Publica ponencias científicas, artículos, valoraciones, reseñas de tesis, disertaciones, comentarios de artículos, libros e investigaciones de reciente publicación, entre otros temas avanzados de las ciencias políticas en idioma español, inglés, francés y portugués.

La Revista tiene el objetivo de contribuir al desarrollo de las ciencias políticas, así como difundir los logros en política internacional. Se dirige a los profesionales de las relaciones internacionales en Cuba y del resto del mundo.

Prólogo del libro: “El mundo en Fidel. ¿Dibujando nuevos paradigmas?”

Autores
Dr. C. Elier Ramírez Cañedo
Doctor en Ciencias Históricas. Profesor Titular. Funcionario de la Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estados.
Correo electrónico: elier@palacio.cu
ORCID ID: https://orcid.org/0000-0001-5698-1053

 

En «Discurso de Intensidad», un extraordinario ensayo de Cintio Vitier (2012: 159), se señala —citando a Lezama Lima— que “la capacidad histórica de un país no se debe a su extensión sino a su intensidad”. Por supuesto que se refería a Cuba, a la intensa luz que irradia su historia y cultura. ¿Cómo una pequeña isla del Caribe, desconocida por millones de personas antes de 1959, ha alcanzado un relieve tan sobresaliente en el escenario internacional, convirtiéndose en un país de gran prestigio e influencia? Muchas respuestas a esta pregunta las encontraremos en Fidel Castro Ruz, mayor inspirador y artífice de la obra de la Revolución Cubana, como se expone en El mundo en Fidel ¿Dibujando nuevos paradigmas?, excelente libro de la Doctora en Ciencias Históricas, María Elena Álvarez Acosta, y el Doctor en Ciencias Políticas, Abel Enrique González Santamaría, que tengo la inmensa satisfacción de prologar.

Hacía falta un libro como este, donde se abordará la visión del mundo de Fidel, sintetizando los orígenes, evolución y aportes de su pensamiento en el análisis de los problemas globales, así como su impronta en el escenario internacional, desde la perspectiva antimperialista, anticolonialista y tercermundista.

Fidel proyectó con gran intensidad a Cuba en el mundo, pero no ocurrió de la noche a la mañana, sino que, con el acompañamiento heroico del pueblo cubano y la solidaridad mundial, tuvo que labrar ese camino a contracorriente de las más poderosas fuerzas desplegadas por el imperialismo estadounidense para evitarlo. Además de enfrentar el cerco económico, las acciones terroristas, los sabotajes, la invasión mercenaria por bahía de Cochinos en 1961, las bandas armadas y muchas otras formas de agresión, el país debió superar el aislamiento diplomático impuesto por Estados Unidos.

En 1958, Cuba sostenía relaciones con algo más de 50 países. En 1964, todas las naciones de la región —excepto México— habían roto relaciones diplomáticas con la Isla. Sin embargo, a inicios de la década del setenta esa situación comenzó a revertirse; actualmente mantiene vínculos diplomáticos con 197 países e instituciones internacionales. En el exterior, posee 128 embajadas y misiones permanentes y 20 consulados (Díaz-Canel, 2019). Es Estados Unidos el que, con el paso del tiempo, ha ido quedando cada vez más aislado en el acompañamiento a su política agresiva contra la nación cubana. Por si fuera poco, año tras año —desde la década del noventa del siglo pasado— sufre su mayor fiasco diplomático en el marco de las Naciones Unidas cuando prácticamente todos los países del mundo se manifiestan en contra de las sanciones económicas impuestas por Washington a La Habana.

En cada victoria de Cuba en el escenario internacional está el influjo de Fidel quien, con su excepcional conducción, ha convertido la diplomacia cubana en una de las más activas y exitosas del orbe.

I

Fidel comenzó a interesarse por los acontecimientos internacionales desde muy joven. Siguió muy de cerca todo lo concerniente a la Guerra Civil Española, también conoció en profundidad las grandes batallas militares y políticas de la Segunda Guerra Mundial y la reconfiguración del orbe que esta provocó. Su afición por la historia de Cuba y universal lo llevó a ir creándose una visión del mundo, junto a la podredumbre moral que comenzó a percibir en la propia realidad cubana. Sin embargo, su rebeldía frente a las injusticias que se vivían en Cuba pasó a ser verdaderamente revolucionaria una vez que encontró brújula ética y antimperialista en el pensamiento martiano y más tarde en las ideas de Marx, Engels y Lenin.

