cortejo fúnebre.


Roa tenía un profundo vínculo con la historia pa- tria; en nuestra tierra “se hunden sus raíces” y de ella “se nutre”. Fue Ramón Roa, su abuelo mambí, la influencia formadora de sus primeros años; des- pués, ahondaría en la vida y la obra de quien, según Martí, fue “el más original de los poetas de la gue- rra,” “un hombre del 68,” como lo recordó alguna vez, instándole a seguir escribiendo sobre aquella brega heroica, Máximo Gómez, su jefe, tras caer Agramonte. Ávido lector, desde pequeño devoraría

las aventuras de Salgari, Verne y Zavattini, fatigó la quimbumbia y el béisbol y empinó papalotes, que confeccionaba con singular maestría. Aunque no descolló en matemáticas, física ni química —asig- naturas en las que se declaraba “out por regla”— sí brilló en las humanidades: le apasionó la historia — sobre todo la de Cuba— se deleitó con la prosa de los clásicos, tanto españoles como ingleses, france- ses, rusos e italianos, y estudió a fondo la evolución del pensamiento filosófico y social. Amén de los fundadores del socialismo científico y de Vladimir

I. Lenin, José Carlos Mariátegui marcó de modo in- deleble su visión política, como luego Gramsci. Fue siempre antidogmático y heterodoxo. No en balde proclamó el derecho a la herejía como fuente de creación intelectual y política. Por eso, entre otras razones, discrepó de la política de Stalin en la cons- trucción del socialismo y, más tarde, de las cruentas “purgas” de 1936 y otras abominaciones del régi- men estaliniano condenadas, por cierto, por el XX Congreso del PCUS, en 1956.


Tuvo también discrepancias con el Partido Socialis- ta Popular, no solo por esa razón, sino porque no compartió algunas de sus posiciones tácticas en el ámbito nacional. Múltiples polémicas sostuvo en- tonces en la prensa con varios dirigentes de ese partido. Nada de ello, empero, modificó su posición revolucionaria, anclada en el pensamiento martiano, marxista y leninista. Por eso, desde su fundación, fue miembro del Comité Central del PCC, el de Fidel. Al referirnos a Roa profesor universitario, no puede obviarse el hecho de que fue de los pocos que, en la época neocolonial, impartía su asignatura con un enfoque verdaderamente marxista. Su libro Historia de las doctrinas sociales lo confirma. Como alumno suyo, concuerdo plenamente con Humberto Ramos Valdés y Carmen Gómez —autores del libro Un re- volucionario que no se fe a bolina— cuando afirman: “Los que han tenido la inmensa dicha de ser sus alumnos, han recibido de los fenómenos acaecidos en el largo trayecto de la historia humana, una visión distinta a aquella que ofrecían otros profesores que en sus clases escondían, tras una palabrería carente de rigor científico, la esencia real de los fenómenos

sociales. Su verbo ágil, fresco y apasionado presen- ta, por el contrario, ante los ojos atónitos del alum- nado, la ‘lucha de clases’ como el motor insoslayable de la historia.” No resulta ocioso rememorar lo que nos aseveró entonces: “la tragedia de los Estados Unidos es haber trocado la democracia burguesa en imperio…con mentalidad provinciana”.


Hay que recordar, asimismo, el papel de Roa en los años de lucha contra la tiranía machadista, en la fundación del Directorio Estudiantil Universita- rio (DEU) de 1930 y, más tarde, por considerar que las posiciones de este no trasponían el marco de la oposición burguesa-terrateniente, en la del Ala Iz- quierda; su histórica polémica con Jorge Mañach, en que desnuda el pensamiento reaccionario del culto escritor, que nunca cambió su óptica retardataria y proyanqui; la tunda dialéctica que propinó a Pi- lar Jorge de Tella, feminista burguesa, alérgica a la clase obrera y al comunismo; el combativo artículo “Tiene la palabra el camarada máuser,” verdade- ro llamado a la insurrección popular publicado en Línea (órgano del Ala Izquierda) días antes de ser detenido nuevamente y remitido, con Pablo de la Torriente y otros compañeros, al Castillo del Prínci- pe. Durante los años de la Guerra Civil Española, en la que, como aquel, hubiera querido participar, Roa estuvo en primera fila en defensa de la República. De hecho, jamás dejó de fustigar a Franco y la ga- villa de fascistas y requetés que con este asaltaron el poder y vendieron a España “de monte a monte y de mar a mar.” La caída de Pablo en combate, en diciembre de 1936, fue un duro golpe para su viejo compañero de luchas, quien consideró siempre su amistad con el autor de Peleando con los milicianos “la más honda, limpia y alegre de su vida.”