De ahí en adelante, sobre todo a partir de su ingreso a la Universidad de La Habana en 1945, no solo se dedicó a interpretar el mundo, sino a transformarlo, así comenzó su lucha revolucionaria contra los gobiernos corruptos de la época y por un cambio que liberara a la Isla de la sumisión yanqui. Pero su porfía antimperialista trascendió las fronteras de Cuba, para adquirir mayor énfasis en el entorno latinoamericano y caribeño.

En su etapa universitaria integró el comité Pro Independencia de Puerto Rico, el comité Pro democracia dominicana, participó en 1947 en la frustrada expedición de cayo Confites contra el dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo y en los sucesos conocidos como el Bogotazo, donde compartió su destino con el pueblo colombiano que enfrentaba a las fuerzas reaccionarias que habían asesinado al líder popular Jorge Eliécer Gaitán.

Yo en ese momento —recuerda Fidel—, tengo un pensamiento internacionalista y me pongo a razonar y digo: «Bueno el pueblo aquí es igual que el pueblo de Cuba, el pueblo es el mismo en todas partes, este es un pueblo oprimido, un pueblo explotado». Yo tenía que persuadirme a mí mismo, y digo: «Le han asesinado al dirigente principal, esta sublevación es absolutamente justa, yo voy a morir aquí, pero me quedo». Tomé la decisión sabiendo que aquello era un disparate militar, que aquella gente estaba perdida, que yo estaba solo, que no era el pueblo cubano, que era el pueblo colombiano, y razoné que los pueblos eran iguales en todas partes, que su causa era justa y que mi deber era quedarme y me quedé toda la noche, esperando el ataque hasta el amanecer. (Arturo Alape, 2008: 60)

Desde aquella época Fidel también se había pronunciado a favor del derecho de los panameños a la soberanía sobre el canal interoceánico y de los argentinos sobre las islas Malvinas.

Durante su histórico alegato conocido como «La historia me absolverá» en 1953, donde defendió el programa político que guiaría el proceso revolucionario, dejó también constancia de su compromiso con los pueblos latinoamericanos y caribeños:

[…] la política cubana en América sería de estrecha solidaridad con los pueblos democráticos del continente y que los perseguidos políticos de las sangrientas tiranías que oprimen a las naciones hermanas, encontrarían en la Patria de Martí, no como hoy, persecución, hambre y traición, sino asilo generoso, hermandad y pan. Cuba debía ser baluarte de libertad y no eslabón vergonzoso de despotismo. (Castro, 2007: 37)

Y es que, para Fidel, desde su vocación bolivariana y martiana, la Revolución Cubana debía ser apenas el comienzo de una revolución más profunda, la que debía ocurrir desde el río Bravo hasta la Patagonia.

Luego del triunfo del 1ro. de enero de 1959 se acrecentaría ese compromiso solidario con las causas de los países del Tercer Mundo, incluyendo a África, a Asia y a los oprimidos y excluidos en cualquier punto geográfico del planeta, tanto en el Norte como en el Sur. Jamás Fidel traicionó estos ideales y principios internacionalistas. Para el guía de la nación cubana no podía concebirse la política sin ética, y ese fue un principio que extendió también a la política internacional.

En diversas circunstancias el Gobierno de Estados Unidos pretendió negociar con Cuba estos principios o condicionó la posible mejoría de las relaciones entre ambos países a cambio de que la Isla se retractara de apoyar a los movimientos de liberación en América Latina, Centroamérica o África, retirara sus misiones internacionalistas de Angola y Etiopía, redujera o rompiera sus vínculos con la URSS, desistiera de apoyar la causa independentista de Puerto Rico y muchas otras exigencias, solo para estrellarse una y otra vez contra la dignidad de Cuba y Fidel (Ramírez y Morales, 2014)

Por lo visto, en la mentalidad de los dirigentes de Estados Unidos —expresaría el Comandante—, el precio de una mejoría de las relaciones, o de relaciones comerciales o económicas, es renunciar a los principios de la Revolución. ¡Y nosotros no renunciaremos jamás a nuestra solidaridad con Puerto Rico! […] Ahora ya no es Puerto Rico solo, ahora es también Angola. Siempre, en todo el proceso revolucionario, nosotros hemos llevado a cabo una política de solidaridad con el movimiento revolucionario africano. (Castro, 1975)

Sobre el apoyo de Cuba a la causa independentista de Puerto Rico dos años después añadiría:

[…] cuando se fundó el Partido Revolucionario Cubano, se fundó para la independencia de Cuba y de Puerto Rico. Tenemos vínculos históricos, morales y espirituales sagrados con Puerto Rico. Y les hemos dicho [se refiere a las autoridades estadounidenses]: mientras haya un puertorriqueño que defienda la idea de la independencia, mientras haya uno, tenemos el deber moral y político de apoyar la idea de la independencia de Puerto Rico. […] y se lo hemos dicho muy claro, que ese es un problema de principios, ¡y con los principios nosotros no negociamos!. (Castro, 1977)

De la posibilidad del retiro de las tropas cubanas de África a cambio de relaciones normales con Estados Unidos, Fidel fue categórico: «¡La solidaridad de Cuba con los pueblos de África no se negocia!». (Castro, 1977)

Esta posición ética de Fidel, en un mundo caracterizado mayormente por el egoísmo, el chovinismo, los nacionalismos estrechos y el oportunismo político, sigue siendo uno de los paradigmas más importantes que legó a la humanidad en el campo de las relaciones internacionales.

Por supuesto, los líderes del norte, desde su histórica conducta aritmética, no podían entender o asimilar esta posición de Cuba. Algunos, como el secretario de Estado, Henry Kissinger, solo podían explicarse las razones de Fidel para enviar a miles de hombres a combatir a un continente tan lejano como África, como resultado de una exigencia soviética. Sin embargo, con el paso del tiempo, el propio Kissinger tuvo que reconocer en sus memorias que se había equivocado, pues «Fidel Castro era tal vez el líder revolucionario en el poder más genuino de aquellos momentos». (Gleijeses, 2015, 447)

Desde la segunda mitad de los años setenta y durante la década siguiente no fueron pocos los informes de inteligencia y los análisis que mostraban que Cuba estaba en África por su idealismo internacionalista, dispuesta a hacerlo, incluso, sin el respaldo de la URSS. «Los cubanos no son marionetas de nadie», le escribió Robert Pastor, asistente para América en el Consejo de Seguridad Nacional, a Zbiniew Brzezinski, asesor de Seguridad Nacional de Jimmy Carter, el 19 de julio de 1979. Los analistas de la CIA, por su parte, señalaban que Fidel le concedía particular importancia al mantenimiento de una política exterior de principios.

La política cubana —agregaban— no está exenta de contradicciones […] No obstante, en cuestiones de fundamental importancia tales como el derecho y el deber de Cuba de apoyar a los movimientos revolucionarios nacionalistas y a los gobiernos amigos del Tercer Mundo, Castro no hace concesiones respecto a los principios por conveniencia económica o política. (Gleijeses, 2015, 447)

Sin embargo, el mito de una Cuba satélite de los soviéticos en África y otras partes del mundo fue alimentado por el Gobierno estadounidense. Lo cierto es que el involucramiento de Cuba en las luchas del Tercer Mundo fue una herejía no solo frente a Estados Unidos, sino también frente a la propia URSS y su manera de entender el mundo y el papel del campo socialista en él, visiones en las que hubo convergencias, pero también no pocas divergencias.

En la política exterior cubana y en las relaciones bilaterales con Estados Unidos y los países capitalistas occidentales, Fidel aportó su capacidad para la flexibilidad táctica, el diálogo y la posibilidad de cooperación, sobre la base del respeto mutuo; pero en las cuestiones de dignidad y libertad, era espinudo y recto como un pino. Más allá de la confrontación con los distintos Gobiernos de Estados Unidos, a ese pueblo le expresó siempre su respeto y solidaridad y logró inculcar esos sentimientos al pueblo cubano. Fidel fue un antimperialista convencido, pero jamás antiestadounidense.