Es menester recordar, también, la importancia que tuvieron para Roa y la Universidad de La Habana su ejercicio de oposiciones a la cátedra de Historia de las doctrinas sociales. Se interpretó, con juste- za, como un enfrentamiento entre la revolución y la reacción. El dirigente de la brega antimachadista volvía, ya graduado, a la colina de sus primeras ba- tallas a continuar luchando, desde la cátedra, por

la renovación de la Universidad y por la difusión de sus ideas de avanzada. De ahí que, contra los usos de la época, decidiera publicar dicho ejercicio en li- bro titulado Mis oposiciones, en cuyas solapas se reproducían juicios elogiosos sobre el joven profe- sor de intelectuales de la talla de Fernando de los Ríos, Luis Recasens Siches, José Gaos y Fernando Ortíz, entre otros, ya que los miembros del tribunal universitario —nada proclives al marxismo— se los regateaban, con evidente cicatería intelectual.


Aspecto hoy menos conocido en la trayectoria de Roa fue su paso por la Dirección de Cultura del Mi- nisterio de Educación, entonces dirigido por su an- tiguo compañero de lucha y amigo, Aureliano Sán- chez Arango. Bajo la guía de Roa —como recuerda el trabajo de la profesora Danay Ramos— se realiza- ron numerosas acciones a favor de la cultura nacio- nal; organizó nuevas ferias del libro, exposiciones de artes plásticas y caricaturas, conciertos popu- lares con la orquesta filarmónica y otras, así como funciones de ballet y teatro. Las Misiones culturales recorrieron el país y el “tren de la cultura” llevó, de un extremo a otro de la Isla, las más valiosas ma- nifestaciones de la creación artística e incluso del cine. La edición de la revista Mensuario de Arte, Li- teratura, Historia y Crítica, por iniciativa suya, abrió a jóvenes como Antonio Núñez Jiménez y Julio Gar- cía Espinosa nuevos espacios, a la par que mante- nía el de reconocidos valores intelectuales cubanos y latinoamericanos. Se continuó la publicación de colecciones iniciadas por José M. Chacón y Calvo y nacieron otras, dándose a la estampa obras de Pa- blo de la Torriente, Fernando Ortíz, Juan Gualberto Gómez, Ramón Roa y José Z. Tallet, entre muchos otros autores.


El 10 de marzo de 1952, tras el golpe alevoso de Fulgencio Batista, acudió Roa, con Carlos Alfaras, Salvador Vilaseca, Mario Fortuny e Ignacio Fiterre, a casa de Aureliano, donde fundaron la organización revolucionaria denominada Triple A, con el objetivo de combatir la dictadura que nuevamente imponía al país el asesino de Guiteras, amanuense servil del imperialismo yanqui y la burguesía criolla.

El asesinato de Mario Fortuny, el 27 de noviembre de 1953, determinó que la dirección de la Triple A considerase necesario que Roa saliera del país, al igual que Carlos Alfaras, Ignacio Fiterre, Salvador Vilaseca y Guillermo (Willy) Barrientos. En diciem- bre de ese año, llegarían a México, donde permane- cieron hasta 1955, cuando la presión popular obligó a Batista a dictar una ley de amnistía que liberó a Fi- del Castro y sus compañeros del asalto al Moncada. En 1954, Roa y Vilaseca rompieron definitivamente con Sánchez Arango, al enterarse de que este había procurado la ayuda del tirano Rafael Leónidas Tru- jillo (“la náusea de América” dixit Roa), con vistas “a obtener armas para la lucha en Cuba.” Fue esa decisión que violaba principios ineludibles, lo que motivó la ruptura de una amistad forjada en la lu- cha, la cárcel y el destierro, y prefigura el autoexilio de Sánchez Arango tras el triunfo de la Revolución. A su regreso a la Isla, Roa se incorporó definitiva- mente a las filas del Movimiento 26 de Julio, actuan- do en el seno de Resistencia Cívica y combatiendo al marzo con la pluma y desde la cátedra, hasta su derrocamiento.