II

Desde el punto de vista de la praxis revolucionaria, el primer aporte de Fidel al mundo y a las relaciones internacionales fue la propia Revolución Cubana. El proceso cubano, totalmente autóctono, constituyó un parteaguas en la historia del continente. Al asumir de inmediato un cambio real y profundo en favor de la justicia social, el triunfo y sobrevivencia de la Revolución, se convirtió en un desafío y ejemplo inadmisible para la hegemonía de Estados Unidos en la región que consideraba su «traspatio seguro».

La idea de que sí era posible romper las cadenas del neocolonialismo, que era posible liberarse de la subordinación y del orden establecido por los centros del poder e intentar un camino propio, totalmente independiente y soberano, tanto desde el punto de vista doméstico como en política exterior, constituyó también una de las mayores herejías del siglo XX en el escenario internacional, sobre todo, por el papel que estaba destinado a la Mayor de las Antillas dentro del orden mundial establecido, a las puertas mismas de la potencia líder del sistema capitalista. Fidel y buena parte de sus seguidores tuvieron entonces no solo que enfrentarse y vencer a la dictadura de Fulgencio Batista apoyada por Washington, sino también a las teorías y supuestas verdades inobjetables que fundamentaban la idea del fatalismo geográfico y el «imposible histórico» de una Revolución verdadera en la Isla. La resistencia y logros de Cuba, en seis décadas de Revolución, a pesar de la hostilidad permanente del vecino del Norte, en su desesperación por destruir el «mal ejemplo» cubano, ha abierto una brecha de esperanza e inspiración para todos los que luchan por cambiar el «desorden mundial» existente.

Como nos develan los autores de esta obra, los legados de Fidel fueron más allá de las fronteras de la Isla. Su huella se encuentra esparcida por el mundo. Podemos encontrarla con mucha fuerza en África, donde los cubanos libraron «la causa más bonita de la humanidad», como la llamara el Comandante. En julio de 1991, Nelson Mandela visitó La Habana y rindió homenaje a la ayuda de Cuba a África: «Hemos venido aquí —dijo— con el sentimiento de la gran deuda que hemos contraído con el pueblo de Cuba. ¿Qué otro país tiene una historia de mayor altruismo que la que Cuba puso de manifiesto en sus relaciones con África?». (Gleijeses, 2009, 79)

También en América Latina y el Caribe el liderazgo de Fidel fue y sigue siendo muy destacado en la puja por el nacimiento de un mundo nuevo, diferente y superior al existente. Con avances y retrocesos, la historia del continente nunca será igual a partir de la saga victoriosa de la Revolución Cubana. El rasguño en la piedra de la dominación yanqui está abierto y resulta inexorable su profundización. Luego del triunfo cubano las luchas y experiencias revolucionarias se multiplicarían en la geografía latinoamericana, ejemplos de ello sería la que encabezaría Salvador Allende en Chile, el triunfo de la Revolución Sandinista en Nicaragua en 1979 y, a partir de la llegada de Hugo Chávez al poder en Venezuela en 1999, la llama redentora alcanzaría una fuerza inusitada. La Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA) y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) serían parte de las principales creaciones y alternativas integracionistas de esa nueva época, sin la presencia y control de Estados Unidos, donde estuvo también la contribución notable del Comandante en Jefe, como lo había estado antes en la creación del Foro de Sao Pablo; la Red de Artistas, Intelectuales y Movimiento Sociales en Defensa de la Humanidad y en la derrota del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), iniciativa propuesta por el Gobierno estadounidense para afianzar su dominio económico y político en la región.

Lo mismo pudiera decirse de lo que significó Cuba en la historia contemporánea del continente asiático. Sobresale en ese sentido la relación con Vietnam, país al que Fidel y el pueblo cubano brindaron especial solidaridad en momentos cruciales de la lucha por su total liberación enfrentado a la criminal agresión estadounidense. Fidel sería el primer y único jefe de Estado que visitara Quang Tri, en septiembre de 1973, zona liberada del sur, en plena guerra; allí, en gesto de especial simbolismo alzó la bandera del frente de liberación junto a los combatientes vietnamitas.

Y en el pensamiento del Che y de los que con él cayeron gloriosamente en Bolivia —expresó Fidel— entre sus motivaciones, estaba ocupando un lugar importante el sentimiento de solidaridad hacia el pueblo de Vietnam. De manera que al caer no cayeron solo luchando por la libertad de los pueblos de América: ¡Cayeron también, derramaron su sangre también por la causa del heroico pueblo de Vietnam! (Castro, 1969)

III

Tanto para amigos como para no pocos de sus adversarios, Fidel se recuerda como uno de los estadistas más brillantes e influyentes del siglo XX e inicios del XXI. Sus ideas y pensamiento sobre los desafíos que enfrenta la humanidad conservan total vigencia, en muchas ocasiones alertó, más temprano que nadie, sobre problemas que más allá de ideologías y sistemas políticos concernían a todos los países sin distinción alguna, como pasajeros que somos de un mismo barco.

En El mundo en Fidel ¿Dibujando nuevos paradigmas?, se abordan prácticamente todos los temas que Fidel expuso en los principales foros internacionales, ya fuera en el marco de las Naciones Unidas, en el Movimiento de Países No Alineados, Cumbres Iberoamericanas, u otras reuniones de relevancia internacional. Entre los tópicos más abordados se encuentran:

  • La defensa de la paz
  • Desarme nuclear y armamentístico
  • La crítica al sistema capitalista e imperialista, así como el colonialismo cultural que este genera
  • La lucha contra la desigualdad, el hambre y la miseria
  • Respeto al derecho internacional y a la Carta de las Naciones Unidas
  • La defensa del medio ambiente y la supervivencia de la especie humana
  • La manipulación del tema de los derechos humanos
  • La defensa de los pueblos originarios, sus identidades y culturas
  • El robo de cerebros
  • La injusta e impagable deuda externa de los países de América Latina y el Caribe
  • La condena del neoliberalismo, como expresión del capitalismo salvaje
  • La necesaria integración de América Latina y el Caribe
  • Defensa del multilateralismo y la necesidad de democratizar el sistema de Naciones Unidas

Seguramente me faltarán algunos de los contenidos que los autores nos presentan dentro de la visión de Fidel del mundo, pero lo más importante con estas líneas es motivar a la lectura, no ahondar en ellos. Creo, además, que este libro tiene el mérito o la novedad de no constituir una compilación de citas de Fidel sobre estas temáticas, algo que se observa con mucha frecuencia en la literatura ya existente, sino que los autores ponen las ideas de Fidel en evolución y en el contexto en que fueron expresadas por el líder cubano. Nos muestra cómo llega a convertirse en un crítico demoledor del sistema capitalista a partir de la comprensión de sus esencias más profundas, su origen —chorreando lodo y sangre de la cabeza a los pies al decir de Marx—, evolución y desarrollo, contando con el instrumental teórico y práctico más eficaz: el marxismo y leninismo, asumido de manera creadora y antidogmática.

Finalmente quiero llamar la atención del último capítulo de este libro dedicado a la solidaridad y el internacionalismo en el pensamiento y la praxis de Fidel Castro. Esta obra no podía tener un cierre mejor, pues precisamente si nos referimos al mundo en Fidel o a Fidel en el mundo, no podía dejar abordarse este tema que constituye la esencia misma del proceso cubano. La tradición histórica de solidaridad e internacionalismo es anterior al triunfo de la Revolución Cubana; pero fue a partir de 1959 que alcanzó relieves insospechados y se convirtió en un principio básico e irrenunciable de la política exterior de la Isla. Los autores recorren por esa hermosa epopeya de desprendimiento solidario del pueblo cubano con otras naciones, causas y pueblos, que ha provocado que Cuba sea hoy reconocida por millones de personas en todo el orbe como «capital mundial de la solidaridad».