En México, junto a ese “universo callado”, como Martí llamara a la masa de indios preteridos, ensan- chó su visión americana, combatiendo a los espa- dones que, como Batista en Cuba, desgobernaban a otros pueblos de nuestra América: Trujillo, Pérez Jiménez, Somoza, Odría, Castillo Armas et al, desde las páginas de Humanismo, revista que dirigió con el apoyo de exiliados venezolanos y peruanos, en un local prestado por el cardenista y senador Luis

I. Rodríguez. De aquellos años datan su folleto “Mé- xico de mi destierro” y conferencias dictadas en las universidades de México, Guanajuato, Nuevo León y San Luis Potosí, algunas reproducidas entonces en la revista Bohemia y luego en su libro Retorno a la alborada.


La obra crítica y literaria de Raúl Roa aunque no abundante, resulta significativa. Conocidos son su prólogo a La pupila insomne, de Rubén Martínez Vi- llena, “Una semilla en un surco de fuego,” precursor del libro inconcluso El fuego de la semilla en el surco,

póstumamente publicado por Letras Cubanas, y la biografía de su abuelo, Aventuras, venturas y des- venturas de un mambí, pero menos lo son trabajos sobre Martí, Julián del Casal, Antonio Machado, Fe- derico García Lorca, Alejandro Block, Porfirio Barba Jacob, Alfonso Reyes, José Ortega y Gasset, Andrés Eloy Blanco, Rómulo Gallegos y otros poetas y na- rradores de allende y aquende el Atlántico.


Otros libros suyos marcan diversas épocas: Bufa subversiva (1935), Quince años después (1950), Viento sur (1955), En pie (1960) y Escaramuza en las vísperas y otros engendros (1966). En estos re- coge Roa artículos y ensayos publicados durante el machadato, después de 1940, durante la tiranía ba- tistiana de 1952-1959 y tras el triunfo revolucionario del 1ro de enero de 1959. En todos deja constancia de su máscula posición política y revolucionaria. Im- posible no resaltar hoy aquí su papel al frente del Ministerio de Relaciones Exteriores, entre 1959 y 1976. Es, en realidad, el período cimero de su vida. Puso todo su talento, cultura, capacidad polémica y empuje revolucionario en la tarea que le fue con- fiada. Inauguró una nueva diplomacia, sin tapujos ni ademanes versallescos. La Revolución Cubana y el pensamiento diáfano y profundamente radical de su más alto dirigente, Fidel Castro, tuvo en él un fiel intérprete y combativo defensor.


Fulgió, luego, en la Asamblea Nacional del Poder Popular, como vicepresidente y presidente en fun- ciones. Le tocó organizar y presidir, poco después de operado del tumor que provocaría su muerte un año más tarde, la reunión de la Unión Interparla- mentaria, sostenida en La Habana, en 1981. Lo hizo con reconocida brillantez.


Entre sus rasgos característicos: el humor cubanísi- mo, la palabra culta sin dejar de ser popular, la tre- menda capacidad invectiva, la fuerza demoledora de sus argumentos, la causticidad de sus réplicas

—como ha recordado Ricardo Alarcón en el estu- pendo documental que recién vimos— y, con todo esto, la cordialidad, sencillez y bonhomía que siempre fueron suyas y le granjearon la simpatía y el respeto

de nuestro pueblo, que no en balde lo invistió con el título de “Canciller de la Dignidad”.


Las presentes hornadas de revolucionarios pueden aprender de él en sus dichos y sus hechos. Esta cátedra

tiene el propósito de contribuir, con modestia, a que se conozcan tan ampliamente como sea posible.


Raúl Roa Kourí, La Habana, 7 de Julio de 2021.