Precisamente, cuando escribo estas líneas, cientos de países sufren los efectos del Coronavirus, una nueva pandemia que ha puesto a la humanidad en peligro y ha cobrado ya la vida de miles de personas. En este contexto, el sistema capitalista ha mostrado como nunca su incapacidad para proteger y salvar vidas, en especial de los más vulnerables y desposeídos. Mientras eso ocurre, nuevamente nuestra pequeña isla, como ya lo había hecho hace unos años en la lucha contra el virus del Ébola en África y el Cólera en Haití, vuelve a sacudir la espiritualidad de todo el orbe, con su solidaridad y humanismo. Hasta el momento se han enviado 37 brigadas médicas, con un total de 3440 colaboradores, a 31 países de América Latina y el Caribe, África, Europa y el Medio Oriente. Los nuevos héroes de batas blancas —hijos todos de Fidel— han partido de forma voluntaria, comprometida y valiente, a enfrentar esta nueva pandemia en defensa del derecho humano a la vida. Sin pretenderlo, ya comienzan a escribir otra página sublime de la épica cubana actual. No podría haber hoy un monumento más hermoso a Fidel Castro, principal impulsor de la solidaridad y el internacionalismo.

Sus ideas cobran entonces cada vez más vigencia:

Luchamos por los más sagrados derechos de los países pobres; pero estamos luchando también por la salvación de ese Primer Mundo, incapaz de preservar la existencia de la especie humana, de gobernarse a sí mismo en medio de sus contradicciones y egoístas intereses, y mucho menos de gobernar al mundo, cuya dirección debe ser democrática y compartida; estamos luchando —casi puede demostrarse matemáticamente— por preservar la vida en nuestro planeta. (Castro, 2000)

Tenemos que agradecer hoy y siempre a la profesora María Elena Álvarez Acosta y al investigador Abel Enrique González Santamaría, por esta contribución que pone nuevamente a combatir las ideas de Fidel —de una actualidad indiscutible— en medio de un mundo cada vez más convulso y caótico, donde Cuba sigue ofreciendo una luz de esperanza.

 

BIBLIOGRAFÍA REFERENCIADA

Arturo, A. (2008). Fidel y el Bogotazo. La Habana: Casa Editora Abril.

Castro, F. (1969). Discurso pronunciado en el resumen del acto de solidaridad con Vietnam del Sur en ocasión de la visita del compañero Tran Buu Kiem. Recuperado de http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/1969/ esp/f030669e.html

Castro, F. (1975). Discurso pronunciado en la clausura del I Congreso del Partido. Recuperado de http://www. cuba.cu/gobierno/discursos/1975/esp/f221275e. html

Castro, F. (1977). Conclusiones en el segundo periodo ordinario de sesiones de la Asamblea Nacional del Poder Popular. Recuperado de http://www.cuba.cu/ gobierno/discursos/1977/esp

Castro, F. (2000). Discurso pronunciado en la sesión de clausura de la Cumbre Sur, Palacio de Convenciones. Recuperado de http://www.cuba.cu/gobierno/dis- cursos/2000/esp/f140400e.html

Castro, F. (2007). La Historia me Absolverá. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales.

Díaz-Canel, M. (2019, diciembre 23). Discurso pronunciado en el acto por el aniversario 60 del Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba. Granma.

Gleijeses, P. (2009). La epopeya cubana. La visión del mundo de Fidel Castro . La Habana: Editorial de Ciencias Sociales.

Gleijeses, P. (2015). Visiones de libertad. La Habana, Washington, Pretoria y la lucha por el sur de África (19761991) (T. II pp. 447). La Habana: Editorial de Ciencias Sociales.

Martí, J. (s.f.). (…) En plegar y moldear está el arte político. Sólo en las ideas esenciales de dignidad y libertad se debe ser espinudo, como un erizo, y recto, como un pino (…). Obras Completas (T. X pp. 250)

Ramírez, E. y Morales, E. (2014). De la confrontación a los intentos de normalización. La política de los Estados Unidos hacia Cuba. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales.

Vitier, C. (2012). Discurso de Intensidad. La Habana: Centro de Estudios Martianos.

Seccion